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Saber sin fin

Por Abel Pérez Rojas

Hace 1 año

En el finísimo camino del hilo casi invisible la araña desafía la terca gravedad y la engañosa distancia, el hierro se desgasta con el frotar de la ventana, casi una imperceptible sinfonía endulza el ambiente cuando el viento transita entre las grietas de la madera, al mismo tiempo, dos enamorados entregan su saliva el uno al otro como si fueran enfermos recibiendo una transfusión. En la mesa dos dados, un pedazo de queso, dos galletas huérfanas y un poco de amor en un vaso con dos hielos y tres onzas de whisky. El tiempo a veces avanza, otras se detiene, la araña llegó a su nido, el viento cesó, los amantes se vaciaron, mientras un ojo ajeno dijo que en eso hubo poesía.

El ladrido del perro le sustrajo del sueño profundo, somnolencia tan honda que parece el ombligo de algún cenote maya aún inexplorado.

De vuelta en la realidad que no lo es, pero todos convenimos en llamarle así, sacude su melena de rizos con tal parsimonia que el tiempo se detiene, al menos eso indican las manecillas del reloj que se congelan al cuarto para las dos.

Sentada, sus curvas le presentan más esbelta.

El tatuaje a lo largo de su espalda desnuda imita una sustracción de cualquier cómic de Kentaro Miura.

Sus ojos cafés se pierden en la rendija que deja entrar una limosna de la luz del alumbrado público.

Tres cigarrillos y él no despierta.

Ella sigue con la mirada que ve, pero no ve.

Sus pies descalzos empiezan a sentir frío, prefiere subirlos a la cama desordenada.

Él continúa con un ronquido que para los oídos de ella ha dejado de ser perceptible desde hace rato.

Duda en fumar el cuarto cigarrillo o despertarle.

El vicio gana, “no hay cuarto malo”, pareciera afirmar con su acción.

Al fin despierta.

Ya vestida, ella se despide con un simple: “hasta luego”.

Él alcanza a decir adiós solo moviendo la mano.

La puerta de la habitación se cierra.

Con pesadez supina busca su ropa interior, los zapatos y pantalones ya los tiene a la vista.

Los dos sabemos que esta noche exponemos solo la piel, y así –como si se tratase de un repuesto–, guardar el corazón para otra oportunidad, quizá mañana, quizá en otro lugar, seguramente… con alguien más.

Dos figuras vacías, sin luz, toman rumbos distintos en tiempos diferentes; se pierden en la oscuridad.

Oscuridad es la constante, al menos para esas dos siluetas despersonalizadas.

En el horizonte la aurora adelanta un día maravillosamente soleado.

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