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Reporte Índigo
Publicado el sábado, 10 de enero del 2009 a las 16:00
México.- México es una nación atrapada entre dos visiones confrontadas. Una de discurso y ficción. La otra, de hechos dominados por la ineficiencia, la impunidad y la inseguridad.
Una, la que profesan quienes dicen que, aun en medio de la más severa crisis financiera mundial de todos los tiempos, nuestro país está mejor preparado que nunca para enfrentar los embates de la adversidad.
La otra, la que enciende los focos rojos y nos pone en alerta. La que evidencia que el acelerado deterioro político y social, las simulaciones económicas y la ausencia de liderazgos visionarios están reduciendo las posibilidades de que México se inserte con éxito entre las naciones viables del siglo 21.
POLÍTICA Es la visión con la que quieren vendernos, con discursos encendidos, el horizonte de una nación pujante que avanza unida en su democracia y sus instituciones.
Un país que va ganando todas las guerras, la de los cárteles político, económico, sindical, mediático y del crimen organizado. Aunque en la realidad se esté claudicando o se esté aceptando el sometimiento ante un grupo de poder.
La visión pesimista de la política es la que nos descubre que vivimos un gobierno paralelo, dominado por la corrupción, la impunidad y el narcogobierno.
Es el cinismo de una clase política que dispone impunemente de los recursos públicos en una eterna danza de licitaciones amañadas, de contratos arreglados a modo, subordinados a excesivas regulaciones y a favoritismos que casi nunca se sujetan al marco legal.
No en balde, el reporte 2008-2009 del World Economic Forum ubica a México en el lugar 121 de 134 en los excesos regulatorios del Gobierno.
Es la ley impuesta por un crimen organizado que comenzó envenenando con droga a la sociedad y ahora cobra protección lo mismo a casinos y antros, que a refaccionarias, tortillerías y hasta mercados ambulantes.
Una insaciable economía del secuestro y el chantaje que corrompe o aniquila las voluntades de alcaldes, legisladores gobernadores y altos funcionarios federales. Que crece en el sometimiento de las instituciones y que instala a sus incondicionales en todos los niveles del Gobierno.
Y eso también se refleja en las evaluaciones mundiales. De los 134 países, estamos a sólo siete lugares de ser el peor en combate al crimen organizado. Hay 126 mejor que nosotros. Tenemos el lugar 127. ¿Peor? Casi imposible.
La confianza en las policías mexicanas está listada en el sitio 124, y sólo hay nueve países peor que nosotros en el costo que el crimen y la violencia le significa al clima de negocios.
ECONOMÍA Una o dos corridas contra el peso, como las que se vivieron en los días negros de octubre de 2008, sepultan el mejor de los optimismos.
Un petróleo que hace unos meses se cotizaba en 140 dólares y que ahora está en 40 es el más claro ejemplo de la inmensa fragilidad de ese modelo.
La visión pesimista es más contundente a largo plazo. Está cimentada no en reservas o petroprecios, sino en indicadores comparativos con otras naciones. Y ahí se advierte que en México nos estamos deteriorando.
En el periodo 2005-2006 teníamos la posición 52. Ahora estamos en la 60. Cuando Vicente Fox inició “el cambio”, ocupábamos el lugar 40.
¿Esa posición es buena o mala? Si consideramos que el ranking mundial nos otorga el sitio 12 en tamaño de mercado, es muy mala.
Estamos ligeramente arriba de la media tabla, pero 32 posiciones abajo de Chile, que ocupa un honroso lugar 28 en el contexto mundial. Y eso que el tamaño de su mercado es el 47, no el 12 de la lista.
Puerto Rico, Barbados, Panamá y Costa Rica nos superan en sus indicadores de competitividad. Han hecho mejor la tarea y están mejor posicionados.
Pero si nos salimos de América Latina, el panorama es todavía más desalentador para México.
DESARROLLO México se ubica en el nivel de economía de eficiencia. En esta categoría están Brasil, Argentina, Colombia y Malasia, pero también Albania, Bosnia, Jamaica, Namibia, Rumania y Suriname.
Y estamos rezagados con respecto a Bahréin, Croacia, Estonia, Latvia, Polonia, Quatar, Trinidad y Tobago y Turquía, que están un paso adelante, a punto de convertirse en economías innovadoras y sofisticadas.
Y ni qué decir de las economías consideradas de primer nivel, donde además de los tradicionales países desarrollados ya se ubican Chipre, la República Checa, Grecia, Islandia, Luxemburgo, Portugal, Eslovenia y los Emiratos Árabes.
Pero en los discursos oficiales mexicanos se lanzan fuegos artificiales y se insiste en hablar de catarros, cuando el mundo entero padece pulmonía.
El presidente Felipe Calderón subestima a los mexicanos vendiéndonos mentiras o medias verdades.
Que los precios de las gasolinas serán “congelados” en el nuevo paquete económico, cuando superan en 30% al precio internacional.
Que el esfuerzo del mexicano emprendedor será más simple para que pueda crear empleos, cuando se insiste en mantener la doble tributación con el ISR y el IETU.
PAÍS DE MENTIRAS Porque insistimos en convertir a cada presidente, a cada líder de partido, a cada dirigente sindical, a cada empresario privilegiado con favores del Gobierno, en dioses infalibles y omnipotentes.
Porque aceptamos que un sindicato de maestros secuestre la política educativa, que nos instala, según el World Economic Forum, en el sitio 116 de 134 en calidad de la educación primaria y en el 127 en cuanto a calidad de enseñanza de matemáticas y ciencia.
Porque tenemos décadas sin un liderazgo político o empresarial inspirador ni esperanzador. Porque nos conformamos con un presidente que ahí la va llevando y un empresariado que opta por limitar sus riesgos.
Y en esa figura se dibujan en todo su esplendor las dos visiones. La de la apariencia del maquillaje y la de la triste realidad que deja al descubierto la fragilidad de la que estamos hechos.
Hasta que el futuro nos alcanza de nuevo y tenemos que volver a rescatarnos a nosotros mismos, de las mismas cenizas, con los mismos lamentos. Lo hicimos con Luis Echeverría, José López Portillo, Miguel de la Madrid, Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox y ahora con Felipe Calderón.
En lo político, la visión optimista es la que proyecta las imágenes de grandes salones donde la República se sienta a pactar. La seguridad, el petróleo, la crisis. A la usanza del viejo priísmo. Sin dejos de modernidad. Con buenos deseos y promesas. Sin disidencia.
En lo económico no nos va mejor. La visión optimista es coyuntural, de corto plazo. Está fincada en indicadores fríos. Válidos en el papel, sí, pero tan volátiles como pueden ser las reservas internacionales o los precios del petróleo.
Existen tres niveles de desarrollo. El básico, el de eficiencia y el de innovación. Entre los tres existen dos transiciones. Del básico al eficiente y del eficiente a la innovación.
Por eso somos el país 98 en el descrédito de su clase política.
Porque los mexicanos no compramos los rostros sonrientes de políticos disímbolos que se estrechan la mano para la foto, cuando dentro de sus mismos partidos se libran guerras sin cuartel.
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