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Coahuila

Relatos de un Piedras Negras lejano, pero presente siempre

Por Rodolfo Villarreal Ríos

Hace 4 años

Lo que hoy les presentaremos son extractos de pasajes diversos que fueron publicados originalmente en un par de libros “Piedras Negras, Destino y Origen. 80 años un a narración para mis nietos,” (2005) y “Piedras Negras, Destino y Origen: Personajes. Sitios y Recuerdos,” (2010), escritos por don Rafael Villarreal Martínez. En ellos, narra como vio, vivió y participó en la transformación de su pueblo, Piedras Negras, Coahuila, durante setenta y cinco años del Siglo XX y la primera década del XXI.  Haciendo uso de una de las cinco  licencias perenes únicas con que se cuenta para utilizar el material ahí plasmado, en esta ocasión, nos permitiremos reproducir, evitando utilizar las comillas, lo que don Rafael narró, en base a las vivencias directas, sobre algunos eventos y personajes. Lector amable, lo invitamos a  a que nos acompañe en esta remembranza, en la cual, en una de esas, encuentra nombres que le son familiares..

Don Rafael era un apasionado de la actividad política en la cual se forjó en la  derrota lo cual le permitió, al momento del triunfo, nunca perder la ubicación y actuar bajo a premisa de que el cargo que se desempeñaba  era para servir a la población teniendo presente siempre que toda tenía fecha de caducidad. Como simple recordatorio para algunos, y novedad para otros, un ejemplo de cual era su forma de actuar, en 1979, recibió financieramente quebrada y sin ser sujeta de crédito  la hacienda pública municipal de Piedras Negras con las arcas vacías y cuyo  presupuesto potencial de ingresos que llegaba a 27 millones de pesos. Para 1981, el presupuesto alcanzaba los 300 millones, gozaba de una cartera de crédito sana, además de ser una de las dos tesorerías municipales en todo el país, la otra era la de Naucalpan, Estado de México, cuyos procesos eran manejados con sistemas computarizados, hoy eso es de lo más común, pero hace cuatro décadas era toda una hazaña. De ahí, pasaría a encomiendas mayores que les comentaremos después. Pero para llegar ahí hubo de recorrer un largo camino de observación y actuación. 

Así, nos relata como su interés por la actividad política se despertó desde la infancia. Era el inicio de la década de los 1930s, y, nos menciona: aún recuerdo lo que podría llamar mi primera incursión como líder de un grupo. Estaba cursando el sexto año de educación primaria en la Escuela Modelo, bajo la tutela del profesor Andrés Lara, cuando un viernes por la mañana en plena primavera, el calor empezaba ya a mostrar lo que sería el verano próximo, se me ocurre convocar a mis compañeros de clase para que esa tarde no nos presentásemos en la escuela y fuéramos todo el grupo para tomar un baño en las aguas del Río Bravo. Por supuesto que a esa edad poco nos importaba faltar a una clase, así que acordamos reunirnos en la esquina que forman las calles de Galeana y Matamoros para que, al regresar de comer de ahí dirigirnos, en lugar de a la escuela, al río. Y eso hicimos, éramos 30 muchachos que caminamos por la calle de Allende hasta llegar al río y entre la gritería nos despojamos de  las ropas y permanecimos en el agua hasta que la tarde se consumió y dio la hora de regresar a nuestras respectivas viviendas.

