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Publicado el lunes, 15 de agosto del 2022 a las 04:08
Ciudad de México.- “Creo en el Dios de Spinoza, quien se revela a sí mismo en las armoniosas leyes del universo, no en un Dios que se ocupa del destino y el castigo de la humanidad”. Con esas palabras Albert Einstein definió su visión trascendental.
Y justamente sobre el Dios de Baruch Spinoza (1632-1677), pero también sobre la desventurada vida y visionaria filosofía del hombre que influyó en numerosos pensadores, escritores y científicos, Ezra Bejar escribe su segunda novela, Un Baruch para Spinoza (Colofón).
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Debo decir que la novela no la escogí, sino que ella me escogió. Y eso sucede muchas veces. La figura de Spinoza la tenía desde mi adolescencia muy en mis adentros”, relata el escritor capitalino, quien con su primera obra,Úrsula en el jardín de mis Delicias, fue finalista del Premio Nacional Juan Rulfo para Primera Novela.
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Me preguntaba: ¿cómo era posible que hayan expulsado de la manera que expulsaron a un hombre, a un jovencito de 23 años, que no había escrito una sola palabra?, simplemente había expresado algunas ideas que no iban con el cartabón comunitario”, refiere Bejar, fascinado por el pensador de origen judío y raíces portuguesas y españolas, nacido en Ámsterdam.
Las controvertidas ideas del joven Baruch, principalmente respecto a la divinidad, lo condujeron a la expulsión de la comunidad judía en la Holanda del siglo 17.
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Terminan excomulgándolo de una manera muy cruenta, y él se queda muy solo, ni su familia se podía acercar a él. Había una ley que decía que si alguien se acercaba a menos de cuatro codos (1.78 metros), serían expulsados también. Algunos amigos se la juegan, pero la vida de Baruch fue de estar muy solo”, resalta Bejar.
Tras la excomunión, Spinoza se gana la vida puliendo lentes, aunque también tuvo el apoyo de mecenas, lo que le permitió continuar su reflexión filosófica y escribir al menos 10 libros, aunque solo publicó dos en vida (uno de ellos de manera anónima) para evitar ser perseguido por sus apuntes.
Además de la pasión por la vida y la obra de Spinoza, Bejar se topó con otras señales que lo llevaron a decidir la escritura de la novela.
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Asistí a un seminario sobre él, hace unos siete años, y me picó más el tema. Y luego por ahí me encontré alguna vez, en una reunión, a un físico de la UNAM, Guillermo Espinosa, y me dijo que él le había puesto a su hijo Baruj, y dije ¡órale!
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Se conjuntaron todas las cosas y supe: aquí hay una novela, y me empecé a meter, me tardé siete años en hacerla, me costó mucho trabajo meterme a la sique de los personajes”.
Dúo de espinas
El libro de Bejar corre por dos vías: el Spinoza holandés del siglo 17 y Baruj Espinosa, un mexicano que nace en el siglo 20 y busca redimir a su homónimo.
Al preguntársele quién es ese Baruj Espinosa mexicano, el autor responde que “un muchacho de la comunidad judía-mexicana. Le ponen así porque el abuelo se lo pide a a los padres, ya que el padre de Baruj se apellida Espinosa y de esa manera quiere honrar al personaje del siglo 17, es una bienaventuranza”, dice.
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Esto empieza a marcar a Baruj porque los nombres que llevamos nos marcan, algo central en la novela. Entonces él se empieza a enterar a lo largo de su existencia de la vida de su predecesor, de su homónimo, se mete mucho, hasta que llega un momento en que lo sueña y le promete en el sueño que lo va a redimir y por lo cual comienza a enfrentar una gran cantidad de obstáculos siendo adolescente, y luego ya un poco más grande”, agrega.
Ante eso, Ezra Bejar, apunta la importancia de Spinoza en el siglo 21, pues para él su filosofía tiene aún un mensaje que darnos, pues “hoy en día los neurobiólogos y científicos más afamados en general lo están mencionando. Han salidos muchos libros y ensayos sobre él. En fin, está muy actual el pensamiento de Spinoza”, concluyó.
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