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Coahuila

¿Quién está educando a nuestros hijos: Nosotros o el celular?

Por Edgar Hernández Hernández

Hace 2 meses

Es difícil imaginar nuestra vida sin un teléfono celular. Hoy lo utilizamos para trabajar, comunicarnos, aprender, informarnos e incluso para entretenernos. Negar sus beneficios sería un error. Sin embargo, también sería un error ignorar los efectos que el uso excesivo de estos dispositivos está teniendo en nuestros adolescentes y, particularmente, en su rendimiento académico.

El problema no es el celular.

El problema es cuando el celular comienza a controlar el tiempo, la atención y, en algunos casos, hasta las emociones de quien lo utiliza.

Como director de una institución educativa y después de más de 26 años conviviendo con jóvenes, he sido testigo de un cambio muy evidente. Hace algunos años, las principales distracciones dentro del salón de clases eran las conversaciones entre compañeros o una mirada por la ventana. Hoy, basta con que un teléfono vibre para que la atención de un estudiante desaparezca por completo.

La concentración se ha convertido en uno de los mayores retos de la educación actual.

Vivimos en una época donde las redes sociales ofrecen estímulos permanentes. Videos de pocos segundos, notificaciones constantes y una enorme cantidad de contenido hacen que el cerebro se acostumbre a recibir gratificación inmediata. Como consecuencia, actividades que requieren paciencia, reflexión y concentración, como leer un libro, resolver un problema matemático o elaborar un ensayo, pueden parecer aburridas para muchos adolescentes.

No porque hayan perdido la capacidad de aprender.

Sino porque han perdido el hábito de sostener la atención durante largos periodos.

Esto tiene consecuencias que poco a poco comienzan a reflejarse en el desempeño escolar.

Es cada vez más frecuente encontrar estudiantes que interrumpen constantemente sus tareas para revisar mensajes, responder una notificación o simplemente recorrer, durante varios minutos, el contenido de alguna red social. Lo preocupante es que muchas veces ni siquiera son conscientes de cuánto tiempo han perdido.

A esto se suma otro problema: La disminución en las horas de sueño.

Muchos adolescentes permanecen conectados hasta altas horas de la noche. Llegan cansados a la escuela, con dificultad para concentrarse, menor capacidad de memoria y poca disposición para participar en clase.

Dormir menos también afecta el aprendizaje.

Pero quizá el mayor riesgo no sea académico.

El celular también ha comenzado a sustituir espacios de convivencia que antes fortalecían la comunicación familiar. Hoy es común observar a familias reunidas físicamente, pero emocionalmente distantes, donde cada integrante permanece pendiente de su propia pantalla.

Los adolescentes necesitan conexión.

Pero primero necesitan conexión con las personas que los aman.

No se trata de satanizar la tecnología.

El teléfono celular puede ser una extraordinaria herramienta educativa cuando se utiliza con equilibrio. Permite investigar, aprender idiomas, consultar bibliotecas digitales, asistir a cursos y desarrollar nuevas habilidades. La diferencia está en quién controla a quién.

El dispositivo debe ser una herramienta.

Nunca el dueño de nuestro tiempo.

Las escuelas tenemos la responsabilidad de enseñar un uso responsable de la tecnología, pero las familias desempeñan un papel igualmente importante. Establecer horarios sin pantallas, promover actividades deportivas, culturales o recreativas y, sobre todo, recuperar el hábito de conversar en casa son acciones sencillas que pueden marcar una enorme diferencia.

Como educadores, también debemos comprender que competir contra un teléfono celular no es el camino.

Nuestro reto consiste en hacer del aprendizaje una experiencia significativa, participativa y cercana a la realidad de los estudiantes. Cuando un joven descubre que aprender le ayuda a comprender el mundo y a construir su propio proyecto de vida, el interés nace de forma natural.

Después de tantos años frente a las aulas, sigo creyendo que la tecnología llegó para quedarse y que debemos aprender a convivir con ella.

Pero también estoy convencido de que ninguna pantalla podrá sustituir la mirada de un maestro que inspira, el abrazo de una familia que acompaña o la satisfacción de descubrir algo nuevo gracias al esfuerzo propio.

Porque el conocimiento no depende del tamaño de una pantalla.

Depende de la capacidad que tengamos para enseñar a nuestros jóvenes a utilizar la tecnología sin permitir que ella termine utilizándolos.

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