Obviamente cuando el Profesor Lara se presentó al aula y no encontró a ninguno de nosotros su enojo fue mayúsculo. Acto seguido procedió a buscar la forma de hacer del conocimiento de nuestros padres de la ausencia sin motivo aparente. Después de gozar la aventura llegué a mi casa y cuando mi padre me pregunta que como me había ido en la escuela, mi respuesta fue una mentira. Lo que vino después fue de esas lecciones que no se olvidan en la vida, en aquellos tiempos era costumbre que los mensajes correctivos se enviaran a través de la gruesa correa de un cinturón o bien de una flexible vara de membrillo o de mora, en este caso fue la segunda. Para recordarlo durante la vida futura. Sin embargo, la aventura aun no concluía. El desenlace, tras de un fin de semana de castigo, llegaría el lunes con el regreso al aula, una vez que habíamos tomado posesión de nuestros respectivos pupitres, arriba el Prof. Lara. Previo a dirigirse al salón de clases, el citado mentor había recorrido el patio de la escuela, pero no para ejercitarse, sino para escoger de uno de los diversos árboles de mora que ahí abundaban una de sus ramas. En esta forma, armado de una recién cortada vara procedió a preguntar el motivo de nuestra ausencia masiva. Aun cuando ya sabía la respuesta, cuestionó acerca de quien había sido la idea de no concurrir a clases y ante ello no me queda sino aceptar la responsabilidad, acto seguido procedí a pasar al frente y ser el primero en recibir las caricias de tal artefacto, el cual impulsado por la mano enérgica del profesor terminaba sobre glúteos y piernas. Ante estos castigos, nada de ir a quejarse a casa pues eran los tiempos en que los profesores podían corregir a los alumnos en la forma que ellos consideraran era la más adecuada. Así concluyó mi primera aventura como líder. Pero, también, aprendió de observar como se castigaba la indisciplina de otros.

A finales de la década de los 1920s, su padre quien laboraba en los ferrocarriles fue trasladado a Monterrey, Nuevo León. Al respecto, don Rafael menciona en sus libros que  aun cuando hoy ya muy pocos lo recordamos, la vida económica de Piedras Negras de aquellos tiempos giraba en torno a los ferrocarriles. En la Casa Redonda, que no eran sino los talleres en los que se daba mantenimiento y se realizaban las composturas de los carros del ferrocarril, se daba empleo a  una gran cantidad de nigropetrenses y ahí se generaba la derrama económica que mantenía a la ciudad en tiempos de auge. Al momento en que, en 1928, el presidente Plutarco Elías Calles decidió trasladar los talleres a Monterrey, nuestra ciudad sufrió un retroceso que la puso al punto de la desaparición.  Aquí, don Rafael reconoce cuan equivocado estuvo al creerse a pie juntillas  la leyenda urbana, con la cual  creció. Se repetía que el presidente Elías Calles tomó esta medida como venganza porque en una visita que hizo a Piedras Negras la población lo trató con indiferencia. Aclara, sin embargo, hace poco platicando con uno de mis hijos, Rodolfo, quien ha estudiado con detenimiento los eventos de la década de los años veinte, me hizo la observación que el traslado de los talleres a Monterrey fue más consecuencia del proceso de privatización de los ferrocarriles que de venganzas personales.  De acuerdo con Rodolfo, en 1922, el entonces secretario de hacienda, Adolfo de la Huerta negoció acuerdos  diversos con el representante de los banqueros estadounidenses Thomas W. Lamont, entre ellos la privatización ferrocarrilera, para poder lograr que México fuera sujeto de crédito en el exterior. Pero acuerdos o venganzas, la ciudad se vino abajo y muchas familias, entre ellas la mía, tuvieron que emigrar a Monterrey. Allá vivimos un par de años, para después regresar a este nuestro añorado terruño. Pero antes de retornar, a don Rafael, en un caluroso 4 del mes de marzo de 1929, le tocó vivir el saqueo que efectuó el general José Gonzalo Escobar. Ese dia, relata don Rafael, mi padre, quien como ya lo mencioné laboraba en el ferrocarril, salía de su trabajo y al dirigirse a nuestra casa se topó con lo más nutrido de la balacera a la altura de la Avenida Madero, precisamente donde se ubica el denominado Arco, con la precaución que el caso ameritaba pudo atravesar el sitio y llegar a reunirse con nosotros. Una vez que la tranquilidad retorna, por algún motivo que aún no me explico, procedió a llevarnos a mis hermanos y a mí a ver aquel dantesco espectáculo. Las calles estaban atestadas de muertos y heridos, es una de esas imágenes que, a pesar de contar entonces con menos de  cuatro años, nunca se han borrado de mi mente, fue esta apenas una probada de lo que eran las reminiscencias del México revolucionario que aún no terminaba de extinguirse. Pero hubo otros eventos, mas cercanos a la familia, que vivió entonces.

