Ciudad de México representa un error repetido muchas veces, una ciudad que creció con el virreinato, sin control; entonces, el motivo era otro: españoles, criollos y nativos procuraban estar cerca del virrey, pues las canonjías y prebendas eran diferentes según la distancia. Alguien que pretendiera trabajar fuera de la civilización (lo que ahora es Coahuila, Nuevo León, Chihuahua o Tamaulipas) sabía que disminuían colosalmente sus oportunidades; la minería otorgaba algunas oportunidades, como es el caso de Durango.
Hace 200 años, Ciudad de México, Querétaro, Valladolid, Zacatecas, San Luis, Guanajuato, Veracruz, Oaxaca y Puebla eran las ciudades importantes.
En el siglo 19, Monterrey empezó con ahínco un desarrollo industrial enorme, aprovechando, en parte, el desarrollo promovido por un gobierno diferente, que proveía transporte y comunicaciones. Por casi un siglo, era imparable, pero ya con el populismo perdió la inspiración ese grupo de industriales, que se fueron tornando en empresarios; así, como 100 años antes en Estados Unidos, esos ricos vieron que era más cómodo y rentable poner a echar maromas al capital, pasando a segundo término la producción de artículos y mercancías, y, ante los vaivenes políticos del desmadre nacional, sacaron, calladamente, sus capitales. En todo ese tiempo, como moscas, estuvieron los negocios de bienes raíces; la raíz de ello es que siempre, buscando la forma de mantener la riqueza, una opción era la posesión de tierras. Al morir un rico o mortal, muchas veces en la herencia aparecen casas y terrenos que se quedan esperando la oportunidad de venderse a buen precio.
En Cd. de México, especialmente, a partir de los años 40 del siglo pasado, empezó un crecimiento asimétrico enorme, lo que llevó a una monstruosa metrópoli, en la que habitan más de 30 millones de personas. Por décadas, era prácticamente el único lugar en el que el gobierno gastaba dinero (quitando sus “partidas populistas”), pero Cd. de México tuvo algunas ventajas: primero, un lago de Texcoco que ya se acabaron, ríos que convergen y recursos acuíferos de 400 kilómetros a la redonda que nutren ese goloso ente.
En Monterrey, conociendo los regios a la perfección el problema que representa Cd. de México, repiten el error. La diferencia es que Monterrey no tiene agua, ni siquiera para su población; las presas y pozos de captación tienen limitaciones. Una sequía de 8 años (que han sucedido) secaría las presas. Imagine usted, meses sin agua en una ciudad de cerca de 10 millones.
Es evidente que Monterrey tiene largo tiempo de no ser gobernado por los partidos y que quienes lo hacen piensan exclusivamente en sus negocios, pero quienes los rodeamos entendemos que esos proyectos solo serán perjudiciales para todos.
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