Nacional
Por JC Mena Suárez
Hace 1 semana
Querido lector, al cierre del 2025 –que fue un año de cifras que nos hablan de un Saltillo que ya no es el de nuestras abuelas, con 1 millón de habitantes estimados por el Inegi (un salto cuántico desde los 80 mil de 1950)– te invito a cerrar los ojos y viajar conmigo a esa ciudad que olía a pan fresco del Mercado Juárez y a jazmines de la Alameda.
Era un Saltillo de ritmos pausados, donde el domingo no era sólo de un día libre, sino un ritual que empezaba con la misa de 12 en la parroquia San Esteban y terminaba con la Banda del Estado tocando oberturas bajo los fresnos.
Imagina: a las 3 de la tarde, la familia completa se dirigía a uno de los tres cines que marcaban la agenda cultural. El Cinema Palacio, con su fachada Arte Déco, estrenaba grandes filmes norteamericanos, y las entradas costaban lo que hoy un café de cadena.
El Obrero –que después se rebautizó como Saltillo– ofrecía matinés para niños con palomitas, y el Royal en la calle Juárez, proyectaba westerns donde el bueno siempre ganaba.
No había múltiples, en centros comerciales; el cine era un evento social, con señoras en vestido de domingo y niños con zapatos boleados.
Antes de la película, el paseo obligatorio por la calle Victoria hasta la Alameda: mujeres con vestido dominguero, hombres en sombrero tejano, y jóvenes coqueteando desde las bancas.
El arroyo del Pueblo corría con abundante agua por la “calle de los Baños”, (hoy Murguía) y los niños jugaban a saltarlo sin mojarse.
Los comercios daban crédito: en la tienda de doña Chata comprabas abarrotes fiados hasta fin de mes, y en el Mercado Juárez elegías frutas frescas, carne colgando de ganchos y especias perfumando el aire.
No había supermercados; el mercado era el corazón económico, donde el regateo era arte y la confianza, moneda corriente.
La movilidad era simple: rutas de camiones como el Obregón, Ateneo, Xicoténcatl, Juárez y Circunvalación, te llevaban por 20 centavos a cualquier parte, o si preferías romanticismo, sitios de caballos y autos esperaban en la Plaza de Armas.
Por las noches, el Casino vibraba con conciertos de Carmen Harlan Laroch, y los bailes de la Sociedad Manuel Acuña reunían a todos con orquestas locales como las de Jonas Yeverino, Cárdenas, Tapia R. y Nicolás Cuevas. Era música viva, no playlist en Spotify; un viaje podía durar hasta el amanecer.
Y en los momentos tristes, la solidaridad se medía en esquelas; funerales El Socorro o Moya de la Fuente, donde la comunidad entera firmaba condolencias en el periódico local. Saltillo era una familia grande de 80 mil almas.
Según el Censo de 1950 –una ciudad donde todos se conocían, el PIB per cápita rondaba los 500 dólares anuales (ajustado a hoy) y la economía giraba en torno a la agricultura, minería incipiente y comercio local, sin el rugido de las armadoras que hoy emplean a 200 mil.
Ahora, abre los ojos al Saltillo de 2025: el Inegi estima 950 mil habitantes sólo en la zona metropolitana (censo 2020: 879 mil 522, con crecimiento anual del 1.8%) una urbe que multiplicó su población por 12 en siete décadas gracias al boom industrial.
El Mercado Juárez es un recuerdo nostálgico, reemplazado por hipermercados donde el crédito es plástico y el regateo, un algoritmo de descuentos.
Las rutas de camiones se han multiplicado en 50 líneas modernas, pero el tráfico de 500 mil vehículos diarios ahoga las mismas calles, ahora flanqueadas por malls y torres de oficinas.
Los cines son múltiples en plazas comerciales con boletos de 150 pesos, y la Banda del Estado toca esporádicamente en eventos patrocinados.
La Alameda sobrevive, entre corredores con auriculares; el arroyo del Pueblo es un canal porque por él corre agua contaminada, víctima de la urbanización.
Los bailes en la Sociedad Manuel Acuña cedieron a antros con Dj importados, y las esquelas ahora son posts en redes sociales, impersonales y fugaces.
Económicamente, el cambio es abismal: de una ciudad agraria con PIB estatal de mil 500 millones de dólares en 1950, (ajustado), pasamos a un HUB industrial con 65 mil millones en 2025 (Inegi y PIB), impulsado por automotriz (37.7% empleo) y nearshoring.
Pero el precio es alto: congestión urbana, contaminación (PM 2.5 ug/M3, el doble de los 50) y desigualdad (Gini 0.42), donde el crédito ya no es confianza vecinal, sino tarjetas al límite.
En este inicio de año, volvamos al pasado para no perderlo todo. Recordar el Saltillo de 80 mil habitantes nos invita a equilibrar el progreso: rescatar mercados tradicionales, revitalizar la Alameda como espacio familiar, y mezclar la innovación industrial con la cultura local.
Porque si el crecimiento nos hace olvidar las callejoneadas y los valses, ¿Qué queda de esa esencia coahuilense que nos hacía únicos?. El futuro de Saltillo no está en ser más grande, sino en ser más nuestro.
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