La política todo lo invade y no parece tener fin y junto con esta invasión, de la mano, la polarización avanza sin freno principalmente a través de las redes sociales que están al alcance de todos. El exceso de información -de ida y vuelta- se ha vuelto parte del quehacer cotidiano ya que opinar -de lo que sea y como sea- es un nuevo tipo de adicción, sin importar sea verdad o mentira lo que se comenta, favoreciendo así la polarización.
En esa polarización cada vez es más notorio cómo cada quien se siente dueño de la verdad -su verdad- y que al percibir alguna amenaza contra esa verdad de inmediato se defiende junto con el grupo con el cual simpatiza, porque la sensación de peligro agrupa, encierra y facilita la polarización que suele ser más una cuestión emocional que racional.
Con la polarización el diálogo se anula, la intransigencia aumenta y se asignan todos los males a quienes no piensan igual que uno, mientras que los otros, los que piensan diferente, al sentirse acusados reaccionan de la misma manera. Con la polarización se desvanecen las distintas versiones del mundo para dar lugar a emociones negativas como el miedo y el enojo. Así, el otro se convierte en enemigo en un cuento de nunca acabar.
Un típico ejemplo de polarización es cuando una persona suele votar o afiliarse con algún partido político que tiene propuestas definidas y acotadas, con escaso espacio para la pluralidad, los matices o la disidencia interna, sin intención de negociar o acordar nada con los rivales, o simplemente se simpatiza con su ideología. Además, el líder de ese partido conmueve con sus discursos y actitudes, así sean ofensivas, controvertidas, autoritarias e, incluso, antidemocráticas. A lo sumo, se les considera “políticamente incorrectas”. Se le cree todo lo que dice y se le justifica todo y no se le cuestiona ni critica.
Para no “hacerle el juego” a “los adversarios”, esa persona del ejemplo, ignora las pruebas de que el líder miente o manipula la información. Se convence de que los militantes o simpatizantes del partido contrario son adversarios a vencer; y de ser posible, exterminarlos. Se les desprecia. Entonces inicia el distanciamiento de amigos y familiares que no piensan o votan como esa persona. Los insulta. El término medio no existe: O están con “nosotros” o están con “el enemigo”.
Esa persona entonces prefiere rodearse de otros que sí son como ella. Acuden a las mismas reuniones, admiran a los mismos periodistas y recomiendan las mismas series y películas. Consumen los medios de comunicación que les dicen lo que quieren escuchar con respecto a temas tales como el feminismo, las vacunas, la diversidad, la ciencia, el cambio climático, los derechos humanos, alguna guerra o cualquier conflicto internacional. Incluso usan aplicaciones de citas que solo aceptan a personas de su misma forma de pensar. Se retroalimentan entre ellas mismas en las redes sociales, si leen a otros usuarios o interactúan con ellos es solo para confirmar sus mismos prejuicios. Se definen como los buenos, los únicos que tienen valores morales. Los malos -y equivocados o, en el mejor de los casos, engañados y manipulados- son los otros. Se convencen de que tienen razón y de que el mundo está dividido en dos: ellos y el resto del que nada quieren entender, conocer, respetar ni compartir. Es el triunfo de la pasión sobre la razón.
Es esta polarización claramente visible entre los líderes políticos actuales que aprovechan las diferencias ideológicas y culturales para fomentarla, que cuestionan la desconfianza en las instituciones para apuntalar su liderazgo y más en estos tiempos pre-electorales en los que los partidos políticos usan estrategias del siglo XX para el ejercicio de la política en el siglo XXI, en la que los aspirantes a cargos de elección popular confunden la política con la politiquería, en la que los gobiernos no escuchan a los ciudadanos mientras se conducen través del miedo, el odio y la sospecha.
Son estos gobiernos los que polarizan para ganar, aunque no sepan gobernar, que utilizan las redes sociales como un destructor de opinión y como un amplificador del odio, y que su obsesión por el poder les hace ver que el éxito de los demás es como una derrota propia, gobernantes que pretenden transformarse en mesías y no en líderes, que suelen creer más en las cadenas de WhatsApp que en los argumentos sólidos y con fundamentos, que creen que la política es solo forma sin contenido de fondo.
Lamentablemente las autoridades abusan de la polarización para llevar agua a su molino en lugar de fomentar el diálogo, en promover la empatía, la educación cívica, promover la diversidad de fuentes de información, incentivar la participación cívica, enfocarse en problemas concretos, construir coaliciones y puentes, promover la educación intercultural y la diversidad, pero sobre todo, ejercer un liderazgo responsable. En pocas palabras: no son demócratas.
A final de cuentas la polarización no es tan trágica, de hecho siempre ha existido, sin embargo, por el contrario, tratar de que todos piensen igual sí sería trágico y antidemocrático. La diversidad de opiniones es indispensable y es urgente recuperar la capacidad de dialogar para intercambiar ideas y poder tener un entorno mejor. Suena difícil pero no es imposible.
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