La tienda de los 10 mil artículos
Ahí está viendo pasar el tiempo en el edificio de Hidalgo y Pérez Treviño el letrero sobre la marquesina de concreto con el nombre de la tienda de este ejemplar ciudadano, que como los cuentos, vino de menos a más para amasar una regular fortuna y un grandioso caudal de calidad humana y civilidad.
La vida de don Pedro G. González está llena de historia y de leyenda, de momentos en que estuvo en peligro de ser fusilado, pues sirvió como telegrafista al movimiento carrancista en la era revolucionaria de nuestra patria.
Nativo del pueblo de Mina, Nuevo León, distante unos 25 kilómetros de Monterrey rumbo a Monclova en 1890, llegó a Saltillo por el 1918, para iniciar una de las más fascinantes carreras comerciales de la ciudad.
Era la época de los servicios a domicilio en la ciudad donde prevalecían los comerciantes en frutas y verduras, los panaderos, los lecheros, los reparadores de estufas y camas, hasta los sastres ofrecían sus servicios casa por casa.
Don Pedro inició su negocio en dos canastas, cargadas con listones, hilos, tiras bordadas, botones, encajes, estambre, agujas, alfileres, medias de popotillo, cintas y todo lo que el cliente fuera pidiendo. Él inició como empleado de la famosa mercería El Niágara, de la gran urbe regiomontana.
Casi dos años después se instaló en la calle Mina, a media cuadra hacia el sur de la calle Victoria. Permaneció ahí poco tiempo, no era muy buena la clientela, hasta que consiguió un nuevo local en Allende, donde se encuentra el actual edificio de la empresa de tostado y molido de Café Oso.
En 1922 decide casarse con el amor de su vida, Felipita de la Garza Villarreal, quien había dejado su tierra natal, Mina, Nuevo León. Y en Saltillo ambos hacen progresar a la mercería Pedro G. González; ella ofrecía ropa para dama y lencería. Llegó la familia donde hubo tres pares de cuates. Fueron nueve los hijos de don Pedrito y Felipita.
Él fue la punta de una serie de comercios relacionados con el mismo giro, donde invirtieron por ejemplo sus hermanas Leonor y María con la mercería La Esmeralda. Le siguieron el hijo de su hermano, Desiderio, con “El Koynor”; otro de nombre Francisco con la mercería González. Las sobrinas de don Pedro Amalia y Licha Villarreal, y los hermanos de estas, Marcial y Gustavo, que vendían mercería por diferentes rumbos de la ciudad y en rancherías aledañas a Saltillo.
Otro más, Gustavo Villarreal, con una tienda de abarrotes y mercería muy bien surtida en la esquina de General Cepeda y Bolívar, a la entrada del barrio del Águila de Oro, que servía además al otro barrio fundacional, El Ojo de Agua.
En 1934 le piden dejar el local de la calle Allende, pues comenzó la edificación del inmueble de varios pisos que ahora conocemos como El Café Oso. Entonces se instala en la ya legendaria tienda de los 10 mil artículos en Hidalgo y Aldama. El número de objetos fue aumentando sorpresivamente, pues se encontraba ahí desde un alfiler por el lado de la mercería, hasta armas de fuego, cartuchos, guitarras, equipo para las bandas de guerra, etc.
Las anécdotas
Recuerdo a don Pedro, ya madurito (señor de la tercera edad), dirigiendo el tráfico frente a su negocio montado sobre un cajón de madera. O las veces que iba a la lucha libre, al box y a los toros y la raza le gritaba cosas al buen hombre.
Siendo empleado telegrafista durante la época revolucionaria sufrió más de un pena, como cuando tuvo que curar por la fuerza a un soldado herido, el mismo que un día que venían los villistas a Coahuila, para llevárselo, y el revolucionario lo escondió en una gran caja de madera. Otra ocasión salvó la vida de don Venustiano Carranza, pues estando en un carro de ferrocarril como telegrafista, llegó un capitán del ejército y le pidió enviar un mensaje al señor Carranza para citarlo en equis lugar y emboscarlo para asesinarlo.
Una ocasión llegó un tipo a la tienda y pidió una pistola y las balas correspondientes, colocó una y se puso el arma en la sien derecha con intenciones de suicidarse, rápidamente don Pedro se la arrebató y furioso le dijo: ¡Si te quieres matar, tírate de catedral!
Un novel reportero lo entrevistó, y conociendo algunos de sus antecedentes preguntó a don Pedro: ¡¿A poco usted fue telegrafista!?
El señor González tomó una moneda y sobre el mostrador la golpeó cinco veces, ¿qué significa?, preguntó el aprendiz de periodista, y don Pedro le dijo sarcásticamente: ¡te la estoy mentando!
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