Coahuila
Hace 3 horas
El pasado 2 de febrero, se conmemoraron, nadie en México se atrevería a llamar el hecho una celebración, 178 años de la firma de los Tratados de Guadalupe Hidalgo. Con ello, se puso fin a la “visita” que el ejército estadounidense nos hizo y que a cambio de 15 millones de dólares les redituó “adquirir” dos mil kilómetros cuadrados de territorio mexicano ubicado en el oeste del país. La opinión en México al respecto es unánime, todos la conocemos. Sin embargo, hay tres aspectos a los que poca atención se presta y que están enunciados en el encabezado de esta colaboración, partamos a revisarlos.
Daremos inicio con la opinión que emitió quien, como miembro del Partido Whig, lograra ser electo para representar, entre 1847 y 1849, al Séptimo Distrito de Illinois en la Congreso de los EUA. Su nombre era Abraham Lincoln, el mismo que, de 1861 a 1865, se desempeñara como el décimo sexto presidente de esa nación. Pero vayamos al 22 de diciembre de 1847. Entonces, Lincoln demandó saber cuál era el sitio exacto en el que derramó la sangre estadounidense que motivó al undécimo presidente estadounidense, James Polk (1845-1849), para enviar tropas a México. Los tres puntos iniciales del alegato presentado por Lincoln establecían determinar: “1. Si el lugar donde se derramó la sangre de nuestros ciudadanos, como declaran sus mensajes, se encontraba o no dentro del territorio de España, al menos después del tratado de 1819, hasta la Revolución Mexicana”; 2. Si dicho lugar se encuentra o no dentro del territorio arrebatado a España por el Gobierno revolucionario de México; y, 3. Si dicho lugar se encuentra o no dentro de un asentamiento humano que existió desde mucho antes de la Revolución de Texas, y hasta que sus habitantes huyeron ante la llegada del ejército de los Estados Unidos”. No hubo respuesta a esto. Sin embargo, entre sus representados no faltó quien lo calificara de traidor, llegándolo a comparar con Benedict Arnold (el renegado durante la Guerra de Independencia Estadunidense). Asimismo, su postura no fue del agrado de la dirigencia del Partido Whig que se negó a postularlo para un segundo periodo en el Congreso con lo cual, desde nuestra perspectiva, le hicieron un gran favor.
Si bien la postura de Lincoln fue antes de llegar a la presidencia, hubo quien lo imitó, pero después de haber sido presidente. Se trató del sexto mandatario estadunidense, John Quincy Adams (1825-1829) quien, en 1846, se desempeñaba como Representante por el Octavo Distrito de Massachusetts. Con respecto a guerra con México, Adams votó en contra calificándola de injusta, considerando los argumentos que la sustentaban como fraudulentos y falsos. Antes, se había opuesto a la anexión de Texas, efectuada en 1846, ya que, desde su punto de vista, inclinaría el poder hacia los estados esclavistas.
Hubo un tercer ocupante de la Casa Blanca quien, también, emitió su parecer respecto a la invasión a México. Se trató de el décimo octavo presidente de los EUA, el general Ulysses S. Grant (1869-1877). Antes de desempeñar ese cargo, el nativo de Ohio tomó parte en la guerra en contra de México en donde sus acciones militares fueron tan relevantes que le permitieron ganar, durante el transcurso de esta, ascensos a primer teniente y capitán. Para 1885, cuando escribió sus “Personal Memories”, el arrepentimiento ya lo había invadido y consideró que aquella fue una guerra perversa e injustificada, provocada deliberadamente para forzar la lucha y de esa manera hacerse de California y los otros territorios.
Hay un cuarto personaje de la política estadounidense, prácticamente desconocido en México, cuyo nombre era Henry Clay, quien emitió una opinión sobre aquella guerra. Antes de ir a ello, vale precisar que Clay fue un político muy importante durante la primera mitad del Siglo XIX cuando fue secretario de estado, líder de la Cámara de Representantes y Senador por Kentucky. En 1842, Clay renunció al Senado y, en 1844, ganó la nominación presidencial por el Partido Whig, pero el demócrata James K. Polk derrotó por un margen estrecho. En 1848, volvió a luchar por la candidatura presidencial por el mismo Partido, siendo vencido por uno de los héroes de la Guerra de 1847, el general Zachary Taylor, quien se convertiría en el duodécimo presidente de los EUA (1849-1850).
