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‘No soy de Harvard, soy de hard work’

Por Columnista Invitado

Hace 7 meses

Por: Jonathan Ruiz Torre

La frase es atribuida al mexicano Isaac Saba Raffoul, quizás el más relevante empresario que ha tenido la comunidad judía en México:

“No soy de Harvard, soy de hard work”, explicaba el multimillonario a las élites que quizás trataban de verificar en él alguna suerte de pedigrí.

A partir de este mes, ningún mexicano, ninguna persona que no sea estadunidense tiene permiso del Gobierno de ese país para inscribirse.

Quienes no egresamos de esa universidad, incluso aquellos que no egresaron de universidad alguna, tenemos alguna referencia sobre Harvard. Dudo que exista una institución educativa con mayor prestigio.

Asistir a sus aulas no es garantía de calidad del alumno. No todos sus estudiantes son talentosos, además, como en el resto de las escuelas, hay algunos buenos y otros que son malas personas, de acuerdo con Barack Obama, expresidente estadunidense.

Harvard siempre provocará polémica. Ayer la detonó una decisión del actual presidente Donald Trump para impedir que ésta admita estudiantes extranjeros, bajo la excusa de que allí, principalmente los extranjeros promueven hostilidad hacia los judíos.

Una vez más, el mandatario parece atacar a su propio país, ahora en donde más duele: en las razones que lo convirtieron en súper potencia.

La Universidad de Harvard fue creada en 1636. El año y el siglo son importantes. Recién había pasado el Renacimiento que marcó el inicio de una nueva era que en el largo plazo enriqueció al mundo occidental y terminó empobreciendo a la región árabe, en el oriente.

La gente originaria de Inglaterra trajo a este continente la herencia del conocimiento europeo rechazado precisamente por el imperio Otomano. El talento y las habilidades provocaron el nacimiento de la riqueza estadunidense.

Los árabes tuvieron todo para apoderarse de la historia global. El gran emperador Mehmed II venció a los romanos y tomó Constantinopla, pero en lugar de encauzar y defender la ciencia, enfocó en la guerra los conocimientos tecnológicos de su gente.

Se hizo poderoso, sí, pero en eso solamente.

Los más talentosos habitantes de Constantinopla cargaron cuanto papel pudieron y huyeron a Roma o a un pueblito que olía a carnicería llamado Florencia, que durante décadas fue gobernada por una familia de apellido Medici, cambiándola por completo.

Ellos, volcados en su amor por el ser humano, apostaron su dinero al arte y a la ciencia, en detrimento de la iglesia que abusó de sus fieles durante la Edad Media.

¿Resultado? Atrajeron y provocaron una ‘camada’ que cambió el mundo: el físico Galileo Galilei; un arquitecto llamado Filipo Brunelleschi y los matemáticos Gerolamo Cardano y Ludovico Ferrari, amén de un tipo sumamente creativo llamado Leonardo da Vinci.

A ellos se sumaron los artistas Miguel Ángel Buonarroti, Donatello, Lorenzo Ghiberti y Masaccio, que en suma provocaron en las personas la necesidad de preguntarse y explorar todo lo que no podía responder la religión.

El renacimiento cambió el mundo en poco más de 100 años, quizás con una fuerza equivalente a la que lo está cambiando la tecnología creada desde hace un siglo hacia acá.

La fuerza dominante durante esta era ha sido la de Estados Unidos, como heredero accidental o provocado del conocimiento humano que recibe la gente a través de sus universidades. El presidente Trump parece patear esa herencia.

“Uno de los factores que hace que la educación en Harvard sea de excelencia es la diversidad de sus alumnos. Los estudiantes extranjeros aportan una visión global que enriquece el intercambio de ideas”, me dijo ayer Ricardo Elizondo, un amigo graduado de un par de maestrías en esa institución.

En efecto, la riqueza de EU depende en buena medida de que la gente quiera dólares para pagar servicios de Microsoft o de Meta, cuyos fundadores pasaron precisamente por esa casa de estudios.

Meta no habría nacido sin el Facebook de Mark Zuckerberg, influido por gente como el noruego Magnus Grimeland o por Eduardo Saverin, de origen brasileño. Ahora Trump no quiere extranjeros.

Curiosamente, en una reciente visita a los Emiratos Árabes Unidos conocí a estadunidenses y europeos que están llevando ciencia y tecnología al Gobierno y escuelas de esa región. Las vueltas que da… la historia.

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