Arte

Publicado el sábado, 5 de marzo del 2022 a las 04:30
Saltillo, Coah.- Desde diciembre las artistas Carolina Bollaín y Criss Poulain trabajaron en el desierto. Sus pies pisaban la tierra seca en búsqueda de rocas para registrarlas con la cámara de Poulain en un intercambio que poco a poco pasó de ser una relación de trabajo creativo a una fuerte amistad, pues “aunque las dos estábamos cada una en su onda y no había palabras, muchas veces hablábamos por las piedras, esas eran nuestra forma de comunicarnos. Criss se agachaba, tomaba una y volteaba a verme y yo ya sabía de qué se trataba”, como apunta Bollaín.
Ese tiempo en comunión que las llevó desde Mapimí, en Durango pasando por los ejidos de Salvaerna, Zacatecas hasta Jalpa, en General Cepeda, se convirtió en una plática dual que se sentía como una misma. Dos caras de una misma moneda, es decir, un Soliloquio Compartido, como se titula la exposición que inauguraron de forma reciente en la Taberna El Cerdo de Babel, pero el título encierra otras dos figuras, las de los activistas Juan Gamboa, de Jalpa, y Roberto de la Rosa, el defensor de Salaverna, un hombre que resiste ante el desplazamiento forzado de las empresas.
Fue ahí en donde el proyecto auspiciado por el Fondo Nacional para la Creación Artística (Fonca) Senderos Antropocénicos, de Bollaín, se convirtió en el punto central de esta muestra, pues si su idea original era “ir hacia las cicatrices de la tierra, entendiendo estas como las marcas que ha dejado el hombre con la explotación minera, pedrera y demás, así como los espacios de agua en la que ya no hay”, al encontrarse con “estas dos experiencias de resistencia y que son diferentes, pero iguales”, se transformó en una crónica visual de “la resistencia de Jalpa por la necesidad de agua, y las concesiones que hay para grandes empresas que tienen derecho de sacar millones de litros cúbicos de agua debajo de la superficie, (mientras que) los del ejido tienen derecho a sacar agua de la superficie, pero claro que ya no hay agua ahí, y eso es lo que Criss retrata”, apunta Bollaín.
La artista visual se remite a las palabras de Gamboa, quien le contó que hace 10 años se podía pescar en el ejido y que ahora “no puedes ni imaginarte que aquí había peces. Por eso don Juan siempre dice ‘no es sequía, es saqueo’. No son causas del medio ambiente ni fenómenos naturales, es que se están robando el agua”, y que se ejemplifica con la fotografía de un craneo de vaca que seco ante el sol quemante del desierto revela una verdad incómoda para muchos, pero negada por otros más.
El caso de De la Rosa, en cambio, ha sido de impacto nacional al negarse a dejar su hogar en la localidad de Mazapil, que ha sufrido el impacto de la minería que ha despojado a sus habitantes de sus tierras y que ha convertido al activista en “el último guerrero de Salverna”.
Crónica del desierto
Así, las fotos en blanco y negro de Poulain retratan un páramo sí, desértico, pero también lleno de vida. A hombres dispuestos a seguir bajo el sol mientras a la tierra puedan llamarla hogar, y a niños que han habitado en esas zonas toda su vida y que “las conocen como la palma de su mano. Que pueden llevarte por el monte y los cerros como si nada”, como dijo la fotógrafa.
Esas visitas fueron, también, un regreso a la infancia de Poulain quien pasó una época recorriendo la tierra del ejido en el que vivía su abuela. De esa memoria, apunta, “viene ese entendimiento sin palabras con don Juan, por ejemplo, porque sabíamos qué tierra estábamos pisando, sabíamos de cuales plantas tienes que cuidarte porque sus espinas se encajan más… era también romper todo ese silencio con el clic de la cámara”.
Pero las imágenes revelan más que un paisaje, pues las instantáneas de Poulain muestran la profundidad de una cultura que se refuerza con ilustraciones hechas por Bollaín, y notas manuscritas de la fotógrafa en las que se relatan estampas e historias como la de María Medina, una mujer asesinada por José Torres, cuya memoria sigue presente en su tumba y cuyo relato recuerda a un corrido norteño.
Algo que solo puede aprenderse al compartir tanto con las personas de esos ejidos, en los que “llegábamos y podíamos comer. Fuimos a una pastorela, vivimos con las personas que están ahí, resistiendo”, finalizó.
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