Yo no sé usted, estimado lector, cómo ve a nuestro amado país. Este país maravilloso que heredamos y que un buen número de ciudadanos observamos con tristeza y coraje que se le está destruyendo sin misericordia alguna.
Destruyendo, sí, por medio de la polarización sin límites; de las acciones negativas y perversas de un individuo cuya soberbia va más allá de lo
tolerable.
¡Pero qué necesidad! De estar siempre utilizando las mismas expresiones, los mismos insultos en contra de quienes no comparten una misma opinión, como si pensar diferente fuera un delito o un pecado.
Los seres humanos somos diferentes unos de otros, afortunadamente. No venimos al mundo como si nos hubieran sacado de una maquiladora. No, por favor.
Venimos al mundo a convivir, queramos o no, con otras personas. Desde muy pequeños nuestro carácter se va forjando, dependiendo de diversos factores. Hogar, escuela, medio ambiente, todo influye -para bien o para mal- en un momento determinado.
Dependerá de cada persona con qué se queda, qué le conviene. Es decir, hay que ir aprendiendo a valorar lo que se nos enseña, se nos presenta o se nos ofrece.
Con el tiempo, vamos creciendo y al hacerlo iremos aprendiendo y desarrollando habilidades, emociones, valores, principios. Todo eso y más para ponerlo en práctica en una sociedad donde sin duda encontraremos día a día muchos retos.
Cuando un individuo trae arrastrando una serie de acontecimientos negativos en su vida, tarde o temprano los va a sacar. El rencor acumulado pronto puede transformarse en algo más profundo que puede llegar al odio, sentimiento por demás despreciable que convierte al ser humano en prisionero y por consiguiente, enemigo de sí mismo.
Tarde o temprano el verdadero “YO” del individuo saldrá a flote.
Lamentable, triste y peligroso cuando a individuos llenos de rencor, coraje, odio, se les da poder, porque son capaces de cualquier cosa con tal de lograr su objetivo.
Utilizan el camuflaje para engañar incautos. Ofrecen bondades que saben que no se podrán cumplir. Esconden sus verdaderas intenciones que no son otras, que destruir a quienes consideran enemigos, sin serlo.
No les importa pisotear la dignidad humana porque ellos mismos no la entienden.
La dignidad tiene que ver con la integridad, con la honradez, con la honra, con la decencia que distingue al ser humano a través de hechos. Es el respeto a sí mismo y a los
demás.
Lo que sí practica quien hace escarnio de las personas a quienes van dirigidas sus frases hirientes, sus agresiones desmedidas es la ridiculez. Porque nadie con educación o al menos con un mínimo de sentido común, ofende a alguien sin medir las consecuencias.
Eso es lo que sucede con el inquilino de Palacio Nacional. Es un individuo que ganó polarizando al país; lo incendió atacando a sus adversarios políticos y le dio resultado.
Sin embargo, hay que hacer la diferencia entre ser candidato a ser gobernante. Y vaya que si existe enorme diferencia. En campaña se suele sacar los “trapitos” al sol de los adversarios. Aplausos, risas, bromas, en fin, hasta se ganan posiciones.
Pero ser presidente de un país como el nuestro no es una telenovela, ni una parodia. Menos aún convertir instalaciones de nuestro Palacio Nacional, en un circo donde son expuestos los considerados “enemigos” del presidente ante la opinión pública.
Un buen presidente, gobierna, vela por los intereses de la Nación; respeta la Constitución, las Leyes. De ninguna manera pretende ajustar esas leyes a su conveniencia. No insulta a ningún ciudadano porque es el presidente de todos los mexicanos lo quiera o no.
El insulto, la confrontación, la polarización son distractores que pretenden desviar la mirada de la realidad existente. Violencia extrema, falta de medicamentos y atención en hospitales, empobrecimiento, incremento de la corrupción no combate a ella. Por si fuera poco, pretende con mentiras y chantajes atentar contra la democracia destruyendo al INE que ha dado buenos resultados, para que el gobierno o sea él, designe a su sucesor.
Farsante, eso es. Cuatro años tolerando sus desplantes. ¿Acaso no son más que suficientes? Que no olvide que México sigue siendo nuestro, de todos los mexicanos, de los que sí amamos este maravilloso país. México no es de un solo hombre, ni de un grupo político que pretende apoderarse de él.
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