En esa misma época, en lo que se denominó el Movimiento Vasconcelista, una gran parte de la juventud de México cayó seducida ante las palabras del “gigoló” llamado José Vasconcelos quien prometía el oro y el moro para desbancar a los generales de la revolución a la sombra de quienes se había formado. Entre esos jóvenes estaba Agapito Martínez Gallardo, hermano de mi madre, quien al calor de la campaña política pronunció ardiente discurso en contra del gobierno y más temprano que tarde fue capturado por elementos del Ejército, en aquellos tiempos la autoridad ejercía sus funciones hasta el exceso, e inmediatamente se procedió a juzgarlo. La condena era pasarlo por las armas. Ante ello, recurrieron a mi padre, en aquel tiempo vivíamos en Monterrey, quien gozaba de cierta amistad con el general Aarón Sáenz Garza, gobernador de Nuevo León derivada esta de la participación en actividades sindicales como miembro del Comité Directivo del Sindicato Ferrocarrilero. Dada la petición hubo de recurrir a dicho personaje para solicitarle su intervención y evitar que terminase ante el paredón aquel fogoso orador, cosa que fue concedida salvando así la vida de su cuñado, quien poco habría de agradecérselo. Ya adentrado en asuntos de personajes nacionales, también tuvo oportunidad de ver a varios de ellos, algunos de cerca y otros a la distancia.

Un personaje por quien don Rafael guardó siempre un respeto y recuerdo muy especial fue el coahuilense más distinguido del México postrevolucionario, el general, Manuel Pérez Treviño. Respecto a él, relata cómo a este hombre, toda sencillez, tuve oportunidad de conocerlo porque mi Padre, una vez que regresamos de Monterrey al ser despedido del ferrocarril por un ajuste laboral, se incorpora a trabajar con él. En el camino a Guerrero, Coahuila, se encontraba la Hacienda de la Candelaria, llamada así en honor a la madre del general, era todo un emporio donde un buen número de personas laboraba. En ese sitio todo era actividad y ahí se emplea mi Padre como administrador del rastro. Con agrado recuerdo nuestras visitas al lugar. La convivencia entre los hijos de los trabajadores, independientemente del rango que ocupara el padre, se daba sin problema alguno. Un hecho poco conocido fue lo que sucedió durante la década de los treinta. El general Pérez Treviño decidió cambiar al administrador de la Candelaria sustituyendo a Glafiro Hernández, quien terminaría sus días perturbado de sus facultades mentales, y nombrar en su lugar a don Francisco Saracho. Como el destituido se muestra insatisfecho con las condiciones bajo las cuales se dio su baja, pensó que debería tomar acciones al respecto y armó un grupo que no llegaba a cincuenta hombres para ir a tomar la hacienda. Cuando se enteró el nuevo administrador de lo que se veía venir, se comunicó con mi Padre para que diera parte al general jefe de la Guarnición de la Plaza y otorgara la protección respectiva. La respuesta fue poner a la disposición de mi Padre una veintena de soldados para que los trasladara al sitio referido y aprehender al incipiente insurrecto, cosa que se logró dada la presteza y oportunidad con que se actuó, sofocando así lo que pudo derivar en cosas más graves. Asimismo, nos relata que su Padre siempre mostró un singular respeto y cariño por el general a quien en tono de broma le decía “general Pérez placas águila chueca cuando se te va a enderezar el águila… Recuerdo como el general era muy aficionado a que Josesito, un músico que tocaba el violín, le interpretara la canción “el mono de alambre” con todo y las groserías que ella contenía, lo llamaba e invitaba a sus trabajadores a escucharlo, el ambiente se alegraba y generalmente las horas pasaban entre risas y la complacencia del general. 

