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Coahuila

Redes sociales y adolescencia: entre la conexión y la desconexión emocional

Por Edgar Hernández Hernández

Hace 1 mes

Nunca antes una generación había estado tan conectada con el mundo y, al mismo tiempo, tan expuesta a sentirse sola.

Las redes sociales han transformado la manera en que nos comunicamos, aprendemos y compartimos experiencias. Han abierto oportunidades extraordinarias para acceder al conocimiento, desarrollar proyectos, fortalecer amistades e incluso descubrir talentos. Negarlo sería desconocer una realidad que forma parte de la vida cotidiana de millones de adolescentes.

Sin embargo, también es necesario hablar de aquello que muchas veces no aparece en la pantalla.

Lo que sucede detrás de ella.

Después de más de 26 años trabajando con jóvenes, he observado cómo las redes sociales han cambiado no solo la forma de relacionarse, sino también la manera en que muchos adolescentes construyen su autoestima.

Hoy, para algunos, el número de seguidores parece convertirse en una medida de aceptación. Los “me gusta” pueden influir en su estado de ánimo y una fotografía que no recibe la respuesta esperada puede generar frustración, inseguridad o sentimientos de rechazo.

Nunca habíamos comparado tanto nuestra vida con la de los demás.

Y esa comparación casi siempre es injusta.

Las redes muestran momentos felices, logros, viajes, celebraciones y éxitos. Muy pocas personas publican sus fracasos, sus dudas o los momentos difíciles que también forman parte de la vida. El problema aparece cuando los adolescentes creen que esa realidad editada representa la vida cotidiana de todos, menos la suya.

Entonces comienzan las preguntas.

¿Por qué ellos parecen más felices?

¿Por qué todos tienen una vida perfecta?

¿Por qué yo no?

Es ahí donde la conexión digital puede convertirse en una desconexión emocional.

Cada vez es más frecuente encontrar jóvenes que pasan horas interactuando con cientos de personas en internet, pero tienen dificultades para sostener una conversación cara a cara, expresar lo que sienten o pedir ayuda cuando atraviesan un problema.

Paradójicamente, nunca había sido tan fácil comunicarse y, al mismo tiempo, tan difícil sentirse verdaderamente escuchado.

Como director de una Escuela de Bachilleres, he aprendido que uno de los mayores retos de la educación actual consiste en enseñar a los estudiantes a utilizar la tecnología sin permitir que ella determine su bienestar emocional.

Las redes sociales no son enemigas.

El problema surge cuando ocupan el lugar que corresponde a la convivencia familiar, a las amistades reales, al deporte, a la lectura o simplemente al silencio que también necesitamos para conocernos a nosotros mismos.

Los adolescentes requieren espacios donde puedan equivocarse sin sentirse exhibidos, conversar sin miedo a ser juzgados y construir relaciones basadas en la confianza, no en la cantidad de seguidores.

Y esa responsabilidad también corresponde a los adultos.

Los padres de familia no sólo deben supervisar cuánto tiempo pasan sus hijos frente a una pantalla. Deben interesarse por lo que consumen, por las personas con quienes interactúan y por las emociones que esas experiencias generan.

Prohibir rara vez educa.

Dialogar sí.

Las escuelas también tenemos una tarea importante. Debemos enseñar ciudadanía digital, pensamiento crítico y el uso responsable de la tecnología. Nuestros estudiantes necesitan aprender que no todo lo que aparece en internet es cierto, que el respeto también se practica en el mundo digital y que una publicación nunca debe valer más que la tranquilidad emocional de una persona.

Después de tantos años conviviendo con adolescentes, sigo convencido de que la tecnología seguirá evolucionando y las redes sociales continuarán formando parte de nuestras vidas.

Lo verdaderamente importante será enseñar a las nuevas generaciones a utilizarlas con equilibrio.

Que aprendan a compartir, pero también a desconectarse.

A comunicarse, pero también a escuchar.

A construir una identidad propia, sin depender de la aprobación de una pantalla.

Porque, al final, las relaciones que más fortalecen a una persona no se miden por el número de seguidores.

Se miden por la calidad de quienes permanecen a su lado cuando el teléfono deja de sonar.

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