Una de las cualidades de las personas que requieren mucho trabajo de forma continua es la responsabilidad afectiva: es importante saber qué piensa la otra persona, con quién compartimos, cuáles son sus sentimientos, qué pasa en su vida. En la medida que deseemos preservar en sanos términos una vinculación, nos debemos a este vínculo con honestidad y con congruencia.
Esto quiere decir: si siento enojo, frustración, ira, tristeza, amargura o resentimiento respecto y en contra de otra persona, lo conducente sería expresarlo de forma explícita y evidente. Que la otra persona se percate de ello.
La mitad de las consultas, consultorías, talleres, asesorías e intervenciones por parte de los terapeutas sexuales que conozco, se relacionan con situaciones a las cuales las personas no quieren enfrentar o confrontar por algún atavismo o miedo.
Muchas personas se refugian en el silencio que les carcome y prefieren dejar que una relación se muera de abandono, antes de ocuparse de los sentimientos de la persona con la que se relaciona.
Así entonces las familias duran separadas largo tiempo, porque la tía se sintió por una situación que pasó en el temblor del siglo pasado. O ya no se hablan los amigos porque discutieron en la fiesta de la generación y nunca jamás se atrevieron a remontar el problema. Peor aún, la esposa o el esposo viven empollando un rencor desde que nació el primer hijo, y ya van en el cuarto, y no han podido poner en la mesa de discusión el rencor añejado.
Cada persona debe hacerse responsable de las consecuencias de sus actos y de sus emociones, pero también de las que produce en otras personas con las que se ha vinculado afectivamente, como familia, amigos y hasta compañeros de trabajo.
La responsabilidad afectiva también implica un conocimiento de lo que dejamos en los demás y cómo repercute en su vida.
Pero si nos vamos a los valores básicos, la responsabilidad afectiva es un acto honorable de solidaridad y aceptación. Si ofende, pide disculpas. Si estás en una situación de duelo, hay que hablar de las emociones y no cargarlas encima de otros. Si estás enojado o triste por algo que alguna persona cercana te hizo o crees que te hizo, hazle saber que te ha lastimado.
Es también una responsabilidad afectiva hablar y establecer situaciones, enfrentar y si es posible sanar. Si existe la voluntad. Es poco honorable ese sobado y antiguo rito de sentirse, enojarse y luego desaparecer.
Ha sido un problema en las relaciones adolescentes actuales, la absoluta falta de responsabilidad afectiva de los chicos que, por ejemplo, abandonan sin ninguna explicación a sus novias en la secundaria o en la prepa: ni existen elementos que ayuden a que ellos tengan mejores vinculaciones afectivas sin dañar a otras personas, ni tampoco muchas herramientas pedagógicas que ayuden a las y los adolescentes a lidiar con ello.
Además la responsabilidad afectiva es un ejercicio emocional y actitudinal que nos sirve a todos y a todas en lo cotidiano, en la continua deconstrucción de nuestras relaciones afectivas con las personas que nos importan.
Pero también debemos ser empáticos y responsables con las personas que no son nuestras cercanas o queridas, porque se trata de una elemental aplicación de la cortesía y de la amabilidad, y de una compasión básica humana.
La mayoría de las consultas que me llegan se relacionan con alguna falta o desconocimiento de la responsabilidad afectiva que debemos aplicar permanentemente hacia los otros y otras. Ser responsable de las emociones y sentimientos que se despiertan en otras personas, es un acto de amor.
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