Tiempo después, cuando don Rafael cursaba la escuela  secundaria, se efectúa una visita del presidente Lázaro Cárdenas Del Río a Piedras Negras. El mandatario y su comitiva se transportaron por ferrocarril, como era usual entonces. Dada la proximidad física, el acto de recibimiento se efectúa en los patios del edificio de la Aduana, situado en la esquina de las calles de Zaragoza y Fuente. Aparte de las autoridades municipales, quienes encabezaban el acto, acuden alumnos de las diversas escuelas. Como era costumbre en estos eventos se emitieron discursos de bienvenida y se cantaron el Himno Nacional Mexicano y la Internacional. Aquí debo mencionarles que durante todo el gobierno de Cárdenas era obligatorio que antes de inicio diario de clases, se interpretara la Internacional que es un himno socialista, el cual inicia con la frase: “marchemos agraristas a los campos, a sembrar la semilla del progreso; marchemos siempre unidos sin tropiezo…”. Estaba por concluir el acto y en medio de vivas y porras al presidente, éste iba a retirarse cuando se ve venir a un hombre de edad madura  vestido con indumentaria indígena, era Papicuano el jefe de la Tribu Kikapoo. Cárdenas, olvidándose de todo protocolo, desciende del estrado donde se encontraba y va al encuentro del visitante. Lo recibe con un abrazo y acto seguido es presentado a los acompañantes del patriarca indígena. Tras de ello, se apartan Cárdenas y Papicuano del grupo e inician un respetuoso dialogo, mismo que se ve interrumpido cuando el presidente voltea y hace un ademán a uno de sus acompañantes para que se uniera a él en la charla. El personaje requerido era Manuel Ávila Camacho, quien sucedería a Cárdenas en el cargo. De lo que hablaron lo supieron solamente los tres.

Y en esos tiempos de escolapio de secundaria, a don Rafael le volvió a dar por convertirse en líder de sus compañeros y veamos lo que le sucedió. En aquel tiempo, el director de la escuela, el profesor Fausto Zeferino Martínez Morantes, como parte de la preparación cultural de los alumnos acostumbraba a traer espectáculos artísticos que se presentaban en el Salón de Actos. En una ocasión vino un grupo de bailarinas de folklore mexicano y como es obvio debieron de cambiarse sus ropas para presentar el acto. Un grupo de compañeros, a quienes encabecé, movidos por la curiosidad natural de esa edad, nos dedicamos a espiar por las ventanas del sitio donde se vestían aquellas mujeres. Para nuestra mala fortuna el director de la escuela nos sorprendió. Excuso decirles que, al día siguiente por la mañana, en la asamblea que diariamente, antes de entrar a clases, llevaba a cabo el director, costumbre que mantuvo hasta que mis hijos acudieron a esa escuela, se encargó de ponernos como un ejemplo de la depravación y las malas costumbres, ya se podrán imaginar ustedes la vergüenza que pasamos, aparte de ser suspendidos, con toda razón,  una semana y soportar el castigo en casa. 

Eran los tiempos en que desgobernada Coahuila un  prototipo de los generalotes, Pedro V. Rodríguez Triana, apodado por la población  como Pedro Quinto. Este tipo llegó al cargo por su amistad con el presidente Cárdenas. Por esos días, el Partido de la Revolución Mexicana, nombre recién estrenado, escoge como candidato a presidente municipal  a Julio Díaz Pérez, hombre trabajador y si se quiere hasta honesto, quien no obstante esto no atraía las simpatías de la ciudadanía. La mayoría de la población se inclinaba por la opción que representaba Miguel Z. Barba, comerciante un poco atrabancado, a quien acompañaban en su aventura Santiago Riddle, Pedro Perret, Onésimo Elizondo, Fortunato de Hoyos y Rafael Villarreal Guerra. Al efectuarse las elecciones, los resultados favorecieron a Barba, pero el partido oficial impuso su fuerza y declaró ganador a Díaz, ante el disgusto del electorado. El repudio alcanzó un grado tal que un incipiente movimiento de resistencia civil se presentó, llegando a tenerse dos autoridades municipales al mismo tiempo. Ante la situación descrita, Rodríguez Triana hace gala de su autoritarismo y ordena que, dado que no era factible tener dos autoridades municipales a la vez, se procediera a poner a buen recaudo a los insurrectos, cosa que sus subordinados obedecieron en el acto. La mayoría de los miembros de la planilla de Barba fueron avisados de la orden emitida y lograron esconderse, solo dos de ellos no conocieron que sucedía y en esta forma Fortunato de Hoyos, quien se encontraba en su rancho, y mi Padre, que estaba en el rastro supervisando la matanza del día, fueron a parar a una celda de la cárcel municipal bajo el cargo de insubordinación a la autoridad e incitación a la violencia. Un grupo compuesto por don Francisco Saracho, don Ricardo Ainsle, quien en alguna ocasión sería gobernador interino del Estado, don Carlos Ainsle, don Joaquín Peña y otros, procedieron a buscar al general Pérez Treviño, ante quien el mencionado gobernador se inclinaba, para que intercediera y lograra la libertad de los injustamente detenidos, la cual se dio con rapidez singular. Pero también en aquel proceso de observación-enseñanza, se daban momentos de pena ajena de los cuales don Rafael aprendía.