Con ese bagaje, la voz de Clay estaba más que autorizada para emitir opiniones sobre el actuar del presidente de su país. En ese contexto, pronunció, el 13 de noviembre de 1847, el llamado Discurso de Lexington. En esta pieza, aparte de criticar la guerra con México, instó al Congreso para que las declaraciones de guerra le fueran consultadas. Criticó a Polk por tratar de hacer pasar como un acto de defensa lo que en realidad era un acto de agresión por parte de los EUA hacia México que es quien “defiende sus hogares, sus castillos y sus altares, no nosotros”. Asimismo, recalcó que esa incursión bélica lo único que ocasionaría sería intensificar el debate sobre la expansión de la esclavitud. Clay tenía otro motivo para aborrecer la guerra con México. En la Batalla de Buenavista efectuada, entre el 22 y 23 de febrero de 1847, en el villorrio del mismo nombre ubicado a 12 kilómetros al sur de Saltillo, perdió la vida el teniente coronel Henry Clay Jr. quien contaba con 36 años.
Otra opinión con respecto al conflicto bélico fue la de Henry David Thoreau un filósofo, ensayista y poeta, quien, en 1849, escribiría el ensayo titulado “On Civil Disobedience” en el cual calificaba a la incursión estadounidense como un acto imperialista cuyo objetivo único era incrementar el territorio esclavista.
Así como que muy dolidos no deben de haber estado ni Lincoln, ni Grant. Durante el tiempo en que ocuparon la presidencia de los EUA ninguno de los dos hizo nada por restituir los territorios a México, lo cual demuestra que sus declaraciones fueron puro artilugio demagógico. ¿O no? Esas eran las opiniones de algunos estadounidenses, vayamos a ver la reacción de los habitantes de los territorios adquiridos por la fuerza y mediante un pago que, dada la extensión, lucía, luce y lucirá como simbólico.
Por más que hemos revisado, es fecha que no encontramos que los habitantes de Texas, New Mexico, Arizona, Nevada, Colorado, Utah y California hayan dado muestras de oponerse al hecho que, a partir de 1848, los llevaba a formar parte de los EUA. Detrás de esa actitud no había nada que los condenara como apátridas. Olvidamos que durante todo el tiempo en que vivían en tierras pertenecientes a México, el gobierno central los tuvo olvidados y ellos se identificaban con su entorno y no como integrantes del país que legalmente les albergaba. Veamos el caso de Texas cuyos habitantes, desde los 1820s, clamaban ser una entidad aparte y a regañadientes aceptaron la unión con Coahuila. Aunado a ello, el gobierno mexicano permitió el asentamiento de anglosajones quienes para mediados de los 1840s alcanzaban un total de 30 mil, mientras que los descendientes de hispanos rondaban los cuatro mil, a la vez que alrededor de 20 mil eran indígenas, tejanos y afroamericanos, contabilizándose alrededor de cuatro mil esclavos. Nada los identificaba con México.
En New Mexico habitaban alrededor de 57 mil personas de origen mexicano e indígena quienes para nada se sentían comprometidos con México. En Arizona, la población se componía eminentemente de indígenas quienes pertenecían a la tribu correspondiente y nada de que eran mexicanos de cepa pura. Una situación similar se daba en Nevada y Colorado. En Utah, la mayor parte de los 20 mil pobladores eran indígenas de etnias diversas y apenas acababa de llegar Brigham Young y poco más de 1600 mormones. En California de un total de 157 mil pobladores, 150 mil eran nativos y 6500 californianos de ascendencia hispana.
Ante lo descrito, nada debe de extrañarnos que cuando llegaron los estadounidenses, los californianos, unos por conveniencia y otros a la fuerza, no tuvieron más opción que incorporarse como miembros de ese país. El gobierno de México podía clamar haber sido despojado de territorio, pero en esas áreas nadie lo escucharía, los habitantes de aquellos lares vivían en función de su entorno y no de quien clamara ser su presidente a miles de kilómetros de distancia. Vayamos ahora a revisar la reacción de los integrantes del tercer grupo mencionado en el titular de esta colaboración.
Al momento en que James Polk decide enviarnos a sus muchachitos, se preguntaba cuál sería la reacción de los miembros de la Iglesia Católica en México. Le preocupaba que los sacerdotes católicos fueran a creer que al darse la invasión los estadounidenses irían en contra de ellos y las propiedades de esa Iglesia. Ah que don Santiago tan mal pensado, acaso no sabía que los integrantes de esa trasnacional solamente se preocupan por asuntos espirituales.
