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Coahuila

Redescubrir el ayer

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 5 años

Una breve caminata por el Centro Histórico de Saltillo me llevó a redescubrir recuerdos y nostalgia de ese otrora pequeña provincianita y romántica comunidad de cultura e identidad muy peculiares.

La ciudad de los 50 mil habitantes a la mitad del siglo pasado, donde todos nos conocíamos. Había unos cuantos automóviles, y sabíamos de quienes eran, tres cines, dos modestos periódicos, tres rutas de autobuses: Obregón-Ateneo, Xicoténcatl-Juárez y Circunvalación. (Con el tiempo vinieron las otras rutas). Dos semáforos.

Las casas de puertas abiertas con sus zaguanes llenos de piñononas y helechos, y el olor a las tortillas de harina recién hechas a mano y la cazuela de barro con unos burbujeantes frijoles recién guisados, que invitaban a pasar.

Hoy desandé mis recuerdos y redescubrí algunos edificios que son parte de la historia contemporánea y que siguen de pie. Por ejemplo, aunque usted no lo crea, sigue el letrero de gas neón de la casa de los diez mil artículos, el negocio de don Pedro G. González, en Hidalgo y Pérez Treviño, cerrado hace algún tiempo.

Y hacia el poniente casi esquina con Allende, el Bar Concordia, con su tradicional fachada en colores crema y café, sus añosas puertas de madera, que sigue dando servicio a sus clientes como hace casi 100 años. Fue la única cantina del Centro Histórico que no cerró el moralino gobernador Óscar Flores Tapia.

Y en la esquina con Pérez Treviño el majestuoso mercado Juárez de Saltillo. Caminé hacia el norte para encontrarme con la casona de Lerdo y Allende, que es propiedad de la familia del textilero Emilio Talamás. Su primer dueño fue el gobernador porfirista Miguel Cárdenas. Es un  edificio  icónico.

Y en contraesquina la segunda minicentral de autobuses que tuvo la ciudad, la de los señores Valdés, Autobuses Anáhuac, la primera fue la de los Monterrey-Saltillo en Abbott y Padre Flores.

Unos metros hacia el norte, “el edificio más alto del Centro Histórico” el del Café y Chocolate Oso, con más de 100 años de antigüedad y enfrente los arcos del edificio que fue de la Financiera de Saltillo. (No confundir con una negociación con nombre similar, que en la actualidad ha defraudado a algunas personas).

Y  paramos en la  Zapatería la Victoria, que en 2026 estaría cumpliendo 100 años de elaborar botas y botines artesanales. Ahí saludamos a don Raúl Martínez Cárdenas, que con 89 años a cuestas sigue al pie del cañón. La Victoria tuvo su auge con la época de oro y más adelante del cine nacional, pues fabricó a la medida botas y botines, a Pedro Infante, Jorge Negrete, Fernando Casanova, Luis Aguilar, Eulalio González “El Piporro”, a “Chelelo” y José Rosendo Lazo, alias “Jeremías Becerra y Blancas”, entre muchos
otros.

El negocio no cerrará sus puertas, pues don Raúl asegura que sus dos hijas, habrán de continuar la tradición de esta singular fábrica de zapatos, que iniciara en 1926, su señor padre, don Gilberto Martínez Fuentes, aunque actualmente solo cuenta con artesanos ya jubilados o pensionados, gente de la tercera edad, que asiste esporádicamente, cuando hay un pedido especial de botas o botines. Los aparadores de la calle Victoria siguen contendiendo una muy buena cantidad de este tipo de calzado, amén del que existe en la bodega.

Esta es una breve reseña de lo que podrían contar calles, callejones, plazas y edificios sobre la historia del Saltillo.

El agua potable
En 1899 se iniciaron las  primeras obras para dotar de agua potable entubada a la comunidad saltillense. La capital de Coahuila contaba con apenas 30 mil habitantes, su abastecimiento era a partir de las norias, (perforación profunda para la extracción de agua, mediante un sistema de carrucha y mecate, con un recipiente en la punta).

A partir de la fecha comenzaron a extenderse las redes de agua y drenaje en lo que fue el primer cuadro de la ciudad, comprendido hacia el norte hasta Lerdo de Tejada, al sur Miguel Ramos Arizpe, al oriente General Cepeda y al poniente Manuel Acuña.

Comenzaba a escasear el líquido en una comunidad que tuvo cientos de veneros. La demanda existente era superior al caudal proporcionado  por el famoso manantial, que diera origen a la denominación al Saltillo, el Ojo de Agua, que aún sigue manando, resguardado por una ermita al pie de la iglesia del propio nombre del barrio, que funciona desde la fundación  de la ciudad.

Las autoridades municipales de aquel tiempo se vieron obligadas a echar mano del flujo conocido como La Arizpeña y como el volumen de esta caudal no satisfacía la demanda, se compró el agua de la entonces Hacienda de Buena Vista, en los terrenos donde ahora se asienta la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro. Se construyó un colector para conducir el líquido hacia la pequeña mancha urbana, trascurría el año de 1903.

El Ayuntamiento de Saltillo firmó un convenio con una constructora originaria de Nueva York, denominada Dillo para instalar una red de distribución, la construcción del primer Mercado  Juárez, y un rastro municipal. El abastecimiento de agua potable quedó resuelto de manera parcial. Debido al desperdicio de agua, para irrigar huertas en el valle, el Municipio instaló medidores, que tuvieron corta duración pues la cantidad de cal que contenía el agua hizo que los equipos se llenaran de sarro y quedaron inservibles para la medición.

En 1926 ya éramos 40 mil saltillense y el caserío se extendía hacia el oriente y el poniente principalmente. Se hizo una ampliación a la red y se construyó  gran número de cañerías de desagüe.

El Municipio y el Gobierno del Estado, solicitaron conjuntamente un crédito  al Banco de México, para buscar nuevas fuentes de abastecimiento, mejorar las instalaciones de la zona de captación y aumentar la red de distribución, pero debido a la mala administración de los recursos que hubo en Saltillo, de nuevo la carencia de agua, corría el año de 1943.

Entre 1947 y 1948 la situación tiende a empeorar. Al finalizar la Administración del general Benecio López Padilla  se inicia la construcción de una nueva red de distribución y se perforan varios pozos profundos en Buena Vista, al sur de Saltillo, y una vez que  el caudal fue unido a la red, se logró  un suficiente abasto de agua. Las obras concluyeron durante la gestión del gobernador sustituto Raúl López Sánchez.

En 1963 por fin llegaría la solución y las bases sólidas para un real abastecimiento, cuando el gobernador Braulio Fernández Aguirre inicia la perforación de pozos en la zona denominada Loma Alta colindante con el municipio de Arteaga, Coahuila. Saltillo contaba  con 100 mil habitantes y el problema del agua se agudizaba.

De ahí en adelante los gobiernos estatales iniciaron programas de exploración, perforación y conducción para ir resolviendo las exigencias del crecimiento poblacional. Ahora, la solución del problema del desabasto está en manos de una empresa española, bajo el disfraz de una empresa para estatal, y como socio mayoritario el Ayuntamiento de Saltillo.  Hasta el 2020 éramos  más de un millón de habitantes.

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