Los queridos “fifis”, los adorados “pirrurris”, son figuras fundamentales para el desarrollo de México. Comparemos un país con “fifís” y uno sin su poderosa presencia. En Cuba y en Venezuela, por ejemplo, desaparecieron por completo y con su catastrófico éxodo, se desplomó la economía, se cancelaron los empleos productivos, se destruyó el bienestar; se acabó la alegría, se extinguió el estado de derecho, se erosionó la democracia, se fugaron los capitales, se expandió la pobreza, se esfumó el ahorro público, se hicieron nulatorias las garantías individuales; regresó el país de un solo hombre que gobierna de acuerdo a sus estados de ánimo, se persiguió a quien pensara peligroso, se prohibió la libertad de expresión, se espantaron los inversionistas, se anularon las obras de infraestructura, huyeron los cerebros, se desangró intelectualmente la nación; las fuerzas armadas se apropiaron de la prosperidad social, el abasto de medicamentos fue imposible, la salud se arruinó, la inteligencia se evaporó, la cultura se sofocó, la educación se torció; la investigación científica se apagó, los índices de alimentación se vinieron abajo, la desnutrición se apoderó del pueblo y los que protestaban, los salvadores, abandonaron sus empresas para construir su patrimonio en otras latitudes, en tanto los resignados permanecieron inmóviles y se conformaron con un plato de moros y cristianos, cuando habían moros y cristianos.
Existen “fifís” políticos como Benito Juárez, quien al llegar a Oaxaca de San Pablo Guelatao, se expresaba en zapoteca y llegó a ser uno de los grandes presidentes de México. Hay otro “fifí” político, López Obrador –con sus debidas distancias guardadas– que nació en Tepetitán, Tabasco, en un ambiente de gran pobreza, y en razón de sus sueños aspiracionales, llegó a ser Presidente de México, y hoy en día vive en el palacio más lujoso del país. ¿Qué sería de una persona sin objetivos de superación?
Queremos en México millones de “fifís” que creen millones de empleos y que su riqueza no la utilicen para beneficiar a otros países cuando la hicieron en México con su esfuerzo, audacia y conocimiento. En mi paso por la UNAM, conviví con innumerables “fifís” que llegaban en camión a estudiar la carrera que habían iniciado en escuelas públicas y al terminar su instrucción universitaria, continuaron con una maestría y hasta un doctorado en instituciones extranjeras y hoy se los arrebatan en diversas partes del mundo por la trascendencia de sus especialidades.
Los “fifís” empresarios mantienen al país. Ellos crean empleos productivos, estimulan la derrama económica, expanden el número de consumidores, financian con sus impuestos el gasto público, captan las divisas para hacer posible la importación de productos e insumos, generan ahorro, distribuyen el bienestar, convierten páramos en campos de golf, parajes abandonados en centros industriales, inventan fuentes de energía baratas y limpias, construyen universidades, invierten en la capacitación laboral, padecen las huelgas, las contracciones comerciales o la insuficiencia financiera en múltiples ocasiones con cargo a su propia salud. ¿Que hay empresarios despreciables? Por supuesto que los hay, pero de la generalización solo se ocupan quienes son movidos por la envidia y el resentimiento.
Queridos “fifis”, amados “pirrurris”: quédense en México junto con sus capitales y su talento. Ustedes son los verdaderos artífices del bienestar pero eso sí, deben atreverse a protestar. ¿Cuándo comenzarán a defender sus patrimonio y el de los suyos y con ellos la prosperidad de México? La mayoría indiscutible de los ciudadanos, convertidos en jueces implacables, le impidieron a la 4T contar con la mayoría calificada en la Cámara de Diputados y con ello, asestar un sonoro golpe con el mallete y condenaron a AMLO a la pérdida de la hoz y del martillo, herramientas fatídicas con las que estaba empeñado en destruir a México.
Todos deberíamos ser “fifís”. ¡Vivan los “fifís” que defienden su derecho y su ambición de ser alguien en la vida y que colaboran, como pocos, en el engrandecimiento de México! Un “fifí” en cada hijo te dio. Tan, tan.
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