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Para una semiótica del saludo nazi

Por Columnista Invitado

Hace 9 meses

Por: Fernando Buen Abad Domínguez

Conocido frecuentemente Fercomo el saludo hitleriano (brazo derecho extendido hacia el frente con la palma hacia abajo), es un signo cargado de amenazas políticas, históricas y culturales. No puede ser analizado sólo como un símbolo aislado, porque debe desmenuzarse en el contexto de las desesperaciones burguesas, sus relaciones de poder, su ideología y sus planes macabros en lucha de clases. Ese saludo nazi funciona como un dispositivo semiótico al servicio de la dominación burguesa y es imprescindible decodificar cada una de sus capas tectónicas ideológicas.

Tiene antecedentes en el saludo romano, que luego adoptaron el Partido Nacional Fascista y la Italia de Benito Mussolini, el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán y la Alemania nazi bajo el mando de Adolf Hitler. También la Falange Española. Otros partidos políticos de mismo perfil ideológico también lo asumen como parte de su identidad. Entre 1933 y 1945, el saludo ¡ Heil Hitler! (¡Salve Hitler!) se impuso y difundió, particularmente, en los discursos de Hitler. Era muy común que se repitiera acompañado del grito: Sieg… Heil! Sieg…Heil! Sieg…Heil! Heil Hitler!

En términos semióticos emancipatorios, el saludo nazi es un signo que, en su expresión física, opera como vehículo de identidad imbricada con las estructuras de poder económico y dominación semántica. No es un gesto reductible al reconocimiento o al respeto, porque es un acto performativo que refuerza la adhesión al régimen y la sumisión a su autoridad. Es un mecanismo de interpelación, adhesiva, al colectivo nazi, aceptando su lugar dentro de la estructura jerárquica del capitalismo que le da origen. Signo repetido masivamente en actos públicos, desfiles y ceremonias, que significan la naturalización de la ideología nazi, presentándola como incuestionable y omnipresente.

Crea un consenso de mecanismos ideológicos y culturales. Con el saludo nazi se reitera la producción de ese consenso que obliga a sus adheridos a participar activamente en la ritualización del poder nazi. Al levantar el brazo, se expresa la lealtad al régimen macabro de exclusión, segregación, persecución y eliminación, sintetizadas en su reproducción simbólica. Tiene, además, un carácter de representación que fuerza a la expresión obligada de la unidad y la memoria del Führer. Sus repetidores se inscriben en una comunidad de odios, donde las diferencias de clase, género o región se intoxican con cierta identidad nacionalista y racial inseparable del nazismo. Opera de dispositivo de homogenización cultural, eliminando las contradicciones internas y presentando al nazismo como un bloque monolítico.

El saludo nazi no es solo un gesto simbólico, sino un dispositivo semiótico de violencia y dominación, que impone una jerarquía racial y social. Funciona como una herramienta de coerción que obliga a la adhesión, castigando a quienes se resisten y reforzando la exclusión de grupos considerados inferiores. A lo largo del tiempo, este símbolo ha sido resemantizado por el poder para mantener su influencia, transformándose con la modernidad y las crisis del capitalismo, mientras sigue sirviendo a la reconstrucción de identidades fascistas y la perpetuación de estructuras opresivas.

Para enfrentar esta amenaza, es necesario desarrollar una semiótica crítica que descifre y combata los signos del nazifascismo, desenmascarando su función en la dominación cultural y política. La lucha no solo debe centrarse en el pasado, sino en la disputa contemporánea por el sentido, utilizando herramientas científicas para develar y desactivar estos mecanismos simbólicos. Comprender y combatir estas expresiones es fundamental para abrir camino a la transformación social y a la resistencia organizada contra toda forma de opresión.

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