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Coahuila

No lo piense más

Por Fernando de las Fuentes

Hace 2 años

“Lo que somos es el resultado de lo que hemos pensado”.
Buda

Casi todos hemos aspirado alguna vez a cambiar o simplemente abandonar un hábito dañino, como la procrastinación, el sedentarismo, los desvelos, los gastos excesivos, las horas frente al televisor, incluso alguno que finalmente se convirtió en adicción, como el consumo excesivo de comida, alcohol y/o drogas, o los videojuegos.

En no pocos casos, si no es que en todos, fallamos en el intento o nos llevó demasiado tiempo y mucha frustración lograrlo. Un ejemplo clásico y muy común es el propósito de bajar de peso. Pues bien, esto sucede porque todo hábito conductual proviene de uno mental, y mientras este permanezca intocado, fuera de nuestra conciencia, en la mayoría de los casos, no habrá un cambio en nuestra manera de actuar, o no será permanente.

Si no detectamos y abordamos el problema real, nos centraremos en combatir solo su síntoma a base de fuerza de voluntad, que no es otra cosa que desgastante resistencia a los impulsos de volver al hábito o adicción, que además se fortalecen mientras más nos resistimos a ellos, y al final perdemos la batalla, una y otra vez.

Así que el primer paso para cambiar o abandonar habituales conductas dañinas es identificar los hábitos y adicciones mentales de los que provienen. Le pongo dos ejemplos de los primeros: los más recurridos por todos son la preocupación y el pensamiento rumiante.

Ocupamos mucho tiempo de nuestro día en estar tratando de resolver problemas que no se han presentado o que ni siquiera lo harán; en darle vueltas y vueltas a un mismo suceso perturbador, para acomodarlo mentalmente, de tal manera que nos quedemos conformes con lo sucedido. Absortos, pues, entre el futuro y el pasado.

Bueno, pues ambos hábitos mentales nos causan un estado generalizado de malestar interno, que tratamos de evadir, en vez de remediar, porque, sin siquiera darnos cuenta, lo consideramos una reacción inevitable a lo que nos sucede.

Entonces, encontramos en nuestra vida cotidiana actividades distractoras que momentáneamente calman el malestar, y recurrimos a ellas cada vez con más frecuencia y en mayor dosis, pues su efecto va menguando.

Sigamos con las adicciones mentales. Son esencialmente emocionales, pero les llamamos así por cuánto englobamos las emociones en la mente, pues ahí se origina lo que las produce. Aunque en realidad son sensaciones corporales, provienen de patrones de reacción neuronal.

A través de nuestros sentidos, el cerebro capta y comienza a procesar la información; las neuronas la comunican entre sí a través de los neurotransmisores y al resto del cuerpo mediante los neuropéptidos, que van directo a las glándulas para que generen determinadas hormonas: serotonina, dopamina, oxitocina, adrenalina, cortisol, etc.

Hablemos ahora de una de las más fuertes adicciones del ser humano: el estado alterado que va del enojo, pasando por la ira, a la furia. Se trata de una bomba molotov de hormonas, entre otras adrenalina, noradrenalina y cortisol, pero también dopamina y serotonina.

Por eso estar enojado, iracundo o furioso se vuelve tan perturbador y placentero a la vez. Por supuesto, estos adictos encontrarán en todo un motivo y una ocasión para desatar la intensa sensación corporal que les produce el más poderoso “subidón” que existe, pero que también los dejará exhaustos una vez que pase.

El enamoramiento es otra de las grandes adicciones de la humanidad. Tan deseable es la sensación, que se le ha convertido en parámetro de cómo debiera sentirse el amor. Y sigamos: los deportes de alto riesgo, el mismo ejercicio llevado al extremo y, por supuesto, las atractivísimas sensaciones que dan la comida chatarra, el alcohol y las drogas, vehículos de placer cuyas sustancias, junto con las que nosotros producimos, se vuelven indispensables para el cuerpo y la mente.

¿Cuál es el remedio para las adicciones mentales?: vivir conscientemente, es decir, observándose objetivamente, sin involucrarse con uno mismo. No hay vuelta de hoja.

 

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