Ante falta de oposiciones creíbles y vigorosas, Ricardo Anaya se ha montado en la ola de la Cuarta Transformación para disputarle a Andrés Manuel López Obrador el poder en 2024. Su exposición como candidato de la coalición Por México al Frente (PAN-PRD-Movimiento Ciudadano) hace tres años y hoy como catalizador de la crítica contra AMLO, lo convierten por ahora en el favorito para la próxima carrera presidencial. Sus declaraciones y tuits causan furor y entusiasman a las galerías. Acusado por la Fiscalía General de la República de haber formado parte de la red de sobornos urdida por el expresidente Peña Nieto y el exsecretario de Hacienda, Luis Videgaray, para cambiar la Constitución y aprobar la reforma energética, Anaya se dice «perseguido político» y, con elocuencia, dramatiza: «En estos tiempos de autócratas (…) el exilio es la única alternativa».
Persecución como en los regímenes autoritarios no existe, declara Édgar Ortiz Arellano a la agencia EFE. Para el doctor en gestión estratégica y políticas del desarrollo por la Universidad Anáhuac y catedrático de la UNAM, «no hay evidencia empírica que demuestre que hay ese tipo de persecución política, lo que sí hay es un ataque constante del Presidente, especialmente en las conferencias mañaneras, a todos aquellos que son sus opositores; en ese sentido sí hay una campaña constante» («Ricardo Anaya revive el fantasma de la persecución política en México», Los Ángeles Times, 24.08.21).
La actitud de AMLO le parece inédita «porque en los últimos 30 años no se había visto que un Presidente se quejara de sus opositores de manera tan abierta». En México el ataque es la defensa preferida de los políticos corruptos: antes de ser investigados, acusan al Gobierno de persecución. Anaya ha caído en el mismo «lugar común», dice Ortiz. Lo mismo hicieron previamente el diputado Saúl Huerta (Morena), denunciado por abusar sexualmente de un menor de edad; y Mauricio Toledo (PT), acusado de enriquecimiento ilícito cuando era delegado en Coyoacán por el PRD. Ambos fueron desaforados. Huerta está entre rejas y Toledo huyó a Chile.
Ortiz exige una oposición de «mayor calidad» y admite que «el Presidente y su partido han avanzado electoralmente en el país, a pesar de muchos errores que han cometido». El problema de las demás formaciones es que «muchos de sus líderes son susceptibles de afrontar acusaciones de corrupción». En ese contexto, apunta, la opinión pública pondrá en tela de juicio la «persecución política». En 2018, la Procuraduría General de la República (de Peña Nieto) denunció a Anaya por lavado de dinero en plena campaña.
Anaya ha sido uno de los líderes de Acción Nacional más exitosos. Sin embargo, su codicia y deslealtad provocaron una de las mayores fracturas en ese partido, fundado en 1929. Gustavo Emilio Madero lo llamó traidor; Javier Corral lo acusó de «estar al servicio de los peores intereses»; y el expresidente Felipe Calderón y su esposa Margarita Zavala, actual diputada federal por la coalición Va por México (PAN-PRI-PRD), renunciaron en protesta contra «el Joven Maravilla» por haber utilizado el presupuesto y la estructura partidista para hacerse con la candidatura presidencial.
En la sucesión de 2018, Anaya era el favorito de Peña Nieto, no José Antonio Meade. «Es el candidato de la continuidad», acusó Corral. La alianza entre los mexiquenses (Peña de Atlacomulco y Anaya de Naucalpan) se rompió cuando el triunfo de AMLO se volvió inevitable. Traicionado, el panista ofreció, en uno de los debates, encarcelar a Peña. Acción Nacional siempre impulsó la reforma energética. Con Fox y Calderón no pudo conseguirla por la oposición del PRI y el PRD, pero al tándem Peña-Videgaray le dio votos en el Congreso para sacarla adelante. El favor no fue de balde, según el exdirector de Pemex, Emilio Lozoya. A Anaya lo persiguen sus fantasmas.
Más sobre esta sección Más en Nacional