Más de 25 años como profesor universitario me han permitido entender que la dimensión de esta profesión está en aquello que sucede y no alcanza a registrarse en calificación. Cuando comencé a dar clases, tenía una idea distinta de lo que significaba ser profesor; como ocurre en muchas cosas de la vida, uno cree que llega a enseñar porque se ha preparado y con el tiempo entiendes que el salón funciona en dos sentidos, llegas pensando que vas a enseñar y terminas aprendiendo.
He tenido la fortuna de conocer generaciones enteras de estudiantes. Algunos llegaron con claridad sobre lo que querían hacer con su vida y otros tratando de descubrirlo. Cada uno, a su manera, ha dejado algo en mí, algo que pocas veces se dice cuando hablamos de la labor docente; se habla de la importancia de que un profesor deje huella pero debemos hablar de la huella que las y los estudiantes dejan en sus profesores, razón que da sentido al entrar a un salón de clases.
He aprendido de estudiantes que me han hecho cuestionar ideas que yo daba por sentadas. He aprendido de quienes se han acercado después de una clase para plantearme una duda que parecía sencilla y termina convirtiéndose en una conversación profunda. He aprendido de quienes han tenido el valor de decir que no están de acuerdo y de quienes, con su propia historia, me han recordado que existen realidades que a veces desconocemos.
Un profesor recibe historias de sus alumnos en su salón, recibe jóvenes que vienen cargando problemas familiares, preocupaciones, inseguridades, sueños, frustraciones y también ganas de salir adelante. A veces no necesitan únicamente que alguien les explique un tema; necesitan que alguien confíe en ellos, que los escuche, que les exija porque sabe que pueden dar más o simplemente que les recuerde que una mala etapa no define toda su vida.
Con los años he comprendido que enseñar no significa tener siempre respuestas; un buen profesor debe reconocer cuando no sabe algo y tener la disposición para seguir aprendiendo. La universidad no puede ser un espacio en el que solamente los estudiantes aprendan de sus profesores, es un lugar de encuentro, de intercambio y de construcción permanente. La educación cambia porque la sociedad cambia, y los profesores tenemos la responsabilidad de entender ese cambio, sin perder la disciplina, el compromiso, el respeto y la responsabilidad de formar personas.
En mi caso, hablar de la docencia en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila es referir una parte fundamental de mi vida profesional, casi 26 años vinculados a la vida académica donde quizá algunos recuerden una clase o una recomendación. Tal vez alguno recuerde una conversación que para mí parecía cotidiana y que para ellos significó algo distinto. Eso forma parte de ser profesor, no sabemos qué momento nuestro, puede quedarse en la memoria de un estudiante.
La docencia es una responsabilidad, porque participamos en la formación del carácter de nuestros estudiantes. Podemos enseñarles con ejemplo la importancia de cumplir, de prepararse, de respetar y de hacer las cosas bien, incluso cuando nadie está mirando. Después de años, me queda claro que ser profesor, es trabajar con honestidad y compromiso, para cuando miren hacia atrás, puedan reconocer que hubo profesores que aportaron algo a la persona en la que se convirtieron y nosotros aceptar que tampoco salimos iguales después de cada generación.
Ser profesor es enseñar, escuchar, orientar, exigir, comprender y dejarse cuestionar. Es compartir conocimientos y compartir una parte de la experiencia que la vida nos ha permitido acumular. Cuando pasan los años, entendemos que el legado está en cuántos estudiantes salieron al mundo siendo un poco mejores, más preparados y más conscientes de lo que pueden llegar a construir. Esa es, para mí, la satisfacción de ser profesor; seguir aprendiendo mientras intentamos dejar algo que les sirva para toda la vida.
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