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Coahuila

Padre y Mentor

Por Jorge de Jesús 'El Glison'

Hace 5 años

La semana pasada estuvimos disertando sobre cómo fue que se inició históricamente el concepto, la personalidad y función del mentor. Tal vez algunos de ustedes podrían pensar que no han tenido mentores en sus vidas, en su educación, en su crecimiento, en su evolución. Yo creo que la toma de conciencia sobre el efecto e influencia de los mentores, de hecho, pasa inadvertido para la mayoría de los habitantes de este planeta, pero no se necesita ser hijo de un héroe legendario como Ulises, o de un rey, como Alejandro Magno, para recibir influencias y ejemplos intensos y trascendentes que pueden formar y moldear nuestro ser para bien o para mal.

Nuestros primeros mentores se encuentran en la familia, lógicamente hay casos de excepción, como los de las personas que lamentablemente crecen en la orfandad, que no se ajustan a esta descripción, pero en la mayoría de los casos, habitualmente el padre de familia es nuestro primer mentor, esta figura paternal muchas veces es ambigua, pues además de ser quien nos protege y nos cría, también es quien nos daña y castiga, y solamente se llega a comprender cabalmente esta relación entre padre-hijo, hasta que uno mismo se convierte en padre o madre, y solo entonces somos capaces de comprender plenamente a nuestros progenitores.

Hay ocasiones en los que terriblemente esta imagen de guía y ejemplo es completamente negativa, los hijos repiten los patrones de conducta de sus padres, y debido a ello pueden ser presa del alcoholismo, o el ejercer violencia física contra su cónyuge o sus propios hijos. Este es precisamente el germen de muchos problemas mentales y emocionales, que eventualmente pueden derivar en casos de delincuencia o desadaptación social.

Circunscribiéndonos al lado positivo de la paternidad, yo me siento muy afortunado de tener la imagen de mi padre como la de mi primer mentor, y aunque no era mi intención, al empezar a escribir esta columna, ahora siento que debo rendir honores a su recuerdo y herencia.

Mi padre tristemente murió hace muchos años, relativamente joven, se fue un poco antes de tiempo, pero lo que me enseñó y aportó, fue tan extraordinariamente suficiente, como para agradecerle y amarle por siempre. He aquí algunos versos que escribí a su memoria.

Raíz, Tronco y Ramas

He visto a un hombre llorar
y he llorado con él,
he oído su alma quebrar
y la mía también.

Si ese hombre ha llorado,
nunca ha sido por él,
ha sido por mí, por mi hermano
que somos parte de su ser.

Quien su vida daría,
quien por mí sufriría
sin chistar, sin pensar
lo que a él le pueda pasar.

Sí, ese hombre es mi padre,
quién más puede ser.

Nuestro primer héroe,
nuestro primer jefe.

Regaños y caricias,
gestos duros, consejos y sonrisas,
de sus manos y boca
como por magia salían.

Lo mejor para sus hijos,
siempre trató de obtener,
ya que él así no lo pudo tener.

Nuestros triunfos son de él
y las derrotas también.

Los años pasan, las canas
empiezan a aparecer,
los hijos se marchan
y el viejo a sus ojos
parece empequeñecer.

Para la mujer amada,
mil canciones de amor,
cien para la madre abnegada
y para mi padre,
que es raíz, tronco y ramas
¿Para mi padre, qué?

Mi señor padre falleció el 2 de febrero del 2005, debido a una septicemia producto de ulcera silenciosa que reventó en el intestino delgado. Sufrió de una terrible agonía durante algunos meses sin poder respirar por si solo; yo lo acompañé en este trance de hospital, y hasta que escribí este poema pude liberarme del dolor de su partida.

Gracias Padre Mío

No me puedo dormir,
debo encontrar papel y pluma para ponerme a escribir.
No soporto la luz
y me escudo en penumbras
para poder discernir.

Estoy solo otra vez,
tal vez igual
que cuando me viste nacer,
son muchos años
de querer comprender,
qué significa ser hijo
siendo padre a la vez.

En tres meses
te he llorado mil veces,
pensando
que no volvería a suceder.

Pero lloro y lloro otra vez,
con lágrimas rancias y escasas,
como un huérfano viejo
sin rumbo, sin faro, sin guía,
por un instante aturdido
como un niño perdido.

E intento saber
quién fuiste, quién eres,
quién está dentro de mi ser.

Cualidades, defectos,
errores, aciertos,
sumas y restas,
ecuaciones inciertas
entre lo que pudo ser
y lo que realmente es.

Y yo soy lo que soy,
sin duda y por ende,
lo que en mi germinaste
y lo que pude aprender.

Muy malo o muy bueno,
muy falso o muy cierto,
depende quien lo quiera juzgar,
porque no es por ti
ni tus padres ni abuelos,
es por mí y lo que supe heredar.

La cadena se rompe
y se vuelve a soldar
y yo miro tus ojos
en tu nieta dormida
que ya te empieza a extrañar.

Tu imagen permea, mis huesos,
mi sangre, mi aliento
y mi profunda soledad.

¿Qué te digo Padre mío?
Ojalá Dios quiera y tú también,
que yo pueda llegar a ser
por lo menos, la mitad
del hombre y del padre
que tú has sido
y que no alcanzo a merecer.

Gracias Padre mío.

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