En ese contexto, solicitó al secretario de estado, James Buchanan, que agendara una reunión con el obispo de New York, John Hughes, misma que se efectuó el 19 de mayo de 1846. En el trascurso de ella, Polk comentó a Hughes lo mencionado en el párrafo anterior, además de expresarle que esas versiones eran producto de los intereses partidistas de algunos quienes buscaban que la curia encabezara la resistencia al ejército estadounidense. Hughes compartió la perspectiva de Polk. Si bien eso era un tópico importante, lo que el presidente estadounidense quería plantearle al obispo neoyorkino era “sí sería factible que algunos sacerdotes estadounidenses, que hablaran español, podrían acompañar a nuestro ejército [el estadounidense] como capellanes y otros para que, por adelantado, fueran a México y llevaran un mensaje de certeza a los miembros de la curia católica a quienes les aseguraran que, bajo la Constitución de los EUA, su religión e Iglesia estarían seguras y sus vidas protegidas por nuestro ejército [el estadounidense], de concretarse esto se evitaría su hostilidad durante la guerra”. El obispo Hughes respondió positivamente a la idea de Polk, y agregó que él conocía personalmente al arzobispo de México y estaba dispuesto a visitar México sí el gobierno de los Estados Unidos lo consideraba útil. E neoyorkino desconocía que el arzobispo de México, Manuel Posada y Garduño, falleció el 30 de abril de 1846.
El 20 de mayo, Polk charló con el senador por Missouri, coronel Thomas Hart Benton, a quien le expresó cuán conveniente sería que sacerdotes católicos acompañaran al ejército. Mas tarde, volvió a reunirse con Benton quien llegó junto con el obispo de Missouri, Peter Richard Kenrick. El senador comentó que “acababan de estar con el secretario de guerra [William Learned Marcy] con quien acordaron que el obispo designaría varios sacerdotes para que acompañaran al ejército. Si es factible lograr que los sacerdotes católicos en México se convenzan de que sus iglesias y la religión no están en peligro, la conquista de las provincias del norte de México será fácil y aumenta las probabilidades de que la guerra sea de corta duración; pero si la opinión contraria prevalece, la resistencia será furiosa”.
Promesas aparte, para entonces, Polk ya estaba convencido de que los asuntos espirituales requerían de algún apoyo tangible. En ese contexto, decidió enviar a México como agente confidencial de los EUA a Moses Yale Beach, un estadounidense, inventor, publicista y editor del periódico The Sun de New York, quien, en 1841, creó la prensa sindicada y, en 1846, constituyó la agencia de noticias, Associated Press, quien se encargaría de negociar directamente con los miembros de la Iglesia Católica.
En su reporte a Buchanan, Beach mencionaba que su misión era preparar el camino para lograr la firma de un tratado de paz. Asimismo, indicaba que su encomienda se vio facilitada al poder ganarse la confianza de la curia mexicana, lo cual logró gracias a los consejos y las cartas de presentación que los jerarcas católicos de los EUA y Cuba dirigieron a sus similares en México, en las cuales lo recomendaban ampliamente. Beach señala que, al arribar, la alta jerarquía católica, junto con los miembros de las órdenes religiosas diversas, estaba convencida de que era necesario continuar con las hostilidades con “la finalidad de acabar con el despotismo militar que aplastaba tanto a la Iglesia como a la población en general”.
Asimismo, Beach informó que, al llegar, halló que “los obispos más importantes estaban aliados con el general [López De] Santa Anna. [Ante ello], no vacilé prometerles que nuestro Gobierno protegería a la Iglesia y su libertad; … Encontré poca dificultad para persuadir a los obispos a Puebla [Francisco Pablo Vázquez y Sánchez Vizcaíno], Guadalupe [Guadalajara, Diego De Aranda y Carpinteriro] y Michoacán [Juan Cayetano José María Gómez De Portugal y Solís], a través de[l] representante el Superior de la Orden de San Vicente De Paúl, para que evitaran proporcionar, directa o indirectamente, cualquier ayuda que permitiera continuar con la guerra. También prometieron persuadir a sus amigos en el Congreso para abogar por la paz en el momento adecuado. Cuando el Gobierno decidió recaudar dinero a costa de las propiedades de la Iglesia, los insté a una resistencia organizada… Al momento en que el general [Winfield] Scott desembarcó en Veracruz, provocaron una distracción muy importante en su favor, crearon una guerra civil en la capital, en Puebla, y en cierta forma en Michoacán. En el décimo día de esta insurrección, el clero me informó que se requerirían cuarenta mil dólares para mantener el conflicto por otra semana. Consideré que se pagaría ya que la importancia de la crisis justificaba el desembolso…”
Antes de recibir esos recursos, la curia ya había persuadido a sus aliados en el Congreso para que actuaran en contra de cualquier disposición emitida por el gobierno, lo cual hicieron en reuniones secretas efectuadas durante febrero y marzo. Con esto, demostraron que sabían cumplir los compromisos adquiridos. Basado en ello, Beach les proporcionó los recursos solicitados con los que la clerecía pudo mantener vivo el conflicto, conocido en México como la “Reyerta de los Polkos”, hasta que la aparición repentina de López De Santa Anna y sus tropas pusieron fin a la rebelión.