Eso se dio cuando el candidato presidencial, Miguel Alemán Valdés, efectuó la visita consabida a Piedras Negras para solicitar el voto de los ciudadanos. Como era costumbre, la cual aún persiste, las autoridades tratan de mostrar al futuro hacedor de todas las bondades, pero también severo ajusticiador cuando las circunstancias lo requieran, el lado agradable de la ciudad. Una vez determinado el sitio donde se efectuaría el mitin, la Plaza de los Héroes, y los lugares por donde transitaría para llegar ahí, se inicia la discusión acerca de quién sería el encargado de hablar en nombre de la población y tras “sesudas” deliberaciones se acordó que esa distinción caería en la persona del jefe de Tránsito Municipal, por cierto, tío de un destacado político en el ámbito nacional en la década de los setenta y ochenta. Por qué lo seleccionaron, aun ahora es un misterio. Llegó el esperado día y el candidato arriba mostrando su sonrisa característica. Durante su recorrido, en medio de las vallas formadas por  ciudadanos, los aplausos y las  vivas fueron la constante hasta que llegó al sitio de la reunión. Subieron al templete y tras de las presentaciones acostumbradas, se mencionó que a nombre los nigropetrenses haría uso de la palabra el ciudadano ya mencionado, quien con paso cansino y paseando su robustez se dirige al micrófono e inflamando el pecho da inicio a su arenga con estas palabras: “Licenciao Miguel Alemán, candidato de nuestro glorioso partido y colegas que están aquí en el templete quero disirles que como yo soy demasiado escaso de inorancia y ora como todas las concencias se encuentran devedidas ante sus mercedes me encuentro cohavitado. Pueblo, te estas convertiendo en un atajo de analfabetos que dejamos pa’ la juventu que apenas esta comenzando a jilotearar. México tiene hombres lustrados como Vitor Hugo y el Chato Briones, ansina como el que escribeo México atravesado por los siglos. Y esto que acabo de disirles, naiden me lo escribeo salió de mi pecho cerebral. Ya dije.” Se podrán ustedes imaginar la cara del Lic. Alemán cuando el orador termina su perorata, la sonrisa era una mueca, lo que debe de haber cruzado por su mente. Al hacer uso de la palabra habló de todo y nada. Sabía que ese era el México pintoresco, pero también conocía que el reto al que se enfrentaría como presidente de la Republica era enorme y que seis años podrían ser pocos para alcanzar lo que tenía planeado. Pero, se nos terminó el espacio. Sin embargo, si usted, lector amable, considera conveniente acompañarnos la semana próxima continuaremos con esta narrativa sobre personajes y eventos políticos acaecidos en Piedras Negras, Coahuila en un ayer muy lejano, pero presente siempre. [email protected]

Añadido (22.41.153) ¿Sera que le ganó el subconsciente y, al recordar los números 12 y 26, decidió pintarrajearse el rostro?

Añadido (22.41.154  ) Ahora salieron copitos de nieve y lloriquean porque los abuchearon. ¿Qué esperaban con 50 “strikeouts” en cuatro partidos, un monumento en su honor?

Añadido (22.41.155) Por favor, ya no sean envidiosos, hagan saber a la población en donde están ubicadas las tiendas de autoservicio INEGI, las únicas en donde se encuentran productos cuyos precios se incrementan de manera moderada.

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