Saltillo

Publicado el domingo, 15 de febrero del 2026 a las 06:09
Saltillo, Coah.- A finales del siglo 19, cuando Saltillo todavía respiraba con el pulso lento de una villa provinciana y sus límites urbanos se desdibujaban entre huertas, acequias y caminos de tierra, dos pequeñas torres circulares se erigieron en la periferia. No eran caprichos arquitectónicos ni gestos románticos traídos de Europa: eran garitas recaudatorias. Puntos de control. Umbrales físicos donde la ciudad medía lo que entraba y lo que salía, y con ello, su propio crecimiento.
El arquitecto restaurador Isaías Reyna las nombra con precisión: torreones o garitas. Su esencia original, dice, fue llevar un control de mercancías, animales y personas que cruzaban los accesos principales. En un país que recién se adentraba en el porfiriato, con la modernización económica en marcha y la recaudación municipal como pieza clave del orden administrativo, no resultaba extraño que Saltillo instalara puntos de cobro en sus entradas. Muy probablemente, ahí se tasaban productos agrícolas, textiles, cargas comerciales. Ahí comenzaba… o terminaba la ciudad.
A finales del siglo 19, Saltillo no era la mancha urbana que hoy se desborda hacia todos los puntos cardinales. Sus límites eran claros: al sur, rumbo al Ojo de Agua; al norte, por el antiguo camino que hoy cobija al Colegio La Paz; al poniente, en la zona que ahora reconocemos por la calzada Madero y el Parque Hundido. En esos bordes, donde el campo y la ciudad se daban la mano, se levantaron estas estructuras circulares que hoy sobreviven como testigos mudos.

No existe un registro documental contundente que indique cuántas garitas hubo. Es probable —apunta Reyna— que en otros accesos también existieran estructuras similares, aunque quizá no con la misma forma cilíndrica. Lo que sí es un hecho es que las dos que aún permanecen son únicas en el estado. Construcciones de planta circular, de finales del 19, no abundan en Coahuila. Apenas se recuerda el llamado “Palomar” en General Cepeda como referencia semejante.
Si algo define a estos torreones es su materialidad: son profundamente saltillenses. En ellos se reconoce el tránsito arquitectónico de la época: del adobe tradicional al protagonismo creciente del ladrillo. El ladrillo comenzó a utilizarse en Saltillo como elemento decorativo, enmarcando puertas y ventanas, delineando cornisas, marcando remates. Con el tiempo cubriría fachadas completas. En las garitas ese proceso está en germen.
La estructura principal es de adobe, material noble, térmico, ancestral, con recubrimientos de tierra y cal. Los elementos de ladrillo, en cambio, aparecen en cornisas, remates y detalles ornamentales. En el torreón del Parque Hundido, las almenas evocan discretamente una arquitectura medieval reinterpretada bajo el eclecticismo de fin de siglo. En el del Colegio La Paz, los rombos y crucetas de ladrillo dialogan con las cornisas del Centro Histórico, donde el dibujo geométrico recuerda incluso al sarape, símbolo textil de la ciudad.
“No es casualidad. A finales del 19 el estilo neoclásico aún predominaba, pero el eclecticismo y los historicismos comenzaban a infiltrarse. Se retomaban formas del pasado como las medievales, coloniales y góticas para reinterpretarlas con materiales locales. Las garitas son hijas de esa transición: funcionales en su propósito, pero cuidadas en su ornamento”, asegura el especialista.

Saltillo nació en el siglo 16 y ha acumulado capas de historia desde entonces. Conventos, casonas, plazas, fábricas, barrios obreros. Cada época dejó su huella material. Las garitas recaudatorias representan el momento en que la ciudad comenzó a regular su crecimiento moderno, a medir su economía, a vigilar sus flujos.
Hoy, cuando los distribuidores viales y las avenidas sustituyen aquellos caminos polvorientos, cuesta imaginar que en esos puntos alguna vez se detuvo el tránsito para pagar un impuesto. Que alguien, desde una ventana, anotó cargas y mercancías. Que la ciudad cabía dentro de un perímetro vigilado.
Rescatarlas no es un acto nostálgico vacío. Es preservar la memoria de cómo fuimos frontera de nosotros mismos. Es recordar que Saltillo tuvo límites y que esos límites se materializaron en ladrillo y adobe.
Aún estamos a tiempo. Las grietas pueden cerrarse. Las cubiertas pueden rehacerse. Las almenas pueden consolidarse, pero sobre todo, la historia puede contarse. Y mientras haya quien la escuche, los torreones seguirán en pie, redondos y silenciosos, custodiando no ya mercancías, sino la memoria circular de una ciudad que no deja de cambiar.
“El peor enemigo de estas construcciones es el abandono”, insiste Reyna. No es el paso del tiempo, sino la falta de uso. Un inmueble habitado, barrido, observado, atendido en sus pequeñas fallas, prolonga su vida. Una gotera detectada a tiempo evita un colapso mayor. Una grieta vigilada no se convierte en ruina.
“
Saltillo ha perdido ya demasiadas piezas de su rompecabezas urbano. La Casa Coral en la Ibernia, apenas sostenida por su fachada, es ejemplo de lo que ocurre cuando la propiedad es de todos y de nadie. Cada demolición borra una línea de lectura histórica. Cada torre que cae nos deja sin referencia”, lamenta el arquitecto restaurador.

La restauración no implica convertirlo todo en museo. La ventaja del patrimonio es su capacidad de resignificarse. Las garitas podrían convertirse en pequeños miradores urbanos, en centros de interpretación histórica, en puntos culturales de escala íntima. Su dimensión reducida obliga a la imaginación: control de acceso simbólico, espacio expositivo mínimo, cápsula del tiempo.
“Más que la función específica, lo urgente es el reconocimiento. No se puede amar lo que no se conoce. No se puede defender lo que no se entiende. Apropiarse del patrimonio no es poseerlo, sino integrarlo a la identidad colectiva”, señaló.

Aunque hoy vemos principalmente torres huecas y mutiladas, todo indica que ambas edificaciones fueron de dos niveles. Los mechinales —esos huecos en el muro donde descansan vigas de madera— delatan la existencia de un entrepiso. La cubierta, con vigas trabajadas y tablones, responde a técnicas ya evolucionadas de la época: madera más regular, dimensiones estandarizadas, posible terrado superior.
En el interior, nichos o antiguas ventanas hoy cegadas sugieren adaptaciones posteriores. El abandono ha borrado parte de su configuración original, pero no su esencia constructiva. Y a pesar de las grietas, grafiti y oquedades, la estructura permanece firme. El adobe, bien mantenido, puede resistir siglos; lo que no resiste es el olvido.
El contraste entre ambas torres es dolorosamente evidente.
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