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Coahuila

Si te cuesta tu paz mental, es demasiado caro

Por Irene Spigno

Hace 3 años

¿Existe un derecho humano a la paz mental? Probablemente, si lo buscamos en algún documento jurídico, no lo encontraremos. Quizás tampoco haya habido alguna demanda judicial que solicite una reparación por la violación de nuestra paz mental. Sin embargo, existe un concepto, el de daño moral, que de alguna manera lo contempla.

Según una definición ampliamente aceptada, el daño moral engloba todas las posibles afectaciones que una persona pueda experimentar en sus sentimientos, afectos, creencias, decoro, honor, reputación y vida privada, entre otros. Su reparación suele darse en casos donde el daño moral es consecuencia de otro acto ilícito, ya sea penal o civil.

Pero ¿cuántos de nosotros hemos experimentado afectaciones en nuestra paz mental sin que ello derive de un acto considerado ilícito por el derecho?

Existen traiciones, mentiras y faltas de respeto que el derecho no sanciona y que, aunque permanecen en la esfera de lo jurídicamente irrelevante, nos impactan profundamente, tal vez en exceso, desde el punto de vista emocional. Estas situaciones nos generan angustia, ansiedad, en muchos casos dolores físicos, insomnio, falta de concentración, entre otros. La lista de síntomas puede ser extensa.

Necesitamos tranquilidad y paz mental en todos los ámbitos de nuestra vida (personal, sentimental, familiar, amistoso, profesional, etc.), y en muchas ocasiones estos se ven afectados cuando la frustración se apodera de nosotros.

La frustración es simplemente una señal de que nos estamos alejando de nuestra verdadera esencia, o bien porque no logramos comunicar lo que sentimos, necesitamos y deseamos, o porque no nos sentimos escuchados y, aún peor, comprendidos.

La interacción humana, en todos sus niveles, es compleja. A menudo nos comunicamos adoptando una postura conflictiva, agresiva o defensiva. Y esto suele suceder cuando una (o ambas) de las partes persiguen objetivos diferentes y realmente no existe la voluntad de alcanzar un acuerdo.

Cuando existe voluntad u objetivos compartidos, la comunicación suele fluir sin inconvenientes, ya que ambas partes tienen el interés y la disposición de alcanzar un acuerdo. Sin embargo, no hay nada más agotador que intentar comunicarse con personas que no muestran intención de dialogar y que se aproximan a la conversación sin la predisposición de llegar a un entendimiento.

No hay nada más frustrante que interactuar con alguien que no está dispuesto a ceder en sus posturas, que no muestra interés en escuchar las necesidades de la persona que tiene enfrente y que no desea asumir la responsabilidad de las consecuencias de sus acciones.

Estas dinámicas comunicativas resultan sumamente frustrantes. No sentirse comprendido, escuchado o valorado, ya sea porque no logras expresar adecuadamente lo que sientes o porque tienes enfrente a alguien a quien no le interesa lo que estás diciendo, afecta nuestra estabilidad emocional.

Sea cual sea la razón, queda la frustración y esta, inevitablemente, va conquistando espacios en nuestra mente y corazón que solo deberían ser ocupados por tranquilidad y paz mental. Sea cual sea la razón, el contexto o el espacio, no tener paz mental es un costo demasiado alto que no vale la pena pagar.

Independientemente de la razón, persiste la frustración y esta, inevitablemente, va ocupando espacios en nuestra mente y corazón que deberían estar reservados para la tranquilidad y paz mental. Sin importar la razón, el contexto o el escenario, perder la paz mental es un precio demasiado alto que no deberíamos pagar.

 

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