Coahuila
Hace 4 años
Víctor Arámbula Castellanos, era un hombre jovial y animoso, que difícilmente veías enojado, más bien era bromista y buen amigo. El día de su deceso hacía una carne asada con sus amigos, que al principio no le creyeron que estaba sufriendo un infarto, porque como era actor, pues sabía simular muchas cosas y hacer gesticulaciones que hacían reír a quienes convivían con él. Alguien le pidió a Víctor que le prepara una cuba (bebida de ron o brandy, con refresco de cola), y cuando se disponía a ponerle hielo comenzó a retorcerse en una aparente actuación, simulando un dolor, casi todos rieron y cuando cayó de bruces, se alarmaron, pues el hombre convulsionaba, y los ojos en blanco eran síntoma de la falla del nervio que mueve la sangre en el cuerpo, el corazón.
Así recordamos a este hombre que nunca perdió su buen humor, ni siquiera cuando la muerte le llamó. Era característica su risa tan expresiva, ante quienes le saludaban o lo entrevistaban, como este servidor para recoger información de la Casa de la Cultura del Estado, que él dirigía.
Su forma de cara, su propia boca grande y expresiva, la sabiduría, el amor, el arte, la cultura y la educación, eran símbolos de distinción en el buenazo de Víctor Arámbula Castellanos. Sin olvidar la ternura y el cariño con el que se dirigía a los niños.
De su curriculum sería muy largo enumerar, simplemente diremos que como maestro de grupo, supo imprimir grandes valores a sus discípulos.
Como director del Centro de Capacitación e Investigaciones Históricas, antes la Casa de la Cultura, siempre se distinguió, fue excepcional, nunca lo encontramos de mal humor o enojado, este hombre no conoció la amargura y si tenía problemas, los disimulaba muy bien.
Y eso lo podemos constatar con su magnífico equipo de trabajo y en sus mismos alumnos. Todos los días el profesor Arámbula estaba sonriente, bromeando y trabajando. Fue un hombre muy activo y sobre todo amigable. Podemos considerar que la enfermedad del corazón que padeció, no lo venció, puesto que la noche en que le sorprendió la muerte, festejaba con un grupo de sus grandes amigos, una carne asada, tradicional fiesta norteña, donde se reúne la gente en torno al asador, para disfrutar de los cortes de carne de res asados al carbón o a la leña. Ahí, voluntarioso y afable como era, servía una bebida a uno de los asistentes, cuando en cuestión de segundos, murió con esa sonrisa que será imborrable para quienes lo tratamos.
Muchas vivencias y experiencias se comentaban de Víctor. Tuvo una vida muy fructífera y llena de amor, de alegría y satisfacciones. Para todo mundo tenía algo positivo que decir, algún chiste, broma o consejo. Era tan espléndido que no se detenía ante cualquier niño que llorando quería un dulce y ejemplos de ellos hay muchos, que cuentan sus más cercanas amistades.
Pero él tenía un verdadero corazón de niño, humano. Nunca fue altivo y nunca se creyó superior a nadie, siempre estuvo al nivel de los demás.
Nunca le tuvo miedo a la muerte. Estaba muy consciente del peligro que corría con su mal cardiaco. Vivió intensamente alegre, hasta el último segundo de su vida. Cuando tenía algunas recaídas, y se recuperaba, solía decir “ya pasé otra”. En broma decía que si hacía caso a los médicos, seguramente moriría antes de tiempo, que no terminaría su vida por el problema del corazón, sino por hambre y tristeza de solo ver lo que no podía obtener y que lo tenía a la mano. Decía que prefería morir contento, bien alimentado.
Tuvo muchos amigos y es que no podría ser de otra manera, con el gran carácter que se cargaba y hasta un apodo se puso: “La Combi”,-aquel transporte que tuvo Saltillo en la década de los 70 y 80 del siglo pasado- porque se paraba en cada esquina a platicar. La tarde del domingo en la misa de cuerpo presente, que tuvo lugar en el Templo de Nuestra Señora de la Luz, que era natural, estuvo muy concurrido, pues ahí nos dimos cita sus amigos y sus alumnos. Su inconsolable esposa la maestra Dora Carrera y sus hijos Víctor y Mercedes, con quienes pasó la vida plenamente feliz y a quienes dejó su ejemplo de gran amor al prójimo y el trabajo tesonero como una valiosa herencia. Siempre lo recordaremos con esa su amplia sonrisa, franca y sincera y esas manos que siempre tendía a la gente. En sus ojos había una expresión de bondad que siempre esparció a todo el que se acercaba a él, bajo cualquier pretexto o necesidad en la Casa de la Cultura o en el aula.
¿Qué pasaría si la antigua casa colonial hablara?.
Yo estoy seguro que se oiría la risa estentórea y espontánea de Víctor Arámbula Castellanos.
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