Agobiado por las interminables giras a las que sometía a su Gabinete cada fin de semana, uno de sus secretarios le planteó en 1990 al entonces gobernador Eliseo Mendoza Berrueto, si no estaría bien espaciar las salidas al desierto, a la frontera, a las regiones del carbón y a las zonas rurales de Coahuila.
Después de la semana laboral de lunes a viernes, los miembros de su Gabinete, algunos magistrados, legisladores y líderes partidistas se veían precisados a acompañar al Mandatario a sus agobiantes recorridos de fin de semana por alguna de las cinco zonas económicas de la entidad.
No había fin de semana sin giras polvorientas y asfixiantes por pueblos, comunidades rurales o colonias populares, lo mismo a pleno sol o a la luz de la luna.
—Es mucho el desgaste, licenciado. Los miembros del Gabinete le agradecerían espaciar los recorridos —le dijo el colaborador a Mendoza.
El Mandatario vio a su interlocutor con escepticismo y cierto fastidio: “Mira”, le respondió, “toda la vida soñé con ser Gobernador y dedicarme a trabajar de tiempo completo cada día de mi Administración. Así lo voy a hacer durante los seis años de mi sexenio. No hay vuelta a atrás. Si alguien del gabinete está cansado de las giras, la cuestión es sencilla: ¡que no vaya!”.
Punto final. Las giras prosiguieron y las sordas protestas de algunos miembros del Gabinete también.
En Coahuila no han sido pocos los gobernadores con ritmos frenéticos de trabajo. Los viejos políticos recuerdan las largas jornadas laborales de Eulalio Gutiérrez y su vocación por llevar las obras y programas de su Gobierno al campo.
Óscar Flores Tapia solía amanecer desayunando en su casa con su equipo más cercano y parte de su Gabinete. Después, pasaba largas horas en la oficina, volvía a su casa a comer en familia y a hacer la siesta y por la tarde regresaba al trabajo. Muchas veces terminaba el día jugando dominó y hablando de trabajo con sus colaboradores.
Tanto Eulalio Gutiérrez como Flores Tapia desahogaban a diario una agenda con sectores sociales, legisladores, dirigentes populares, magistrados y líderes de la Iniciativa Privada. No era infrecuente que llevaran sus equipos de trabajo a la Ciudad de México, entonces el centro en el cual giraba la vida política nacional.
Y si José de las Fuentes Rodríguez fue en los últimos lustros la excepción a la regla del fervor laboral de los gobernadores, Rogelio Montemayor y Enrique Martínez entendieron bien la importancia del trabajo. Tenían un estilo más ejecutivo. Trabajaban en agendas mejor planeadas, con más orden y con una visión enfocada a privilegiar la dirección y la gestoría de proyectos de inversión pública y privada sin olvidarse de la política-política.
Incluso, de esa tradición de trabajo abrevaron también Humberto y Rubén Moreira. A ambos se les puede acusar de cualquier cosa, menos de ser holgazanes. Los dos respiraban la política en cada inhalación de oxígeno. Como gobernadores, dicen hoy sus malquerientes, se levantaban con ánimo de ver a quién le iban a amargar el día. De hecho, la picaresca señala que si uno y otro no le hubieran dedicado tanto tiempo a sus tareas de gobierno, el Estado estaría mucho mejor. Habrían hecho menos daño. Porque eso sí, trabajadores y todo, al final del día heredaron una hacienda en bancarrota, una deuda financiera impagable y un ambiente tóxico insufrible.
Agendas al balcón
Pero hay de estilos a estilos a la hora de gobernar. La impresión alimentada durante años por López Obrador es la de un hombre laborioso entregado sin tregua a sus afanes de servir al pueblo.
Hace unos días, el periodista Raymundo Riva Palacio recordaba que AMLO comentó el 19 de octubre de 2019 que debe trabajar 16 horas al día y descansar ocho para poder cumplir su promesa sexenal. Eso, dijo el columnista, es mentira.
Con un padecimiento cardiaco y casi 70 años a cuestas, ¿puede López Obrador trabajar 16 horas diarias? Obviamente, no. Tal vez en sus juventudes pudo hacerlo. Sin embargo, lo hace feliz sembrar la idea de ser un esclavo del trabajo.
Desde su tiempo de jefe de Gobierno de la Ciudad de México ha jugado con esa percepción. Ahora, ya en Palacio Nacional, ha avivado la imagen de ser un Presidente laborioso, hacendoso, diligente. Un Mandatario sin descanso.
Sin embargo, los cables secretos de Estado filtrados por el grupo internacional de hackers Guacamaya exhiben a un Presidente poco afecto al trabajo de Gabinete, a los quehaceres de la gestión pública y a la Administración.
Como reveló la investigación de Sandra Romandía en Opinión 51, el Presidente se levanta temprano para encabezar a las 6 de la mañana una reunión en Palacio Nacional con integrantes de su Gabinete y colaboradores e informarse del estado de cosas en el país.
“Después”, apunta la periodista, “se traslada al Salón Tesorería, del mismo Palacio Nacional, para sostener su monólogo diario con los representantes de los medios de comunicación. Terminando sus reflexiones cotidianas (de la mañanera), las actividades del Presidente, por lo general, se terminan”.
¡Sí, ese es un día típico del Presidente! Tiene una reunión con sus colaboradores, enciende el avispero desde la mañanera y se va a sus aposentos. Mañana será otro día.
Escribe Romandía: “A menos que salga de gira y participe en una ‘supervisión’ o una visita hacia algún estado, su agenda permanece vacía, en blanco; sin otra cosa programada para hacer más que recibir las terapias físicas que el cuerpo de médicos militares le proporcionan a él y a su esposa, a veces también a su hijo menor, generalmente por las tardes”.
Diatriba e insulto
Según las bitácoras hackeadas a la Sedena, no hay trabajo de Gabinete, ni de coordinación ni de planeación o consultas o encuentros con gobernadores, representantes de la Iniciativa Privada, el mundo académico o los sectores obreros.
Nada de hablar con importadores, exportadores o de tener reuniones privadas con secretarios, directores, jefes de seguridad, legisladores o miembros de los tribunales del país. ¿Política internacional? ¿Encuentros con embajadores, cónsules o ministros o secretarios de otros países? Por favor, es mucho pedir.
Quizá un colaborador del Presidente debiera sugerirle, a la inversa de aquel secretario de Mendoza Berrueto, que de vez en cuando trabaje, dialogue, construya.
Si lo definiéramos en los mismos términos populacheros utilizados por él, diríamos que tenemos “un Presidente tirado en la hamaca”. Porque eso es lo que tenemos: un Mandatario que desprecia el trabajo de planeación, de concertación, de diálogo y de gestión pública para instalarse en la politiquería, la confrontación, el insulto y la diatriba.
Tenemos un Presidente al cual le dio por “gobernar” al país con el fácil recurso de hablar, hablar y hablar dos o tres horas diarias desde la comodidad del púlpito palaciego, dando “respuestas de tesis” como socarronamente se lo dijo el presidente Gabriel Boric.
“Ahora entiendo por qué duran tanto las conferencias (mañaneras)”, dijo el Mandatario chileno. Y sí, son insoportablemente largas porque terminaron por convertirse en el principal instrumento de Gobierno, la herramienta primera para manejar el país.
Frente a los grandes problemas nacionales —seguridad, inflación, salud, educación, violencia social y empleo— se intenta gobernar desde una vocería presidencial. Los resultados del desastre están a la vista.
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