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Grupo Zócalo
Publicado el lunes, 28 de junio del 2021 a las 03:54
Ciudad de México.- El lugar se llama Hukuméiji y, según las señas que ofrece la escritora Vanessa Londoño en su novela El Asedio Animal (Almadía), se encuentra cerca del río Don Diego y el Mar Caribe, a través de una extensión de naturaleza salvaje.
Y aunque podría resultar tentador ubicarlo en Colombia, de donde es la autora, bien mirado se hace evidente que Hukuméiji está en muchos sitios, a través de todo Latinoamérica, donde la violencia de nuestros países se ensaña con el cuerpo de sus habitantes.
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Es un territorio de ficción en realidad, como lo han sido muchos territorios de ficción que, finalmente, terminan reflejando una realidad de un lugar”, describe en entrevista.
En su primera novela, Londoño (Bogotá, 1985) ubica en esta geografía una serie de historias cuyo funesto denominador común es la mutilación de una parte del cuerpo que sufren sus protagonistas.
En el cercenamiento de las piernas de la indígena Fernanda Huanci, de la lengua de una partera que escapó de una violación, de las manos de una mujer falsamente acusada de un crimen y en la ceguera por metralla del padre de un soldado, Colombia y Latinoamérica revelan su rostro más atroz.
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Creo que (la escritura) fue un proceso de depuración y de entender lo que es este país. De pronto entendí que este país puede ser un país de mutilados, como somos muchos países.
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La mutilación obviamente depende del espacio geopolítico en el que estás y, sencillamente, me pareció que había que trazar una geografía del lugar donde los personajes y los habitantes sufren este tipo de pérdidas”, reflexiona Londoño.
El libro, que se concibió originalmente con el título Los Impares y resultó ganador del Premio Aura Estrada en el 2017, arranca, antes de que la ficción se haga presente, con una declaración de su autora.
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La literatura, pienso, está en el acto de restituirles vitalidad a los miembros cortados, y en contar las historias de los cuerpos que persisten en recordar las partes mutiladas y sus fantasmas”, se lee en el volumen.
Con estas historias, inspiradas en otras tomadas de recortes de prensa, oídas en viajes o que constan en la Comisión de la Verdad en Colombia, emprende un ejercicio memorioso.
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Yo creo que puede ser un acto de memoria, sobre todo. La novela tiene también una gran preocupación por el ejercicio de la memoria, entonces yo creo que sí también es un ejercicio de memoria histórica y memoria sobre nuestra identidad”, explica.
No obstante, en Hukuméiji, lugar que toma su nombre de la denominación que el pueblo kogui daba a su territorio, un diluvio incesante amenaza, todo el tiempo, con borrarlo todo.
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