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PISA en tiempos del Obradorato: adolescentes cada vez menos inteligentes; ¿y los adultos, qué tal?

Por Luis Carlos Plata

Hace 1 mes

En la semana se difundió el más reciente resultado del informe internacional PISA, que no es otra cosa más que una prueba realizada cada tres años en alumnos escolarizados de 15 y 16 años de edad en 91 países -incluido México- integrantes de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), para evaluar su rendimiento académico y comparar habilidades de comprensión lectora, matemáticas y ciencias.

El resultado es prácticamente generalizado: se ha desplomado el nivel educativo mundial. México, por su parte, registra sus peores datos en la historia del estudio, la cual se remonta al año 2000.

El nivel de competencia básico en matemáticas, para dimensionar, pasó de un porcentaje cercano al 50% del total (49.2) en 2009 (durante el sexenio de Felipe Calderón), a sólo 30% en 2025, ya con Sheinbaum en la Presidencia.

Dicho de otra forma: antes uno de cada dos estudiantes tenía conocimientos elementales en la materia, y hoy sólo uno de cada tres los posee. Ahora bien, si la proyección se mantiene para la próxima medición, calendarizada en 2028, sólo uno de cada cuatro sabrá lo básico. Los tres restantes, ni eso. El saldo del Obradorato.

El promedio actual de México (30%), por si fuera poco, es drásticamente inferior al de los países de la OCDE, estimado en 65%. Y si bien la cifra cayó durante las tres pruebas realizadas en el periodo que comprendió la Presidencia de Peña, fue a partir de 2018 cuando se fue a pique.

Imposible no medir en nuestro contexto nacional esa influencia: ocho años de un régimen que enaltece al pobrismo y ha relajado las exigencias escolares (con cada vez menos días hábiles en el calendario) adaptando la parte más conveniente para su causa del Wokeísmo, como aquella de la ‘discriminación’ que suponen las evaluaciones. Plan con maña.

Ayer la Presidenta festinaba como un logro de su Gobierno que los estudiantes de las escuelas públicas habían sacado mejores notas que aquellos de las privadas (“particulares”), a comparación. Sin embargo eso mismo sucedió en España, por citar un ejemplo. No es mérito de la SEP ni mucho menos de Mario Delgado, desde luego.

Cualquier conclusión, no obstante, es apresurada en este momento.

Es un fenómeno más profundo que eso. Afecta en mayor medida a las sociedades occidentales a diferencia de las orientales, como Corea del Sur y Japón, quienes mantienen un alto rendimiento (que ya les caracterizaba, de hecho).

Como en su día lo publicó Douglas Murray en su libro “La guerra contra occidente; cómo resistir en la era de la sinrazón” (Ariel, 2022): “hay una guerra en marcha; se trata de una guerra cultural y despiadada contra las raíces de la tradición occidental”.

Hay otros factores, amén del Obradorato, como la menor disposición al esfuerzo que muestran los jóvenes (y no, no es un asunto de percepción sesgada, sino una manifestación cultural).

Se han acostumbrado a las gratificaciones instantáneas, tal como sucede en el mundo digital. Así la vanagloriada cultura del esfuerzo paulatinamente va siendo sustituida por otra basada en una falsedad: la creencia en boga que, al ser ‘influencer’ (o creador de contenido, lo que sea que signifique eso al día de hoy), se puede llegar más rápido y con menor esfuerzo al Nirvana. O vivir sin trabajar.

Naturalmente, contribuye la propagación de los dispositivos digitales. Es la tecnología: pantallas, teléfonos, redes sociales, videos cortos.

No se habla lo suficiente de ello, pero los adolescentes duermen menos que años atrás, precisamente, entre otras cosas, debido al mensajeo y scrolleo que interrumpe sus hábitos de descanso por las noches. Luz, entretenimiento, mensajes, estímulos, dopamina, vida ‘social’ justo cuando el cerebro debería desconectarse. Lo explica el psicólogo español Alfredo Rodríguez-Muñoz en su libro “Dormir para vivir mejor; la ciencia del descanso en la era del cansancio” (Kailas, 2026).

Eso afecta al rendimiento escolar. Genera ansiedad. Dispersión de la atención.

Otra razón es el declive de la lectura por gusto. Nunca en la historia de la humanidad se habían leído tantas palabras (textos en WhatsApp, Google, TikTok, Instagram, Facebook) y al mismo tiempo habíamos leído tan poco. Lo definió el gallego Manuel Jabois en una pretérita columna publicada en El País: “podemos pasar medio día leyendo sin levantar un solo cimiento de arquitectura mental” (08/09/26).

Lo anterior es verificable al detectar un denominador común en el informe PISA: el acierto de respuestas es menor en preguntas con textos largos.

A últimas fechas, el creciente protagonismo de la IA en los procesos de ‘aprendizaje’ también afecta. O el proceso de llegar a respuestas más rápido y con menor esfuerzo pues, irónicamente, el aprendizaje profundo requiere esfuerzo.

Y no, no es la pandemia. El deterioro, manifestado como curva decreciente, ya había comenzado antes.

Cortita y al pie

Si bien los jóvenes pueden ser examinados desde un pupitre, enclaustrados en un salón y bajo la tutoría provisional de un profesor, cabría preguntarse qué pasa con los adultos.

¿El reflejo de unos es directamente proporcional a los otros? ¿Y la responsabilidad de los padres como modelo a la hora de moldear actitudes en los niños? ¿Acaso sólo los jóvenes han sido afectados por todo lo anterior? ¿Hemos llegado al cénit civilizatorio y después de alcanzar un día la cresta, ya todo es cuesta abajo?

¿Se puede revertir la tendencia? Sobre esto último, pienso que no. Se trata de un cambio, no generacional, sino civilizatorio.

 La última y nos vamos

Máquinas -dicen- más inteligentes, y humanos -no es necesario que alguien lo diga- diametralmente más estúpidos. La proyección: la inteligencia artificial superará las capacidades humanas.

Y es que los adolescentes hoy se parecen más a su generación que a sus padres. Son hijos de otro; de su tiempo, concretamente.

Aunque además tenemos al Obradorato.

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