Coahuila
Hace 2 años
En algún lugar o en los archivos de la familia de Conchita Rodríguez Narro estarán las cartas dirigidas tanto al magnate banquero Manuel Espinosa Iglesias, como al alcalde de la ciudad Roberto Orozco Melo y al gobernador Braulio Fernández Aguirre, cuyo objetivo era evitar la demolición del antiguo edificio del Banco de Coahuila, construido en 1897 y destruido criminalmente en 1965, sin que nuestras autoridades hicieran algo por evitarlo, pese a las protestas de los saltillenses y de los dos únicos periódicos de la época, El Heraldo de Saltillo y el Sol del Norte.
El mal ya estaba hecho desde antes de su demolición, pues Espinosa Iglesias había comprado no sólo la concesión del Banco de Coahuila, sino el legendario edificio lleno de historia y de sentimientos encontrados. Además, tal vez también la conciencia de los funcionarios locales.
La señorita Rodríguez Narro encabezó a un grupo de hombres y mujeres que lucharon hasta el último instante para evitar el derrumbe del hermoso edificio, “el más alto de Saltillo”, en una comunidad de casas y comercios que generalmente era de uno o dos pisos. Las cartas de la señorita Rodríguez Narro estaban encaminadas a hacer entrar en la senda de la razón tanto al riquísimo banquero, como a las autoridades estatales y municipales. El esfuerzo fue nulo.
Antonio Rodríguez “La Bola”, aquel legendario voceador de periódicos y revistas que por años se instaló muy cerca del lugar, y “testigo de la masacre”, comentaba románticamente que a todas horas las golondrinas salían del banco hacia a la Alameda en un bello espectáculo, pues las aves formaban una “v” en su desplazamiento y que fueron las primeras en emigrar ante el ruido de los zapapicos que iniciaban la demolición del edificio, donde alguna vez el mártir de la democracia, Francisco I. Madero, alentó a los saltillenses a quitarse el yugo opresor del dictador Porfirio Díaz Mori.
Carta dirigida por Conchita Rodríguez Narro a Roberto Orozco Melo, alcalde de la ciudad:
“Estimado señor: Se ha concluido la demolición del edificio del Banco de Coahuila y es fácil constatar el desagrado de la inmensa mayoría de los saltillenses.
Sabemos de la carencia de lugares públicos en la ciudad y estoy suplicando a usted tenga a bien utilizar el espacio dejado por la demolición como una plaza o un jardín en homenaje al edificio del cual podía ufanarse Saltillo”. El edificio estuvo ubicado ahí donde el pueblo de la nueva Tlaxcala instaló el primer parián (mercado) de la ciudad en “la circunferencia” que forman las calles Allende, Juárez, Victoria y Morelos.
La carta fechada el 6 de junio de 1965, fue enviada “al archivo muerto” del ayuntamiento, pues la decisión ya estaba dada sobre nuestras autoridades por el señor Espinosa Iglesias, ahí se construiría un nuevo edificio bancario, tal como usted lo conoce ahora. “Una caja de zapatos” diría otro icono de nuestro tiempo, el economista non Adrián Rodríguez, demencial individuo que puso de cabeza hasta el Gobierno norteamericano, pero esa es otra historia que algún día contaré.
La carta tiene un remate: “Se nos escapa la serie de dificultades que habría que vencer, los fuertes intereses que habría que subordinar al bien de la ciudad. Sin embargo, creemos que sirva de amarga lección para que en el futuro los esfuerzos de sus autoridades y su gente, con su carácter, sus tradiciones y su estilo de vida, Saltillo no sea ahogado en un modernismo mal entendido”.
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