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Ridículo

Por Juan Latapí

Hace 2 años

Uno de los temores predominantes en estos días es ser exhibido en las redes sociales donde cada usuario es juez implacable que acusa, condena sin recato, sin apego a la verdad y con toda la intención de ridiculizar a quien sea.

Publicar en las redes, más que una moda, se ha vuelto una costumbre, una obsesión e incluso una necesidad para la mayoría de los usuarios ávidos de exclamar que son “alguien” en esa gran masa anónima de la que todos formamos parte y a nadie importa. En ese afán de presumir y exhibirse los usuarios se instalan como inquilinos de ese aparador que todos pueden ver, opinar, juzgar, condenar y hasta destruir sin el menor de los miramientos; todo ello en la desenfrenada búsqueda de obtener seguidores, atraer los reflectores de la manera que sea y alcanzar la fama. Sin embargo, esta obsesión por exhibirse es la mejor manera de renunciar a la privacidad y a la intimidad a la que se supone todos tenemos derecho.

Hace apenas unos años era usual entre las jovencitas tener un diario en el cual anotaban sus ilusiones, amores e intimidades. Esos diarios eran unos pequeños libros de hojas en blanco que tenían un broche con una cerradura para que nadie más pudiera leerlo y quien lo hacía sin el consentimiento de la propietaria era visto como un intruso indeseable que atentaba contra la privacidad e intimidad de la dueña de ese diario. Hoy en día sucede exactamente al revés: en las redes se publican toda clase de intimidades con tal de figurar y sobresalir de cualquier manera entre la masa anónima y quien no vea ni comente esos contenidos es mal visto, como alguien obsoleto e incluso raro.

Al renunciar a la privacidad se abre la puerta para que cualquiera pueda atentar contra ese derecho, porque es muy fácil ser juez de los demás pero nada fácil convertirse en víctima del escarnio, del señalamiento, de la acusación calumniosa y ser blanco del temible ridículo. Aquello de que no hagas a otros lo que no quieras que te hagan a ti es vil letra muerta.

El temor al ridículo siempre ha existido. Por ejemplo, todavía se puede observar claramente en la nota roja de los periódicos, que todos critican pero muchos morbosos leen, porque siempre será más fácil regocijarse con la pena y la desgracia ajenas pero nunca con la propia, donde burlarse de los demás es botana que se transforma en ofensa cuando el ridiculizado es uno. Tenerle miedo al ridículo, a ser exhibido, ha llegado al extremo que cuando hay un accidente de tránsito, los involucrados antes de preocuparse por su salud, por el daño patrimonial o a ser detenidos, se mortifican más por no salir en la nota roja, temen más que nada al periodicazo, a ser exhibidos, al qué dirán y a final de cuentas ser ridiculizados. Se olvida que nadie se muere de un periodicazo –salvo las moscas- y que los errores cuestan y hay que asumir las consecuencias.

El temor al ridículo ha llegado al extremo entre los usuarios de las redes al convencerlos de asumir culpas ajenas haciéndoles creer que deben responder sin percatarse de que ello es como hacerle caso a lo que se lee en las paredes de los baños públicos y tomar dichas frases como una agresión personal.

Sin embargo, a pesar de todo lo anterior hay personas que no temen al ridículo, ya sea por cinismo -como los políticos y los sinvergüenzas- o por simple ignorancia. Claramente se puede observar con las promesas de campaña de los políticos, muchas de ellas ridículas, y una vez en el poder no las cumplen sin el menor recato y sin importarles en lo más mínimo hacer el ridículo por no tener palabra ni honor. Y no sólo los políticos sino también los sinvergüenzas. Si hacer el ridículo les favorece para conservar el poder y sus beneficios, no les importa, porque son maestros del cinismo.

Por otro lado, hacen también el ridículo por ignorancia quienes hablan sin conocimiento de lo que dicen con tal de aparentar estar bien informados o como conocedores de algún tema sin tener la más mínima idea. Por ejemplo los líderes camarales y sindicales en Monclova que declaran y opinan de todo lo que sea -como todólogos- y sólo hacen el ridículo. Bastaría revisar dichas declaraciones de hace algunos meses atrás para darse cuenta de sus ridículas y contradictorias opiniones. A final de cuentas hacer el ridículo sin el mínimo pudor también se le llama cinismo.

Sin duda que uno de los mayores temores en estos tiempos es la vergüenza de ser ridiculizado que incluso ha llevado algunas personas al suicidio, principalmente jóvenes. Sin embargo la pérdida de la privacidad, la intimidad y también la discreción a base de querer acaparar los reflectores de nada sirve y a final de cuentas resulta contraproducente y convierte a las personas en esclavos del “qué dirán” en esa gran masa anónima que a nadie importa.

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