Arte

Publicado el jueves, 28 de octubre del 2021 a las 04:10
Saltillo.- Una de las frases que más se recuerdan del director de cine Guillermo del Toro, es esa que dice que los monstruos le han salvado la vida y que por ello se siente en deuda.
Los seres que aterran a los niños cambian cuando uno es adulto, pues la metáfora que les da vida se vuelve más lúcida cuando se ve el lado humano de estos y ese es, quizá, el mayor acierto de Un Monstruo Viene a Verme, historia que la novelista inglesa Siobhán Dowd dejó a la posteridad como un germen que se convirtió en libro gracias al trabajo de Patrick Ness. Esta fábula ha crecido hacia otras ramas del arte como el cine, en el filme dirigido por el español Juan Antonio Bayona en 2016, y el teatro, que en Saltillo cuenta con la dirección de Armando Tenorio y la producción de Cuarta Pared Teatro.
El montaje, que inició su temporada el viernes y la mantendrá hasta el 14 de noviembre, presenta una pieza intensa, oscura y, a la par, conmovedora, que bien podría mantener un diálogo directo con el cómic I Kill Giants que recala en el mismo tema: cómo un niño enfrenta la enfermedad terminal de su madre.
En el caso de la obra teatral, Connor, el papel principal recae en el joven Roberto Mauricio. Un niño de 13 cuya madre (Alejandra Ugalde), ve su salud minada por una extraña afección. Esto sucede, además, en medio de una difícil relación con su padre (Carlos Morales).
Así, la tensión principal recae en el trabajo actoral de Mauricio, un papel que exige de él un cambio instantáneo que lo pueda llevar de la confusión a la furia explosiva, lo cual logra en su trabajo corporal, aunque quizá sacrifica su voz, la cual no logra transmitir de forma completa la fuerza de la ira. Efecto seguramente del estreno frente a público. Su gesticulación, en cambio, logra mostrar la mirada de un niño perdido en el camino a la adultez sin la guía de sus padres.

El terror, sus facetas
Esto podría ser un elemento en contra si no existiera el Monstruo (Donaldo Duarte). Un ser arboreo que es, casi, la contraparte del protagonista. Un ser irreal que es capaz de demostrar una imponencia profunda y casi aterradora en sus escenas. Su voz, a diferencia de la de Mauricio, suena como un trueno en medio del bosque: con la misma fuerza y potencia, la cual se enmarca en una banda sonora hecha por el chelista José Parra, cuyos cambios de melodía pueden convertir la escena en un íntimo y conmovedor momento entre madre e hijo o, como en el caso de las apariciones del Monstruo, un oscuro episodio.
A las actuaciones principales se suma la de la abuela (Adriana Ramírez), y un grupo de bullies (Mía Anahí, Víctor Lara y Ángel Robledo) que se dedican a acosar al joven Conor en la escuela. Es en una de las escenas con este grupo, en las que Connor ofrece una de sus interpretaciones más fuertes, la cual se ve reforzada, además, por una escenografía minimalista conformada por una serie de pupitres, mismos que pueden formar una cama o una jaula para aislar a nuestro protagonista.
Esa misma sensación de soledad que pueden conferir solo seis pupitres, se refleja además en la otra omnipresente parte de la escenografía: un bosque de ramas secas, tristes pero también amenazantes, parte del monstruo que guiará al protagonista en un viaje de aceptación personal.
Así, el trabajo de la producción de Cuarta Pared Teatro se revela nuevamente como uno bien pensando y que se puede ejemplificar con otros montajes a su cargo como Avenida Q, In the Heights o Misery.
En definitiva, Un Monstruo Viene a Verme no es una pieza fácil de mirar, pero sin embargo sí llega a la cercanía emocional que se plantea. Es fuerte, es dolorosa, pero también esperanzadora. Es, como dijo el escritor Michael Ende alguna vez, una obra para niños que pueden disfrutar los adultos.
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