Coahuila
Por Irene Spigno
Hace 4 años
Hace un par de días, en la clase de Historia de los Derechos Humanos, que imparto en la Licenciatura en Derecho con Perspectiva en Derechos Humanos de la Academia Interamericana de Derechos Humanos, nos encontrábamos hablando de las revoluciones sociales del siglo 19 y 20.
Entre todos los temas que se vieron en clase, repasamos dos en particular. El primero se refiere a los hechos que ocurrieron el 8 de marzo de 1857.
Ese día, cientos de mujeres de una fábrica de textiles de Nueva York salieron a marchar en contra de los bajos salarios, que eran menos de la mitad de los que percibían los hombres por la misma tarea. Esas mujeres solo querían igualdad. Igualdad de salario y una mejora de las condiciones laborales que incluyera la reducción de su jornada laboral a 10 horas.
Esa jornada terminó con la sangrienta cifra de 120 mujeres muertas a raíz de la brutalidad con la que la policía dispersó la marcha. Más de 100 años después, la Organización de Naciones Unidas oficializó el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer.
El segundo tema se refería a lo que pasó el 1 de mayo de 1886, cuando varios dirigentes sindicales, todos hombres, comenzaron una huelga en Chicago, para exigir que la jornada laboral se redujera a 8 horas.
También este movimiento fue reprimido y los sindicalistas que participaron en la huelga fueron condenados a muerte y ejecutados un par de años después. A ellos se le conoce como los Mártires de Chicago.
Hoy en día, el 1 de mayo se conmemora el Día Internacional del Trabajo. Es un día inhábil en casi todos los países del mundo. El 8 de marzo, a pesar de ser el Día Internacional de la Mujer, no es un día inhábil. Desde hace algunos años, gracias al impulsos de los movimientos feministas, en muy pocos países, se organiza un paro nacional el 9 de marzo.
Este paro es conocido como Un Día Sin Nosotras. Su finalidad consiste en simular la desaparición de todas las mujeres en el país como una respuesta a la ola de la violencia de género y feminicidios que las mujeres seguimos sufriendo.
Una de mis alumnas me preguntó: “¿Porqué el 1 de mayo es inhábil y el 8 de marzo no lo es? Al final de cuentas, pasó lo mismo en ambos casos, ¿se trató de personas (hombres o mujeres) que luchaban para lograr mejores condiciones de vida?”.
Su cuestionamiento, tan inteligente y atinado, nos obligó a todas y todos a reflexionar sobre las secuelas y consecuencias del patriarcado en nuestras vidas cotidianas.
Tengo la gran suerte de tener un grupo da alumnas y alumnos que, independientemente de su sexo, quieren ser “feministas” a pesar del significado que le queremos dar a esta palabra. El patriarcado nos afecta en nuestros derechos humanos, tanto a las mujeres como a los hombres. A todas y todos.
La sociedad patriarcal ha construido estereotipos sobre cómo debemos ser mujeres y hombres en nuestras vidas cotidianas, en nuestro desempeño profesional, en nuestras familias y en nuestras relaciones personales. Nos ha asignado un rol que tenemos que cumplir para encajar.
Sin embargo, siempre hay otras alternativas. Y es nuestra responsabilidad buscarlas, encontrarlas y/o construirlas. Crecimos con la idea, tanto las mujeres, así como los hombres, que tenemos que portarnos de una cierta manera.
Lo que les dije a mis alumnas y alumnos (quizás no con estas palabras, pero este quería ser el mensaje): “No se conformen nunca. Sean críticos. No acepten dogmas. Nada es absoluto. Hagan lo que les hace felices y les apasiona. No acepten familiares, amigas/amigos o parejas negativas o tóxicas.
“Quédense con alguien que esté dispuesto a ser su cómplice y que no los juzgue. Pongan límites. No se dejen manipular o chantajear. Hagan de su vida una obra de arte”. Esto también es enseñar derechos humanos…
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