La paridad en todos los cargos de elección popular —vigente desde 2021 tras la reforma constitucional de 2019— puso a los partidos contra las cuerdas, en especial a los tradicionales. Incluso todavía se resisten a adaptar sus documentos básicos a la nueva norma, denuncian consejeras del Instituto Nacional Electoral (INE) como Adriana Favela. La exclusión y la simulación se tradujeron es un alto déficit de cuadros femeninos y en un elevado desequilibrio en la composición de los poderes públicos. La distorsión apenas empieza a corregirse, no por concesión gubernamental, sino por presión de organizaciones y décadas de lucha. Entre la institución del voto femenino (1955) y la obligatoriedad de otorgarles la mitad de las candidaturas transcurrieron casi 70 años.
El rezago no solo es atribuible a los partidos y gobiernos machistas, sino también a las mujeres por prestarse al juego. Antes de la reforma de 2019, las fuerzas políticas burlaban la equidad de género en la Cámara de Diputados y en los congresos locales. Postulaban mujeres como candidatas propietarias y una vez elegidas las sustituían por sus suplentes varones. Uno de los casos más sonados en Coahuila fue el de Hilda Flores y Noé Garza. El movimiento lo orquestó Rubén Moreira, a la sazón líder del PRI, quien ejercía el poder mientras su hermano Humberto alucinaba con ser Presidente de la República. Diez mujeres (todas plurinominales) dieron ese paso en 2009: cuatro del PRI, tres del Verde, dos del PRD y una del PT. De ahí les vino el mote de “juanitas”.
Jenaro Villamil, autor del libro Peña Nieto: el gran montaje, actual presidente del Sistema Público de Radiodifusión, escribe sobre el tema: “Las juanitas se convirtieron en el mil usos que por unas cuantas monedas te guarda lugar en la cola. Al contrario de Juanito, quien prometió públicamente renunciar en favor de Clara Brugada en caso de salir victorioso, las pícaras de San Lázaro prometieron lo mismo, pero en lo oscurito. Engañaron al sistema electoral asumiendo a priori, y a espaldas de los votantes, el compromiso de renunciar en favor de suplentes que rondaban cínicamente fuera del Salón de Plenos esperando tomar posesión; eran amigos, esposos y familiares de las propias juanitas.
“Interrogado sobre el tema, el senador (Manlio Fabio) Beltrones, siempre eficaz en el manejo de la retórica florida que prevaleció en la época dorada del PRI, declaró no estar convencido de que las renuncias constituyan violaciones a la ley, pero después, con esa lógica maniquea de los políticos, reconoció que sí son actos que no dignifican al Congreso. ¡Vaya!, quizá Beltrones recordó al inefable Luis Echeverría y concluyó erróneamente que las renuncias de las juanitas no le hacían daño a nadie (ni los benefician ni los perjudican, sino todo lo contrario)”. Villamil propone al final de su texto, “revisar la reelección de los diputados para garantizar la rendición de cuentas, (…) y eliminar la viciada institución de los plurinominales. ¿Para qué sirven: para perpetrar fraudes como el que pretenden las juanitas de San Lázaro?” (La Jornada, 18.09.09).
Los diputados y senadores plurinominales no han desaparecido por oposición del PRI, PAN y PRD, pero las juanitas sí. En 2011, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación resolvió que las candidaturas debían integrarse por propietarios y suplentes del mismo género. La fórmula estableció que el 60% de las candidaturas debería ser para hombres y el 40% para mujeres. La paridad total llegaría ocho años después, en el primer año de Gobierno de la 4T.
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