El 8 de marzo es el Día Internacional de la Mujer. Así lo reconoció la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas en diciembre de 1977, para conmemorar la lucha de las mujeres por garantizar sus derechos y su participación en la sociedad en condiciones de igualdad con los hombres. No se trata de una competencia entre hombres y mujeres, sino de una lucha por tener las mismas oportunidades y, mediante estas, una vida plena y feliz.
Es cierto, los avances, especialmente en términos de reconocimiento jurídico de los derechos, han sido importantes y son evidentes. Sin embargo, la desigualdad entre hombres y mujeres sigue existiendo y quizás es incluso mucho más visible que las mejoras en las condiciones de vida.
Por mucho tiempo (y en muchos contextos lo sigue siendo), el derecho y la justicia han sido cómplices en la construcción y el mantenimiento de la desigualdad, la discriminación y la violencia por razones de género. Se trata de grandes productos de la arquitectura patriarcal de nuestras sociedades, que se han encargado de fomentar una cultura de subordinación hacia las mujeres.
¿Cuál es la finalidad? Controlarlas.
¿Por qué? En este caso, las respuestas pueden ser muchas y variadas. En lo personal, considero que tratamos de controlar lo que nos interesa conseguir o lo que pensamos que puede ser un obstáculo para alcanzar nuestros objetivos. O incluso podemos querer controlar lo que sentimos que nos puede poner en peligro o que nos da miedo.
¿El resultado? Una persistente desigualdad, discriminación y violencia contra las mujeres por razón de su género. El número de feminicidios en muchos países nos da una imagen clara y, al mismo tiempo, demasiado triste y preocupante de una realidad de fuerte violencia que vivimos las mujeres. Pero esa es solo la punta de un iceberg de violencia mucho más grande.
Sin embargo, no podemos echarle toda la culpa a la falta de reconocimiento jurídico de una igualdad real y efectiva entre hombres y mujeres. Esta desigualdad también tiene profundas raíces culturales que, por envidia, miedo e inseguridades, nos llevan tanto a hombres como a mujeres a seguir discriminando. Pero hay un elemento más que creo importante destacar, especialmente en la actualidad. Estamos viviendo un gran momento histórico en el que temas como empoderamiento y amor propio ya forman parte del discurso colectivo y de la conciencia de muchas personas.
Sin embargo, la violencia cultural que sufrimos las mujeres también nos hace creer que está mal priorizarnos. Nos coloca en un espacio donde debemos servir a los demás y donde nuestras necesidades siempre vienen después de las exigencias de alguien o algo más: nuestra familia, nuestros hijos, nuestras parejas, nuestras amistades, nuestro trabajo o nuestros compromisos sociales, familiares y políticos.
A las mujeres nos enseñaron que debemos estar siempre un paso atrás, que ese es nuestro lugar. Y no hay peor error que seguir creyendo que esa es la verdad. Muchas veces somos nosotras mismas el principal obstáculo para nuestra felicidad. Lo somos cuando dejamos de creer en nuestros sueños y en que podemos conseguir todo lo que nos propongamos. Lo somos cuando pensamos que la felicidad de los demás, incluso de quienes más amamos, es más importante que la nuestra y merece toda nuestra atención y esfuerzo.
Demos un paso adelante y empecemos a amarnos. Amarnos no significa ser egoístas ni dejar de cuidar a los demás. Simplemente necesitamos encontrar un equilibrio entre nuestras necesidades y las de otras personas. Sabremos que encontramos este equilibrio cuando sintamos paz y tranquilidad. Escuchemos nuestro corazón: él tiene las respuestas que buscamos.
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