Arte

Publicado el martes, 11 de agosto del 2026 a las 06:01
Ciudad de México.- A pesar de su timidez, la poeta peruana Blanca Varela (1926-2009) sobresalía, y no sólo por sus letras: solía ir vestida a la universidad con una camisa de rayas rojas con blanco y una corbata, como hombre, mientras sus compañeras usaban un atuendo convencional, según contrasta la periodista y escritora Fietta Jarque (Lima, 1956) en La Vértebra Pérdida, biografía recién publicada de Varela, quien fue Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 2007, y que ayer cumplió 100 años.
Aunque ahora la romántica, sobre todo los jóvenes, Varela rehuía el sentimentalismo, dice Jarque en entrevista.
Su biografía reconstruye a una mujer ingeniosa, de ironía a veces cáustica, crítica, discreta, incluso pudorosa para mostrar sus versos.
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A veces se romantiza mucho su poesía y a ella misma. Es muy leída ahora por los jóvenes, y algunos poemas, quizá de los más sencillos, le dan un aura romántica; es algo que le incomodaba. No le gustaban los sentimentalismos. No soportaba, por ejemplo, que le dijeran ‘Blanquita’, ni su mejor amigo ni nadie”.
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A mí me hubiera gustado escribir poemas más vitales”, declaró en una entrevista retomada por Jarque para esta biografía del sello Lumen.
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Tal vez mi poesía no carezca de vitalidad”, reflexionaba. “Lo que quiero decir es que me hubiera gustado escribir una poesía que se pudiera cantar; que produjera esa especie de euforia; que exaltase las cosas; que te mostrara lo hermoso y lo triste, pero de una manera viva. En cambio, yo tengo una manera muy crítica, muy dura de ver las cosas, lo cual no quiere decir que no tenga sentimientos profundos al respecto, pero siempre es una primera mirada muy fría”.
Esa voz, recuperada de diversas entrevistas, es una de las principales fuentes de Jarque, junto con testimonios de familiares y amigos y documentos del archivo depositado por su familia en la Casa de la Literatura Peruana.
Jarque, periodista, escritora y curadora peruana afincada en España desde los 80, recupera la genealogía artística de la autora que desde niña jugaba mentalmente con las palabras y que, de adulta, escribía dentro de un clóset en una Olivetti Lettera 35 de color verde-celeste para que sus hijos no la perturbaran.
La investigación amplía también su imagen mediante facetas menos conocidas: periodista cultural, editora de la filial peruana del Fondo de Cultura Económica (FCE), galerista, regidora, apasionada del baile e interesada en la moda, al punto de abrir una boutique llamada Stop.
La Vértebra Perdida recobra, además, la escena cultural local y europea en la que se desarrolló Varela, su matrimonio con el artista Fernando de Szyszlo –cuyas memorias ayudó a preparar Jarque–, el vínculo con el Nobel de Literatura mexicano Octavio Paz, quien la impulsó como poeta, y su relación con Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, entre otros encuentros decisivos en su vida. Fue precisamente una ausencia en las memorias de Szyszlo la que llevó a Jarque hacia Varela y, finalmente, hacia una biografía que entra en zonas que la poeta mantuvo fuera de la mirada pública.
Varela era muy reservada. Usted entra en aspectos íntimos de su vida para comprender su obra. ¿Cuál es el límite cuando ella deliberadamente evitó exhibirse?
El género de la biografía es así. No se puede hacer una biografía discreta; bueno, una buena biografía. Por supuesto que se puede hacer una hagiografía: se pueden hacer semblanzas, retratos parciales que no incluyan ninguna cosa que pueda cuestionar las alabanzas a cierta persona. Yo sé que hay temas delicados de su intimidad que no conocían ni sus hijos, pero hay que contar las verdades, porque a veces esas verdades ocultas son también situaciones clave para el resto de la vivencia.
México, determinante
México fue “un país determinante” para la literatura y el trabajo editorial de Varela, según Jarque, sobre todo a través de la figura de Paz y su paso por el Fondo de Cultura Ecónomica, que dirigió en Perú en los años 70.
Valera acogió al poeta mexicano durante su primera estancia en París, y él impulsó la publicación de su primer libro y escribió el prólogo.
Una liga que a la autora la llevó a recibir en 2001 el Premio Internacional de Poesía y Ensayo Octavio Paz, que, según Jarque, representó para “una enorme alegría”.
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