El 10 de marzo, sin embargo, Beach pudo enviar un mensajero a Scott informándole que se contaba el apoyo de los miembros de la Iglesia Católica, además de proporciónale la información necesaria para que llegara a la capital de la República Mexicana. La Ciudad de México sería ocupada por el ejército estadounidense en septiembre de 1847 y el conflicto concluiría con la firma, el 2 de febrero de 1848, del Tratado de Guadalupe Hidalgo en el que hay un apartado que poco se menciona.
Respecto a las promesas que Beach hizo a la curia católica a cambio de su apoyo, los redactores del documento no se olvidaron de ellas. En el Artículo IX, se lee: “Disfrutarán igualmente la más amplia garantía, todos los eclesiásticos, corporaciones y comunidades religiosas, tanto en el desempeño de las funciones de su ministerio, como en el goce de su propiedad de todo género, bien pertenezca ésta a las personas en particular, bien a las corporaciones. La dicha garantía se extenderá a todos los templos, casas y edificios dedicados al culto católico-romano, así como a los bienes destinados a su mantenimiento y al de las escuelas, hospitales y demás fundaciones de caridad y beneficencia. Ninguna propiedad de esta clase se considerará que ha pasado a ser propiedad del Gobierno americano, o que puede éste disponer de ella, o destinarla a otros usos. Finalmente, las relaciones y comunicaciones de los católicos existentes en los predichos territorios, con sus respectivas autoridades eclesiásticas, serán francas, libres y sin embarazo alguno, aun cuando las dichas autoridades tengan su residencia dentro de los límites que quedan señalados por el presente Tratado a la República Mexicana, mientras no se haga una nueva demarcación de distritos eclesiásticos, con arreglo a las leyes de la Iglesia Católica Romana”.
Como es factible observar en el contenido de esta colaboración, México perdió la mitad de su territorio no solamente por la ambición de expansión territorial de los EUA y su mayor poderío bélico. En ello, también, jugó un papel preponderante la atención escaza que el gobierno mexicano dio a los territorios del oeste cuyos pobladores, al fin de cuentas, poco tenían que ver con México. Durante la primera mitad del Siglo XIX, en el centro del país todos andaban muy ocupados en ver a quien apoyarían para encabezar la siguiente asonada o bien si recurrirían al de siempre, el López del Siglo XIX. Y para colocar la cereza en el pastel, cuando las tropas estadounidenses ya estaban aquí, la curia católica procedió, como siempre, a efectuar su acto en contra de la patria.
Nada de que somos herejes, la curia católica se amancebó durante tres siglos con la corona española para, a cambio de riquezas, mantener a la población en la ignorancia y la pobreza; estuvieron detrás de Agustín; se opusieron a las reformas de Gómez Farías; fueron socios-enemigos-socios de López De Santa Anna; impulsaron a los conservadores durante la Guerra de Reforma; trajeron a Maximiliano; se resistieron a la separación del Estado y las Iglesias; callaron durante el gobierno del presidente Díaz Mori a cambio de recuperar riquezas; fueron socios de Huerta en el asesinato del presidente Madero; desde el CEO de la trasnacional hasta el último cura de pueblo, se opusieron a la Constitución de 1917; y, durante años, armaron la tramoya para generar la reyerta inútil. Nosotros no andamos promoviendo interpretación alguna de la fe o como cada uno, desde su personal, respetada y respetable perspectiva, lleve su relación con El Gran Arquitecto. Lo nuestro es la historia y su relato lo soportamos en datos duros. Nadie puede negar que, en la perdida de la mitad del territorio de México, jugó un papel muy importante la traición cometida por los miembros de la Iglesia Católica. [email protected]
Añadido (26.06.18) Quisiéramos creerlo, pero nos resistimos. Han sido muchísimas las veces que hemos escuchado como se habrán de invertir chorrocientos mil millones de pesos y, ahora sí, a vivir en jauja. ¿En verdad, bajo las circunstancias actuales habrá quien arriesgue su dinero para realizar inversiones en México?
Añadido (26.06.19) Será que el escepticismo nos invade, que ya no hay figuras o que el aroma a azufre es cada vez más evidente, pero, hasta dónde la memoria nos alcanza, jamás habíamos visto una semana previa al Super Bowl tan desangelada.
Añadido (26.05.20) A lo largo de nuestra vida profesional conocimos, trabajamos y colaboramos con egresados del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM). No con todos compartimos puntos de vista coincidentes. Sin embargo, nunca nos tropezamos con nadie que asumiera una actitud abyecta como la mostrada por la actual directora general de Comunicación Social de la SCJN, la ciudadana Amanda Pérez Bolaños, quien es egresada de la Escuela de Relaciones Internacionales de dicha institución educativa.
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