“¿Por qué no usaste esos datos para que los doctores paolinos del planeta no arruinaran la reputación de tu producto?”.
Así les preguntó un procurador estatal a representantes de Purdue Pharma en una deposición a inicios del año 2000, según reseña el gran libro Empire of Pain (Amazon, inglés).
El texto narra la saga de los Sackler, la familia detrás de Purdue y OxyContin, uno de los opioides que iniciaron la epidemia de sobredosis que ha causado casi 800,000 muertes en Estados Unidos.
La pregunta del procurador daba en el clavo.
Y es que Purdue y los Sackler sabían desde 1997, apenas un año después del lanzamiento, que OxyContin tenía graves problemas.
Resulta que era muy fácil brincarse el mecanismo para la “liberación gradual” del opioide. Bastaba triturar una pastilla para que el paciente recibiera de inmediato la dosis total.
Un narcótico mucho más potente y adictivo que la morfina.
Los Sackler lo sabían, pero OxyContin les generaba demasiada plata. Imagínate, entre el 2008 y el 2017 los Sackler se repartieron ¡$11 mil 800 millones de dólares en dividendos!
¿Qué hicieron entonces? Promocionar el opioide hasta el cansancio (vendieron 100 mil millones de píldoras entre el 2006 y el 2014) y gastar una millonada en cabilderos y abogados para defenderse. Hasta que la sangre llegó al río.
Purdue solicitó el Chapter 11 en el 2019 y los Sackler buscan hoy llegar a acuerdos en las múltiples demandas que tienen. Por cierto, ofrecen $4 mil 500 millones de dólares. Peeero se quedarían con una fortuna familiar que ronda los 7 mil millones de dólares.
Tras leer Empire of Pain (recomendable) queda claro que la respuesta al procurador es: los Sackler no hicieron nada porque les valió madre. Eligieron billones de dólares sobre cientos de miles de muertes.
Ojalá lo pierdan todo.
Hablemos hoy de la responsabilidad del que sabe que algo está mal. En un negocio, en la vida… o en la política.
En términos generales, la tarea número 1 del que presencia el mal es hablar. Como bien dice Philip Zimbardo en El efecto Lucifer: “el heroísmo es tan fácil como no callar, como actuar cuando otros son pasivos”.
O tan difícil, diría yo.
Porque un ingrediente típico en la presencia del mal es un jefe poderoso. Un CEO (o Presidente) que premia al que calla y castiga al que habla. Un villano que privilegia lealtad sobre sapiencia. Que se casa con sus ideas aunque la realidad le indique que éstas no valen dos pesos.
¿Quién tiene más probabilidad de darse cuenta de que algo va mal?
1. El que tiene un asiento de primera fila. En el caso Purdue, los representantes de ventas o los doctores. Fueron los primeros que supieron de los problemas de OxyContin.
2. Un experto. Por ejemplo en la 4T, es imposible que Arturo Herrera no supiera que las políticas económicas de su jefe llevan a México al despeñadero. Y calló. Y claro, ¡lo premian! A ver si Ramírez de la O tiene un poquito más de dignidad.
En los que tienen un asiento de primera fila o los que saben recae la responsabilidad del heroísmo. No importa si no la buscaron.
Específicamente, ¿qué hacer?
Influir, renunciar y denunciar.
En ese orden.
Primero, buscar que se modifique la conducta. Claramente, a más poder, a más nivel, más posibilidad de cambiar lo malo. ¿No cambió nada? Dependiendo del tamaño del mal, quizá el camino es la renuncia, con el costo personal que esto conlleva. Y tercero, ya afuera, denunciar, actuar.
Dos ejemplos de esto último. Uno de alto nivel, el otro de simples empleados:
1. Carlos Urzúa, quien desde el mismo Gabinete de AMLO, dada su experiencia, se dio cuenta del rumbo del país. Renunció y denunció.
2. El fraude de Theranos (relee Mala sangre) salió al aire por simples empleados de laboratorio que tenían un asiento de primera fila y se dieron cuenta del engaño. Renunciaron y denunciaron.
Cierro con con otra frase de Empire of Pain: “hubo un momento en que los Sackler podrían haber respondido distinto a la crisis de OxyContin”.
Esa es quizá la lección final: una vez que se pasa esa tenue rayita entre conocimiento y complicidad, es muy difícil dar la vuelta.
Para un cómplice, es imposible hacer algo. Por eso no hay que convertirse en uno.
En pocas palabras…
“Cuando un hombre de negocios comete un error, él sufre las consecuencias. Si lo comete un burócrata, las sufres tú”. Ayn Rand, escritora rusa-estadunidense.
Más sobre esta sección Más en Coahuila