Arte
Por
Livio Ávila
Publicado el lunes, 27 de octubre del 2025 a las 04:40
Saltillo, Coah.- En La Noche de las Reinas (Alfaguara, 2025), Vicente Alfonso vuelve a su mejor territorio narrativo: el cruce entre el periodismo y la ficción. Ambientada en Mazatlán, Sinaloa, su novela relata un impactante crimen inspirado en los certámenes de belleza de los años 70, en los que detrás del glamour hay también secretos.
Es 1978, los reflectores están sobre el concurso de Miss Universo en la capital, en medio de protestas de ciudadanos, estudiantes y obreros, donde conocemos al maquiavélico Gobernador de Sinaloa, Román Higareda: siempre lleva a su banda de músicos a donde sea, al son del poder, la corrupción y la violencia.
Higareda, mejor conocido como “El Tiburón de Escuinapa”, es el blanco de un arma accionada por Irene Aguilar horas antes de la gran final en el Teatro Ángela Peralta. Detrás de la cosificación de las mujeres y su desfile, donde incluso ellas portaban armas militares, se retrata este episodio en 24 horas, que la novela cronometra en 24 capítulos de intriga y distintos personajes.
Una novela que, aunque sucede en los 70, conecta con el México contemporáneo.
¿Cómo surgió tu interés por contar esta historia y cómo nació?
Empiezo a interesarme porque va apareciendo a lo largo de mi vida en diferentes temporadas. Un momento clave es 1978, en la segunda mitad de los 70. En el imaginario de mi familia, Mazatlán juega un papel importante: nací en Torreón en 1977, pero mis padres se mudaron a Mazatlán y pasé ahí mis primeros años. Ahí aprendí a hablar y a caminar, por eso elijo ese escenario.
(También) encontré, por ejemplo, en un libro de Vicente Leñero que se llamaba Talacha Periodística, y que ahora se llama Periodismo de Emergencia, una crónica que hace Leñero en el 76 que se llama La Noche de las Bellezas Frías, en donde se acerca con una mirada muy crítica a los certámenes de belleza. Me di cuenta de que había un lado oscuro que no se contaba: detrás de esas fiestas y celebraciones de paz y cultura había un caballo de Troya que reproducía prejuicios raciales y de género.
El libro tiene una gran base documental. ¿Cómo fue la investigación?
Fue un trabajo largo: tres años de documentación y poco más de cuatro meses de redacción. Yo he sido periodista por más de 20 años y me siento más cómodo narrando a partir de búsquedas en archivos, de entrevistas directas, etcétera. Muchas veces era como buscar agujas en un pajar, porque junto a esos certámenes había siempre una operación de imposición de narrativas felices, pero si uno busca, encuentra activismo, manifestaciones, y otro México que estaba ahí.
¿Cómo fue crear los personajes femeninos en este contexto cargado de
prejuicios?
Fue complejo, porque aunque la novela es ficción, parto siempre de bases reales. Estudié perfiles y testimonios de mujeres que participaron en certámenes de los 60, 70 y 80. Me interesaban aquellos que mostraban lo que no se veía: se decía que eran apolíticos, pero en los 70 era natural que las muchachas posaran en tanquetas o con armamento pesado de guerra, entonces ya estás promoviendo un discurso bélico, aunque digas que es apolítico.
También el dato de que en Sudáfrica tenían dos reinas, por este racismo que existía. Construir visiones distintas a la propia siempre es un reto. Para mí, escribir ficción es un ejercicio de escucha: buscar qué están diciendo los demás más que imaginar lo que yo creo que sienten.
Los certámenes de belleza son un espejo cultural. ¿Qué te interesa de ellos?
De niño eran vistos como algo inofensivo o incluso saludable: las familias se reunían a verlos. Pero eran ejercicios de cosificación. Pasaban por la pantalla imágenes bélicas y racistas: chicas retratadas en tanquetas o aviones de guerra. Eso me hizo preguntarme por qué asociamos la belleza con ciertos rasgos, con la piel o los ojos claros. Eso no es natural, es un aprendizaje social.
Uno de los personajes más potentes es el Gobernador, el Tiburón de Escuinapa. ¿Cómo lo concebiste?
Es una amalgama de varios políticos reales, como hizo García Márquez en El Otoño del Patriarca. Investigando, encontré prácticas reales increíbles: gobernadores con orquestas personales, zoológicos privados o mansiones que imitaban castillos europeos. El reto fue no quedarme regodeándome en esos excesos y mantener el ritmo narrativo.
¿Qué tanto han cambiado esos vicios del poder?
Ojalá el Tiburón hubiera sido un sólo gobernador, pero cada estado cree reconocer al suyo. Es lo triste: eran prácticas generalizadas. Aunque hoy hay más pluralidad política, confiarle el cambio del país sólo a los políticos es mala idea. El poder corrompe, y si la sociedad civil no está atenta, vuelven los tiburones.
¿Cómo describirías La Noche… dentro de tu obra y qué le ofrece al lector?
Es una novela atípica: la investigué durante años pero la escribí en cuatro meses. Combina realidad y ficción, no retrata un caso específico, sino procesos que siguen vigentes. El periodista Jacinto Garay, por ejemplo, representa la búsqueda de la verdad: antes faltaba información; hoy sobra, y debemos aprender a discernir qué es real y qué no.
“Quise hacer una historia ágil, que se desarrolla en 24 horas. Soy ávido lector de novela policiaca, sobre todo latinoamericana, y quería que el lector se quedara atrapado”.
Como autor con raíces coahuilenses, ¿cómo lees la literatura del norte?
“No hay una sola literatura del norte, sino muchas. Tenemos desde Élmer Mendoza hasta Enriqueta Ochoa, Julio Torri o José Revueltas. Por años se creyó que el norte no existía literariamente, pero está lleno de voces. En Coahuila hay autores valiosos. Son distintos nortes que dialogan con un mismo país”.
A LEER:
La Noche de las Reinas
Vicente Alfonso
Alfaguara, 2025
160 páginas
199 pesos
En librerías
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