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Coahuila

Para bien o para mal

Por Fernando de las Fuentes

Hace 4 años

Todos tenemos, o hemos tenido alguna vez, la creencia de que lo bueno de la vida escasea y lo malo prolifera, pero esto no es una realidad, sino una percepción, debida a nuestros mecanismos naturales de adaptación.

Lo primero que hay que entender es que las emociones varían en intensidad porque son frecuencias vibratorias, que cada quien, además, experimenta de forma particular.

Por otra parte, existe un factor sicológico llamado adaptación hedónica, que nos permite habituarnos a nuestras emociones cuando adquieren un nivel tolerable, lo cual nos inmuniza.

Por eso la alegría y la felicidad, las cuales queremos experimentar siempre a “todo lo que dan”, se vuelven insuficientes, mientras el malestar, que siempre quisiéramos evitar, se convierte en algo apenas perceptible. Y en ninguno de los dos casos nos damos cuenta de que no nos damos cuenta.

Cuando tenemos preocupaciones, problemas, ritmos laborales o cualquier otra circunstancia que nos cause tensión prolongada, nos vamos acostumbrando al estrés y la ansiedad, de manera que dejamos de notarlos. Si estos desórdenes crecen paulatinamente, lo mismo hará nuestra capacidad de adaptación sicológica. A partir de ese estado mental, lo siguiente que sentiremos será miedo, frustración, ira, resentimiento, odio, envidia o incluso desesperación.

Y aunque nuestro cuerpo nos dé claros avisos de alerta, no lo escucharemos, porque no estamos acostumbrados a pensar que en su conexión con nuestras emociones. Sin embargo, natural e irremediablemente la tiene, de manera que enfermaremos, y mientras mayor sea la negatividad a la que nos hemos habituado, más grave será la enfermedad.

Ya que nuestra tendencia será pensar que la forma en que nos sentimos se debe a los que nos pasa, y no a la manera en que lo interpretamos, inferiremos que no hay remedio; comenzaremos a desarrollar rechazo a las situaciones, personas y circunstancias que sentimos amenazantes, así como a nuestras propias emociones. Como, además, creemos que lo que duele es la emoción misma y no nuestra resistencia a experimentarla, iniciaremos un ciclo de sufrimiento para evitar el dolor.

Lo mismo sucede cuando se trata de la felicidad, la alegría, el placer, el enamoramiento o incluso la euforia: pensamos que nos vienen de afuera, que lo que nos sucede y las personas con las que nos relacionamos son la fuente. Entonces comenzamos buscar nuevas experiencias o a tratar de reproducir las que nos hicieron sentir bien.

Cada vez que nos sintamos bien, y la emoción deseada haya “dado el bajón” en intensidad hasta un nivel tolerable, nos habituaremos a ella. Cada día necesitaremos una dosis mayor de aquello que creemos la produce, y nos volveremos adictos e insatisfechos crónicos. Nada será nunca suficiente.

Mientras más tiempo y más vehemencia en el anhelo de repetición de la emoción buscada, más efímera nos parecerá cuando la alcancemos, si es que lo hacemos. En este caso, la resistencia a dejar de sentir lo que queremos sentir o a no sentirlo cuando queremos hacerlo, es lo que nos duele. La evitación del dolor, mediante una nueva búsqueda insaciable, inicia el ciclo de sufrimiento.

Todo, tanto lo bueno como lo malo que sentimos, es de nuestra personalísima responsabilidad, lo producimos a partir de la forma en que interpretamos lo que nos sucede y de la narrativa interna que de eso resulta.

Tanto la natural variación de intensidad de nuestras emociones, como nuestra habituación a ellas, son mecanismos de adaptación sicológica de nuestra especie. Lo que nos hace superiores a los simples sobrevivientes es la conciencia de ello, la capacidad de observarnos para saber cuándo estamos habituados a nuestro malestar y cuándo somos esclavos de nuestro deseo de bienestar.

Esta conciencia nos permitirá aprender las técnicas necesarias para gestionar nuestras emociones, así como a producir los estados de ánimo en que queramos estar, sean cuales sean las circunstancias y las personas que nos rodeen. Nada entonces, nos arrebatará la paz interior.

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