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Roma, la Ciudad Eterna para los escritores que prefiguraron el actual turismo de masas

  Por EFE

Publicado el lunes, 11 de agosto del 2025 a las 09:51


La Ciudad Eterna ha sido tradicionalmente destino de escritores deseosos de contemplar ruinas de glorias pasadas

Ciudad de México.- Desde Montaigne a Rilke, pasando por Chateaubriand, Dickens, Twain, Melville, Goethe, James o Stendhal, la ‘Guía literaria de Roma’ presenta una visión distinta de la más artística de las ciudades, con los lugares imprescindibles de la Ciudad Eterna vistos por los genios de las letras.

La Ciudad Eterna ha sido tradicionalmente destino de escritores deseosos de contemplar ruinas de glorias pasadas y de asombrarse ante las maravillas del arte que guardan sus iglesias, palacios y museos.

Durante los últimos dos milenios, Roma ha sido una de las ciudades más visitadas del mundo, primero capital de un Imperio que dominó el Mediterráneo, luego centro de la fe cristiana y de peregrinación de fieles, y en el Renacimiento enclave imprescindible para el arte, la educación, la filosofía y el comercio, a la que acudían por igual artistas y banqueros.

Como recoge el prólogo de ‘Guía literaria de Roma’ (Ático de los Libros), fue en los siglos XVII, XVIII y XIX cuando la ciudad se estableció como una de las principales paradas del Grand Tour, ese viaje por Europa que todo joven aristócrata inglés debía hacer para completar su educación e imbuirse de la cultura, el arte, la filosofía y la arquitectura clásicas.

Los viajeros del Grand Tour eran eruditos, apasionados, amaban el lujo y podían pagárselo, y desde su mirada privilegiada sus percepciones influyeron en el imaginario de los posteriores visitantes, antes de que se abriera la puerta del turismo de masas en el siglo XX.

La visión de Montaigne, quizá el primero de todos esos viajeros modernos, la de Goethe, Chateaubriand, Mary Shelley y los demás autores que aparecen en el volumen trasladan al lector una mirada inocente de Roma, difícilmente sostenible en la actualidad.

Comienza el recorrido cronológico con el primer gran viajero, el geógrafo e historiador griego Estrabón, que habla de “la grandeza de Roma” que atribuye a “Pompeyo, el Divino César, con sus hijos, amigos, esposa y hermana, que han sobrepasado a todos los demás en celo y munificencia para adornar su ciudad”.

El propio Estrabón habla de la necesidad que tiene Roma de madera y piedra “para los trabajos de construcción provocados por el frecuente hundimiento de casas y por causa de los incendios y de ventas que nunca parecer parar”.

Con el objetivo de evitar estos males, refiere Estrabón, César Augusto “instituyó una compañía de libertos listos para acudir en caso de incendio, mientras que, a fin de prevenir los hundimientos de casas, decretó que todos los edificios nuevos no debían ser tan altos como los precedentes”.

En 1580, Michel de Montaigne emprendió un viaje a Suiza, Alemania e Italia y guardó sus impresiones en un diario publicado en 1774, mucho después de su muerte (1592).

Para Montaigne, que daba a Roma como vencedora sin ningún lugar para la duda en una comparación con París, sale en su defensa cuando dice:

Que estas pequeñas muestras de su ruina que aparecían aún eran testimonio de esta magnificencia infinita que ni tantos siglos ni tantos incendios ni el mundo entero conspirando reiteradamente habían conseguido extinguir por completo”.

Muchos no escondieron ese amor a primera vista con Roma en sus publicaciones, como Goethe, que contempló Roma como su universidad; Chateaubriand, Stendhal, Henry James o Rainer Maria Rilke.

Otros se fijaron en aspectos concretos, como Tobias Smollett, que habla de las termas de Caracalla y el Panteón; Percy Bysse Shelley, que lo hace del Palazzo Cenci; James Fenimore Cooper, que se fija en el Panteón y en las mujeres de Roma; Herman Melville, que pone su mirada en las estatuas romanas; Mark Twain, que pone el acento en San Pedro, el coliseo y las catacumbas; Hugh Macmillan, que lo sitúa en la Piazza di Spagna; o Edward Gibbon, que a partir del coliseo, habla del declive y caída del Imperio romano.

El único español incluido en el libro es Pedro Antonio de Alarcón, autor de ‘El sombrero de tres picos’, que cultivó el género de la literatura de viajes y que en 1861 publicó ‘De Madrid a Nápoles’ con las experiencias de un viaje realizado en pleno proceso de unificación de Italia.

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