La sucesión estatal se encuentra en marcha. El gobernador Miguel Riquelme no dio la salida, pero tampoco puede detenerla. En el caso de su partido, al contrario, la alienta, pues haber retenido Saltillo y recuperado Torreón le permitió ampliar su baraja, hasta hace poco, limitada. El lagunero sabe, por experiencia propia, que la alternancia acecha y podría llegar en 2023, como estuvo a punto de ocurrir hace cuatro años. El escenario para el PRI es complicado y una decisión equivocada podría darle la puntilla. De las ocho entidades ganadas por Morena al Revolucionario Institucional en junio pasado, Campeche y Colima jamás han sido gobernadas por siglas distintas a las tricolor.
El senador Armando Guadiana se sacudió el traje de luces después de haber sido revolcado en las urnas el 6 de junio, y acaba de inaugurar una casa de gestoría. La intención salta a los ojos: hacerse, por segunda ocasión, con la candidatura del partido guinda, la cual sigue en el aire. La mejor oficina de gestión, para su proyecto e intereses, hubiera sido la Presidencia de Saltillo, pues le habría dado presupuesto, cobertura mediática permanente con cargo al erario y estructura electoral para neutralizar la principal base de votos del PRI. Sin embargo, por haberse confiado, deberá empezar de cero.
Verónica Martínez, quien, como Guadiana, viene de perder su última elección, también está en campaña. Si la lagunera -una de las cartas de Riquelme para sucederle- ocupa hoy un lugar en el Senado se debe a varios factores: 1) haber encabezado ella, y no Jericó Abramo, como correspondía, la fórmula para la Cámara alta; y 2) haber sido el PRI la primera minoría en 2018. El tándem triunfador fue el de Guadiana y Eva Galaz. Después de tres elecciones consecutivas de obtener los asientos de mayoría relativa, el PAN coahuilense no tiene ahora ninguno.
La apuesta de Martínez -como diputada local legalizó el “moreirazo”- consiste en que el PRI nombre candidato en Coahuila en función de género. Si el criterio de paridad, obligatorio por la reforma constitucional de 2019, promovida por el presidente Andrés Manuel López Obrador, hubiera existido antes, en 2017 la postulación habría recaído en la senadora Hilda Flores. Por ningún motivo Peña Nieto habría sacrificado a su primo Alfredo del Mazo en Estado de México para apoyar al delfín de Rubén Moreira.
Ignoro si la senadora lagunera abrirá, como Guadiana, una casa de gestoría, o si ya la atiende, lo cual, en ambos casos, es irrelevante. Pues, como José de las Fuentes decía de quien le disputaba la nominación y era afecto a organizar carnes asadas para ganar adeptos: “Mientras no haga una en Los Pinos, no hay de qué preocuparse”. Martínez no necesita instalar una oficina de trámite y promoción de obras pequeñas. Ya la tiene en Palacio de Gobierno, donde surgirá el candidato del PRI, hombre o mujer, de acuerdo con la Constitución.
Mientras Guadiana saluda con sombrero ajeno (los proyectos de la 4T), Martínez se placea por el estado, celebra reuniones con alcaldes, grupos sociales, empresarios e incluso con funcionarios de la 4T y acompaña a Riquelme en giras regionales y a Ciudad de México. Sin embargo, en los partidos aún predomina la cultura machista -quizá menos en Morena, como se aprecia en el Gabiente y en el número de gobernadoras electas-, digánlo si no las “juanitas”, cuya desaparición también obedece a una reforma constitucional. En los comicios de junio, todas las candidatas postuladas por la coalición Va por México (PAN-PRI-PRD) perdieron. Solo la panista María Eugenia Campos ganó, a pesar de la oposición del gobernador Javier Corral. Al final, ni Guadiana ni Martínez podrían aparecer en las boletas en 2023.
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