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Coahuila

¡Se nos hizo el Saltillo!…y Saltillo se quedó para siempre

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 2 años

La fundación y los aborígenes

Hay quienes aseguran que este lugar fue el primero al que llegaron portugueses y españoles y que alguien exclamó “Se nos hizo el Saltillo”, por la pequeña cascada que formaba el chorro del ojito de agua que desembocaba metros abajo en el arroyo de la Tórtola y Saltillo se quedó.

Desde la mesa del Ojo de Agua, dice el doctor José de Jesús Dávila Aguirre, los conquistadores observaron la planicie que se formaba hacia el norte y donde se recuesta la ciudad. Existían en el valle numerosas Ciénegas y dos o tres arroyos, con abundante vegetación formada por nogaleras, alisos, fresnos, sauces, mezquites y huizaches, arbustos, cactáceas y pastos.

La fauna muy abundante con especies de cíbolos (especie de bisonte americano), borregos silvestres, venados bura, alazán, cola blanca y berrendos, así como osos, jabalíes, pumas, coyotes, tejones, gatos monteses, conejos, liebres y los denominados “perros de la pradera”, que realmente son roedores. Así como guajolotes silvestres, gansos, patos, perdices, codorniz, agachones, canelos, etc.

En cuanto a la fundación, uno de los testimonios más fehacientes localizado en la era moderna es el “documento del Parral”, descubierto por el brillante investigador e historiador Wigberto Jiménez Moreno, en 1951, que vino a  imponer la fecha de la celebración de la fundación del Saltillo. Jiménez Moreno, encontró que el establecimiento de la villa fue en 1577, sin embargo, no se establece ni el día, menos el mes. La administración gubernamental de Óscar Flores Tapia adoptó la fecha del 25 de julio, para conmemorar por primera vez en la historia de la ciudad 400 años de su fundación, con grandes celebraciones en 1977.

El Documento del Parral es una carta dirigida por don Luis de Valdés, gobernador de la Nueva Vizcaya, a don Martín de Zavala, gobernador del nuevo Reino de León, debido al alegato por la jurisdicción de las minas de San Gregorio y Nueva Almadén.

“Habiendo visto y reconocido los archivos de mi Gobierno desde tiempo antiguo y vista la fundación y erección de la villa del Saltillo, que fue fundada en el año de 1577 por el capitán Alberto do Canto y Díaz Vieira (portugués), alcalde mayor de las minas de San Gregorio y Valle de Extremadura, que todo era y es jurisdicción de esta Nueva Vizcaya, el cual pobló con comisión del señor Martín López de Ibarra, gobernador que fue de este reino, y la erección y fundación de la Villa de Saltillo.

 

Los aborígenes

Españoles y portugueses, como es lógico suponer, encontraron en los habitantes del lugar sujeto a la conquista a individuos calificados como belicosos, pero lo cierto es que ellos sólo defendían su pertenencia, contra un grupo de intrusos que repentina e improvisadamente pretenden apropiarse de algo que no era de ellos. Los huachichiles, la etnia propietaria de lo que ahora conocemos como Saltillo, estaban continuamente en guerra con sus vecinos y otros grupos más lejanos, a veces por cosas sin importancia, pero ahora sí tenían un motivo, pues “su casa” de pronto fue invadida por gente extraña, sujetos que jamás habían visto en el área, y menos a bordo de los caballos, toda una novedad, pues ellos vestían rudimentariamente, casi desnudos. Las partes nobles las cubrían con un pedazo de piel de cualquier animal, prenda a la que los conquistadores denominaron “taparrabos”, que no sólo cubrían la parte trasera, sino el frente de los aborígenes.

Los huachichiles, los rayados o borrados, propietarios del valle, eran tipos que no rebasaban el 1.65 de estatura, magros, erguidos, de una gran capacidad torácica; brazos largos y musculosos, cráneo “dolicocéfalo”, con la frente ligeramente deprimida, su piel era bronceada un poco oscura, facciones no mongoloides, cabello grueso y negro. (Rubín de la Borbolla)

Eran seminómadas que ocupaban campamentos como base de sus expediciones. Vivían de la recolección de raíces y frutos propios de la región, así como de la caza y esporádicamente de la pesca. Sus viviendas eran pequeñas chozas cónicas, hechas con ramas, zacate y barro, generalmente en semicírculo y en medio el fuego, y un lugar especial para sus ceremonias y festividades; sus armas esencialmente eran el clásico arco y la flecha –de cuyo armamento eran muy diestros–, pero también utilizaban cuchillo y lanza para la caza mayor.

Su indumentaria era de trozos de piel o tejidos de fibras, usaban sandalias para protegerse de las espinas y guijarros. El pelo largo y recortado en la frente, y para evitar que el viento les cubriera la cara o para mantener fijo el pelo utilizaban una franja o tira de piel. Se pintaban la cara y el cuerpo y a veces también el cabello.

La mujer con el torso descubierto solía ceñirse el famoso taparrabos, un poco más largo que el de los varones, aunque en algunas festividades usaban otro tipo de prendas bordadas, con caracoles colgando, piedrezuelas o carrizos para hacerlos sonar mientras caminaban o bailaban en los eventos de la propia tribu.

Los huachichiles eran los dueños de una extensa área que comprendía desde la parte sur de la meseta del Ojo de Agua mayor, hasta la Mesa de Arizpe, las nogaleras y la colonia Buena Vista, colindante con los ahora terrenos de la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro, las márgenes del Arroyo del Pueblo, cerros, valles y cañadas circunvecinas hasta llegar a General Cepeda. Los borrados o rayados ocupaban la parte baja del valle al oriente y norte; sus arroyos, las márgenes de las ciénegas, en una zona comprendida por lo que ahora es el municipio de Arteaga, la sierra que adopta el nombre, en honor al gran jefe indio Zapalinamé, así como Ramos Arizpe y toda la región montañosa al norte noroeste de la ciudad de Saltillo.

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