Con gran difusión el pasado miércoles hubo una manifestación para condenar la crueldad contra unos perros que fue denunciada mediante un video que se difundió en las redes sociales con turbios fines políticos y manipulando fibras sensibles para causar indignación mediante el escándalo. No es la primera vez que con fines políticos se utiliza el maltrato animal.
Este tipo de violencia es un tema sensible ya que a los perros se les considera como nunca antes como parte de la familia, e incluso, desde hace pocos años a la fecha se ha legislado en favor de la protección y cuidado de los perros.
Sin embargo se ha caído en la exageración y el exceso al humanizar y sobreproteger a estas mascotas.
De acuerdo al INEGI el 70 por ciento de los hogares en México cuenta con una mascota, lo que corresponde a casi 80 millones de animales de compañía en nuestro país, de los cuales el 80 por ciento son perros. Por su parte el último censo de población señala que en México residen cerca de 32 millones de infantes de 0 a 14 años, es decir, hay 2.5 perros de compañía por cada menor.
Las razones por las cuales las personas han incluido a los perros en sus familias son diversas. Muchos perros son adoptados por parejas de jóvenes que han decidido evitar la paternidad ya que la compañía de un animal representa una buena manera de obtener cariño e incondicionalidad con pocas responsabilidades pero nunca las mismas que se tendría con un hijo. También, algunas personas que padecen soledad buscan mitigarla con la compañía de un perro.
El exceso se da al convertir un perro en un perrhijo y obligarlo a participar en rituales humanos, tales como la celebración de un cumpleaños, bodas u otro tipo de eventos que son innecesarios ya que los animales no son conscientes de estas situaciones y se les somete a un estrés al exigirles comportamientos diferentes. Esto no lo comprenden los animales y esta integración a rituales y costumbres que el humano hace como si fuera su hijo realmente no es un bienestar para ellos porque los está llevando a un rol que rompe esa interacción hombre-perro que lleva más de 20 mil años
Sobreproteger a nuestros perros también puede ocasionarles dificultades para relacionarse con otros perros, de igual forma, el exceso de apego a nuestros animales de compañía puede generarles ansiedad por separación, así como una alteración en su conducta que provoca que los animales se vuelvan dependientes de sus dueños y que no puedan soportar la ausencia de sus humanos. Un perro no es un hijo y al humanizarlo se pierden de vista sus necesidades básicas como animal.
Para tener una relación sana con nuestras mascotas y demostrarles nuestro cariño basta con que puedan acceder a sus vacunas, una alimentación adecuada, asearlos, así como proporcionarles un lugar de refugio y obviamente no maltratarlos. También es válido protegerlos de las condiciones climáticas extremas, pero sin someterlos a comportamientos que no son propios de su especie. A final de cuentas son animales que tienen necesidades completamente diferentes a nosotros, que como compañeros necesitamos cubrir esas necesidades y protegerlos, pero hay una línea muy delgada entre proteger y sobreproteger.
Tener la sensibilidad necesaria para atender a los perros -y en especial los callejeros- habla bien de quienes lo hacen, sin embargo cuando se trata de perros agresivos, con infecciones y que se ensucian donde sea, nadie dice nada ni se responsabiliza. Saber convivir con una mascota ayuda a ser sensible, solidario, fomenta la nobleza es loable, sin embargo, obsesionarse con una mascota –con un perrhijo- inhibe la socialización de las personas, nulifica la empatía y es un síntoma de decadencia.
No resulta fácil comprender por qué atrae mayor cantidad de manifestantes una protesta contra la crueldad animal en vez de protestar ante la situación crítica que enfrentan los trabajadores de AHMSA y sus familias o contra los feminicidios. Tampoco se entiende cómo mientras se efectuaba la protesta en defensa de los perros se condenaba la violencia mientras simultáneamente en las redes sociales se agredía y linchaba a varias personas involucradas o no, con insultos, actitudes hostiles e injustas. Esta situación hizo recordar lo que Umberto Eco decía: “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas, que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente pero ahora tienen el mismo derecho a hablar lo mismo que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”. Triste realidad la nuestra y de quienes pretenden capitalizarla con fines perversos.
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