Arte

Publicado el miércoles, 11 de febrero del 2026 a las 04:01
Ciudad de México.- La estancia del estadunidense John Sonsini (Nueva York, 1950) en la Ciudad de México en 1985 marcó un punto de quiebre en su trayectoria artística. Exhibía desde 1981, pero sus figuras tomadas de fotografías de boxeadores y fisicoculturistas le resultaban insuficientes. No había encontrado aún el tema ni el enfoque que le dieran dirección a su trabajo.
Rentó un pequeño estudio detrás de la Catedral Metropolitana, en la calle de Guatemala, a unos pasos del Zócalo, en la CDMX. Venía atraído por la obra de los grandes muralistas; José Clemente Orozco era uno de sus héroes.
La gran revelación ocurrió delante de Epopeya del Pueblo Mexicano, el tríptico pintado por Diego Rivera en el Palacio Nacional.
“
Ver esos murales fue como ver retratos de toda la gente que estaba en la calle”, dice en entrevista el artista afincado en Los Ángeles. “En ese momento yo no conocía la historia de México. Lo que vi fueron personas reales, como las que caminaban afuera”.
Fue una sensación similar a la que tuvo con la Capilla Sixtina, que le había parecido, años antes, una galería de romanos contemporáneos; los murales de Rivera le parecieron retratos monumentales de hombres y mujeres anónimos, trabajadores, cuerpos en acción: “Eso lo abrió todo para mí”, asegura.
De pronto, la búsqueda de un concepto o un significado previo perdió importancia: “No necesitaba una idea. Todo lo que necesitaba era pensar: ‘Esa persona me parece notable, quiero hacer su retrato’”.
Obligado por las circunstancias, tuvo que evacuar su estudio, que albergaba toda la producción que hizo en México y que nunca fue recuperada. Al volver a Los Ángeles, decidió que pintaría a los trabajadores que veía todos los días en Pico-Union, un barrio habitado sobre todo por latinos, sin importar si las pinturas eran “buenas o malas”.
Desde finales de los 80, Sonsini, que ahora vuelve a la Ciudad de México con una exposición que presenta en Para A, empezó a pintar de manera sistemática del natural. No lo hacía por lograr un parecido físico, sino por lo que ocurre en el acto mismo de trabajar con otro. “Me interesaba más que el retrato fuera un registro de mi interacción con el modelo que un registro de su parecido”, explica.
Siempre les ha pagado a sus modelos por su trabajo, en jornadas de cinco horas con una pausa para comer. Incluso, si en algún momento su modelo se siente incómodo, puede irse; de cualquier manera, recibirá el pago acordado. Pintar del natural le permitió acceder a una energía que no encontraba trabajando solo: “Cuando dos personas trabajan juntas, se establece una conexión. Yo quería, de alguna manera, registrar esa energía”.
Sus modelos, muchos de ellos trabajadores que encontraba en esquinas o estacionamientos, miran de frente al pintor que los retrata. No hay poses teatrales ni miradas perdidas en el horizonte.
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