Ese es el tema que ha dominado mis talleres, estudios, conferencias y afanes todo este último semestre. En todas las instituciones en donde hablo del tema hay una pregunta inamovible: ¿por qué la gente se ofende por todo? ¿Por qué ya no podemos decir nada sobre ningún tema? ¿Por qué “la generación de cristal”(sic)? ¿Cómo vamos a pronunciar la arroba o la equis cuando se refiera a masculino y femenino? Todo eso hay que preguntar.
Desde hace 18 años que me dedico a la educación sexual y a la sexología, he aplicado el lenguaje incluyente e inclusivo en mis columnas y textos, aunque no en todas las editoras y publicaciones, pero en la mayoría de los casos se muestran tolerantes y abiertos a este esquema. También cuando en una narración abordo los hechos con perspectiva de género, que es un ejercicio cotidiano y que nos sirve para visibilizar a hombres y mujeres y a todas las personas.
En los ejemplos del taller de perspectiva de género, con sucesos que experimentamos en la cotidianeidad, en lo primero que abordo la equidad es en el ejercicio de este tema: es cuando en el espacio seguro que estamos les pido a quienes participan que expresen su sentimientos por estar en la reunión. Los hombres por lo general nunca hablan, porque no les es dado el vaciar sus dentros. Todos y todas debemos de hacerlo.
Otra forma de acercarnos a la perspectiva de género es procurando referirnos a las personas con respeto en todos los sentidos, con sus cargos adecuados o títulos que nos pidan que utilicemos con equidad. Una vez, en una ponencia sobre salud sexual estaba el médico tal, el rector equis, el biólogo tal y la señora Elia Martínez Rodarte. Cuando empecé mi charla solo hice una discreta aclaración en la plática que tengo una maestría en sexualidad. Mi grado nunca ha sido señora, aunque me digan así desde que tengo 16 años.
También significa ser congruentes con la inclusión, con un lenguaje libre de sesgo, lo cual es muy importante, sobre todo cuando se trata de nombrarles o saludarles e incluso referirse a ellos. Algunos medios, por ejemplo, ya incorporan el término mujer trans en sus notas, pero cuando desarrollan la historia se les enclochan los pronombres.
Cuando se trata de una mujer trans se usan pronombres femeninos y cuando es un hombre trans se utilizan los pronombres masculinos, y si es una persona no binaria o de género fluido posiblemente será ellos, suyos o simplemente se pregunta cuál. La verdad es que la efectividad del lenguaje incluyente e inclusivo y con perspectiva de género dependerá también mucho de la disposición de las personas de todas las identidades genéricas para ir ajustando las comunicaciones: sean a nivel personal, institucional, mediático.
En este punto, la homomensura, no forma parte de cómo se quieren ver reflejadas las mujeres en el lenguaje, ya que bajo el paraguas de que, si nombrado en masculino, se entiende que abarca a todos y a todas, no lo es así.
Son muchas las situaciones a las que nos enfrentamos en lo cotidiano, en particular quienes tenemos una responsabilidad de comunicar, debemos el incluir a todos los públicos.
A veces ni siquiera se trata de lenguaje incluyente per se, sino de acciones. Una vez di un curso en una fábrica de dulces, para hacerle entender al dueño por qué había tantos homosexuales en su equipo de trabajo. Él los había contratado y luego no entendía cómo no se había dado cuenta “si eran tan masculinos”…Cuando se dio cuenta que todos los gays no se vestían de mujer, entendió algo…
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