El mundo entero está inmerso en un momento de alta incertidumbre, de temor, por un conflicto que puede escalar a niveles de los que nadie es capaz, hoy, de establecer con solvencia algún límite.
Estados Unidos y sus aliados exploran más y más severas sanciones económicas contra Rusia, pero son extremadamente cautos con plantear alguna respuesta militar, ya que ello abriría la puerta a escenarios potencialmente catastróficos.
Y mientras, miles de personas sufren en carne propia verdaderas postales del horror y pagarán con sangre, con sus vidas, decisiones geopolíticas y de estrategia de dominio e influencia que las familias, los ciudadanos comunes, tanto rusos como ucranianos, habrán de pagar la factura en primera instancia.
Tal vez Putin no se conforme con controlar la región este de Ucrania y se apodere del país entero, como lo hizo en 2014 con la región de Crimea. Tal vez empezó ya una nueva guerra fría que marque al mundo los próximos lustros, en la que la polarización y la hostilidad entre dos grandes ejes defina, como lo fue en el pasado, lo que será el futuro cercano.
Nadie sabe hoy exactamente hasta dónde llegará esta guerra y por ello es que priva la incertidumbre y el temor en el mundo entero.
Desde el fin de la Segunda Guerra mundial han pasado casi ocho décadas, 77 años de notable desarrollo económico y social, de grandes avances en la ciencia y la tecnología, pero como humanidad, por lo visto, vamos para atrás.
Finalmente, una frase de Albert Camus: “Cuando estalla una guerra la gente dice que no puede durar, que es demasiado estúpido, y sin duda cualquier guerra es ciertamente estúpida, pero eso no impide que dure. La estupidez insiste siempre, y uno se daría cuenta de ello si no pensara siempre en uno mismo”.
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