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Coahuila

Nutrir la amistad

Por Irene Spigno

Hace 3 dias

Las amistades son una pieza fundamental de las relaciones humanas.

Son, quizá, las únicas relaciones que elegimos de manera plenamente voluntaria y consciente. Amigas y amigos son aquellas personas a las que decidimos abrirles la puerta de nuestro corazón.

Desde la infancia, representan los primeros vínculos que construimos fuera de nuestro círculo familiar. En esas primeras etapas de la vida, parecería más sencillo tejer estas relaciones.

Cuando somos niñas y niños, las amistades surgen casi de manera espontánea: son esas personas con las que jugamos, nuestras hermanas y hermanos, primas y primos, vecinas y vecinos, compañeras y compañeros de la escuela o de otras actividades en las que nos desenvolvemos.

Compartimos con ellas momentos, experiencias y aventuras. Algunas de esas amistades nos acompañan a lo largo del tiempo, también en etapas posteriores de la vida.

Otras desaparecen y algunas otras quedan en pausa, suspendidas por las circunstancias de la vida para luego, a veces inesperadamente, volver a encontrarnos.

Las amistades de la infancia suelen ser las más puras: se nutren con la inocencia y la emoción.

La inocencia permite construir vínculos genuinos, sin cálculo, cuyo único propósito es compartir y disfrutar. La emoción nos motiva para salir a jugar, sin prisa, sin agenda, sin otro objetivo que simplemente estar y vivir el momento presente.

Las amistades que construimos en la adolescencia se transforman. Son quienes nos acompañan en la transición hacia la adultez: están en los primeros amores y desamores, en los retos, en las dudas, en los conflictos típicos de esa etapa de la vida.

Aparece entonces un nuevo elemento: la necesidad. La necesidad de compartir para no estar en soledad en estos momentos clave, de apoyarnos mutuamente para tener más fortaleza en una etapa compleja.

En la edad adulta, generar amistades se vuelve más difícil: los espacios se reducen y muchas veces se concentran en lo profesional, donde no siempre es fácil construir vínculos sinceros.

Las personas adultas tenemos la tendencia a proteger nuestro tiempo, nuestro espacio, nuestras emociones. Abrimos con mucha resistencia la puerta de nuestro corazón, y aún y cuando lo hacemos, lo hacemos con mucha, demasiada cautela.

Esto se traduce en que ya no esperamos con ansiedad a quienes consideramos que pueden formar parte de nuestro círculo de amigas y amigos, no generamos espacios para compartir.

En muchos casos ni siquiera buscamos activamente momentos de encuentro. Simplemente nos quedamos esperando que alguien más tome la iniciativa y cuando esto sucede nuestra respuesta muchas veces ni siquiera es entusiasta.

Vivimos con agendas tan saturadas, prioridades fragmentadas y, a veces, en una especie de indiferencia silenciosa: no nos interesamos de manera genuina por la vida de las demás personas, por lo que sienten, por lo que desean, por lo que están atravesando.

Muchas veces damos por sentadas a nuestras amistades. Pensamos que estarán ahí para nosotras y nosotros siempre sin que sea necesario algún tipo de cuidado de nuestra parte.

Y lo mostramos dejando de invertir tiempo, energía y atención. Y no, no se vale activar vínculos de amistad sólo cuando necesitamos algo.

Reflexionemos por un momento: ¿qué es lo que pasa cuando dejamos de regar una planta que ha estado en nuestra casa durante años y que siempre ha florecido muy bien?

Creo que no hay duda: sin ese cuidado básico, inevitablemente con el tiempo esa planta marchitará. Lo mismo sucede con las amistades: toda relación que dejamos de nutrir, poco a poco, muere.

Nutrir la amistad en la vida adulta implica recuperar, de alguna manera, esa disposición que teníamos en la infancia: la intención y la emoción de estar.

No se trata de estar en comunicación permanente ni tampoco de grandes gestos, sino que de pequeños actos constantes que se pueden hacer también a la distancia.

Buscar a esa persona sin un motivo específico, solo para saber cómo esta o cómo le ha ido en algo importante que tenía que hacer. Proponer un café en el medio de la semana, aunque la agenda esté llena.

Escuchar con atención, sin prisa y sin distracción. Recordar fechas importantes, compartir logros, pero también miedos y vulnerabilidades.

Celebrar, acompañar, sostener. Esta es la receta para nutrir la amistad y hacer que siga floreciendo.

 

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