La vejez se desliza como un invierno tardío, enfriando el hogar con el silencio de la rutina que aísla. Y en ese vacío la pregunta surge con el estruendo de un cristal que se rompe: ¿quién te cuidará en la vejez?
No es sólo la mano que acaricia la frente, sino el tiempo que se diluye en visitas médicas, la paciencia que no se aprende en libros, las listas interminables de medicamentos. La verdad incómoda es que la vejez no se cuida sólo con cariño, se cuida con una red de sostén que incluye políticas públicas, comunidades solidarias y servicios comunitarios.
Pensamos que los hijos serán quienes nos cuiden, pero la vida actual no lo permite. Los hijos crecen, se van, tienen sus propias vidas, y no por egoísmo; la vida actual así está diseñada. Cambian de ciudad, tienen su propia familia o su situación económica no es la mejor.
La pareja, en los días que vivimos, no es garantía. No sabemos quién sobrevivirá al otro y cuánto tiempo, no sabemos si la pareja realmente permanecerá unida después de la crianza y si es así, el cuerpo de uno ya no podrá sostener el cuerpo del otro porque los dos requerirán apoyo.
Entonces la pregunta no es ¿quién te cuidará?, sino ¿cómo nos cuidamos entre todos? Una familia puede sostener a un anciano con dignidad pero ese amor no debe convertirse en un contrato de devolución obligatorio, debe ser una generosidad mutua, sin contabilidad y reciprocidad genuina.
¿Qué pasa si la responsabilidad no recae únicamente en el hogar, sino que se reparte entre la familia, el Estado, la comunidad? ¿Qué pasa si cuidar se convierte en una práctica colectiva, no en un acto de caridad aislado? Tal vez entonces, cuando la vejez toque la puerta con su silencio, tengamos la certeza de que no hay un único guardián, sino muchos.
La vejez no es un destino solitario, sino una etapa que nos invita a repensar nuestras prioridades. La vida, cuando se vuelve larga, exige una ética de convivencia: respetar la autonomía de cada persona mayor, valorar el cuidado como un oficio respetado, garantizar que nadie tenga que elegir entre la seguridad de la propia casa y la posibilidad de vivir plenamente.
La respuesta a la pregunta inicial no es un nombre, sino un compromiso: que la modernidad no termine convirtiendo a la vejez en una carga de la que nadie quiere hablar. Que el cuidado no sea la herencia invisible de quienes pueden permitírselo, y que cada generación aporte su parte para que la promesa de la vida no se desmorone al final.
Al mirar hacia el futuro, la pregunta se disfraza de propósito: ¿quién te cuidará? Y la respuesta, si miramos de verdad, podría ser un entramado de manos entrelazadas, una red que se teje con tiempo, dinero, empatía y, sobre todo, con la certeza de que nadie está sólo cuando el día se apaga.
Hoy no pretendo ofrecer una receta mágica o una respuesta única, tan sólo una mirada: a la complejidad de la vida en su tramo final, a la belleza amarga de ver crecer a quien te dio el mundo y, a la vez, comprender que el mundo cambia y que la gente que amamos necesita de la comunidad para seguir amando.
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