El enigmático churrero
Desde la calle de Constitución, en la parte más sureña del Ojo de Agua, todas las tardes descendía aquel límpido español don Pedro Martínez, originario de Cataluña, de blanco uniforme y mandil impecable, portando sobre su cabeza un gran canasto, que en perfecto equilibrio llevaba por una ruta definida hasta la Plaza de Armas, ofreciendo y vendiendo sus sabrosos churros con el auténtico olor de la rica panadería ibera.
Sobre su cinto de vaqueta labrada, en un extremo colgando de un gancho las tijeras de madera donde posaba su canasta para servir el exquisito manjar, que a la puerta de las casas esperaban los saltillenses. En el otro extremo de la cintura el churrero, en otro gancho lleva las bolsas de papel de estraza y las pinzas para despachar el suculento pan.
Nunca volvimos a churros tan sabrosos, espolvoreados con azúcar y canela como los que elaboraba el señor Martínez. No había llegado a la Plaza de Armas cuando terminaba con su deliciosa mercancía.
Don Pedro Martínez era un hombre chaparrón, rubio y de no mal ver. Los vecinos dicen que llegó a la calle Constitución muy joven y ya con señora. Tuvo tres hijos, Pedro Júnior, a quien en el barrio decían “El Churritos”, y dos bellas mujeres rubias, de mejillas chapeadas, piernudas, a quienes decíamos “Las Churreras”.
En su trayecto cotidiano fijó una imagen muy notoria, muy característica del Saltillo de mediados del siglo 20.
Una vez el churrero desapareció de las calles que solía caminar para ofrecer su producto. Todo era misterio y de la intriga se llegó a la verdad.
Repentinamente el churrero perdió el conocimiento y lo declararon muerto. Había sufrido un ataque cataléptico. Ante la rigidez del cuerpo, sus familiares lo dieron por muerto e iniciaron los trámites para darle cristiana sepultura.
Lo vimos tendido sobre una mesa, rodeado de almohadones y flores. Las rezanderas se hicieron presentes para despedir al buen hombre. Le prendieron cuatro sirios, familiares y vecinos rodearon el lugar con flores y coronas. Su gente y el barrio estaban consternados, pues don Pedro aparentaba ser muy sano.
La primera noche del velorio el español repentinamente se incorporó, estiró brazos y piernas en señal de cansancio, bostezo y se sorprendió viéndose rodeado de flores, coronas y sirios y tanta gente compungida, dando tremendo susto a su esposa e hijas, así como a los vecinos que le acompañaban en el velorio.
¡Milagro!, exclamaron varias personas a la vez. Otros salieron corriendo del recinto, asustados.
Los saltillenses ya no lo identificaban como el churrero, le decían “el resucitado”, y él reía de buena gana, enseñado su bien cuidada dentadura. Repentinamente la familia Martínez desapareció del barrio Ojo de Agua. Jamás la volvimos a ver.
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