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Sicarios adolescentes: matar para vivir

  Por Abdel Robles

Publicado el domingo, 14 de diciembre del 2008 a las 20:44


A los 12 años, J. enfrentó un juicio en el Tribunal para Menores debido a que portaba un arma de uso exclusivo del Ejército

Ciudad Juárez, Chihuahua.- A los 12 años, J. enfrentó un juicio en el Tribunal para Menores debido a que portaba un arma de uso exclusivo del Ejército; después de un año de estar encerrado o “torcido”, volvió a su colonia, de donde salió como uno de los pandilleros más temerarios. Tres años después, en una batalla callejera disparó contra un par de jóvenes iguales a él pero de otros barrios.

J. siempre lo tiene presente. Eran las cuatro de la tarde. Los chavos contra los que usó su pistola tipo escuadra calibre .380 estaban en el suelo y pedían que los perdonara, pero al verlos tirados, con el terror en sus caras, los ejecutó. Todavía, cuando llega a dormir, sueña con esas caras, sobre todo con la de uno de ellos: ese tenía 16 años, acababa de llegar a Juárez y no tenía ningún conflicto con él.

Lo detuvieron e iba a ingresar por segunda vez al Consejo Tutelar, pero fue rescatado antes por los narcos que controlan colonias de la zona Poniente de Ciudad Juárez.

“Ahora trabajas para nosotros”, le dijeron a J. Tenía que pagar su libertad. Ahora tiene 17 años y es uno de los sicarios de La Línea, uno de los cárteles que lucha por controlar el trasiego de droga por esta ciudad fronteriza.

En el barrio se le mira tranquilo. Habla de futbol y a veces de música, pero de pronto recibe llamadas a su teléfono celular. “Vente, hay un ‘evento’”, le dicen. Y J. deja lo que está haciendo, oculta su escuadra entre la ropa y espera a que pasen por él para ir al “jale”, a ejecutar a quien le indiquen, con la certeza de que, si la policía lo agarra otra vez, los jefes arreglarán su liberación para que él siga en deuda con ellos.

Muchos menores de edad que viven en los barrios pobres de Ciudad Juárez tienen historias similares y en los últimos tres años han sido reclutados por las bandas del narcotráfico, que necesitan un ejército para librar la guerra interminable en las calles. Según un reporte de la Procuraduría General de Justicia de Chihuahua, este año, del 1 de enero al 6 de diciembre la violencia ligada al narco ha cobrado mil 443 vidas en esta ciudad, casi el 30% de las poco más de 5 mil ejecuciones en todo el país.

“Son la carne de cañón del crimen organizado”, señala al respecto Teresa Almada Mijares, directora del Centro de Asesoría y Promoción Juvenil, que ha seguido con detalle cómo aumenta la participación de los jóvenes en delitos graves y, en consecuencia, cómo al menos en el último año y medio engrosan las cifras de fallecidos.

Dice Almada Mireles: “Se ha ido creando una condición muy favorable para que muchos s jóvenes pobres en Ciudad Juárez sean vinculados a la delincuencia organizada. Es una población que a nadie le importa: provienen de familias en condiciones precarias, hijos de migrantes unos, y otros de madres solteras; (están) abandonados por el trabajo en la maquila, sin educación y sin alternativas.

“Las vidas de muchos de estos jóvenes transcurren entre la informalidad y la ilegalidad. Son un poco estudiantes, un poco delincuentes. Algunos alternan actividades, la hacen de polleros, de puchadores (distribuidores de droga) y ahora de sicarios. A eso hay que sumar que hay un consumo muy extendido de drogas y una debilidad en las instituciones políticas y sociales muy acusada”.

“TODO ESTÁ ARREGLADO”

Con sus calles sin pavimento ni iluminación, casas de materiales precarios e incluso improvisadas con desechos industriales, las colonias del poniente de Ciudad Juárez son el campo de batalla de las bandas controladas por los cárteles que se disputan la plaza: La Línea y el cártel de Sinaloa.

Por eso los juarenses viven en permanente zozobra. No hay día ni noche sin balacera. Casi no hay niños en las calles. Los parques, construidos por las comunidades ante el abandono gubernamental, ya son puntos de distribución de drogas.

Por miedo, la gente no denuncia ni siquiera las lesiones que han sufrido en el fuego cruzado. Se siente la amenaza. De hecho, durante el recorrido de la reportera insistieron en que no se les identificara porque los capos pueden aplicar represalias.

En el centro de la ciudad y en colonias como La Cima, la distribución de enervantes se lleva a cabo abiertamente, aunque los soldados patrullan continuamente. Los jóvenes vendedores ofrecen sus productos en las banquetas y esquinas de calles poco iluminadas: piedra, heroína, inhalantes y cocaína. La mariguana sólo a veces, porque en estas fechas escasea, según los vendedores “porque toda se entrega directo a Estados Unidos”.

La piedra es la droga que más consumen los juarenses en colonias populares. Por una dosis pagan 60 pesos.

Ningún movimiento se les escapa a los cárteles. Jóvenes de entre 18 y 20 años patrullaban en carros sin placas y vigilaban los pasos de los reporteros, de día y de noche, cuando se acercaban a un punto de venta.

“Son los que traen la merca, pero también traen armas”, comenta un joven de estas colonias. Cuando esos vehículos llegaban a los puntos, creaban tensión entre los vendedores y sus clientes potenciales, pues, según dijeron varios de ellos, no podían prever lo que harían al ver periodistas.

La Cima, donde la venta de enervantes las 24 horas ya es casi tradición, está a menos de 200 metros del Centro Deportivo Altavista, donde acampan soldados. Pero los encargados de los puntos de venta no les tienen miedo porque, dicen, “todo está arreglado”.

L. es un joven que atiende uno de estos sitios. “El narco te da pistola –asegura– y uno puede estar vendiendo sin problema. Si llega un policía puedes decirle que se vaya porque estás trabajando. Nomás le doy el nombre del patrón y aunque traiga armas no dicen nada. Pero si viene el Ejército o los federales, te van avisando por radio y escondes la merca y el fierro, y no pasa nada, nomás te revisan y ya.

“¿Drogas? No podemos consumirlas, está prohibido porque el patrón quiere que andes al tiro, alerta; si te agarra consumiendo, no te la acabas. Uno puede cuando termina el turno, pero la mayoría no le hacemos a eso”.

SIN EXPECTATIVAS

Ejercicios psicológicos realizados en la Escuela de Mejoramiento Social para Menores (EMSM), que antes era el Consejo para Menores, demuestran que la muerte ronda siempre el pensamiento de estos jóvenes, al grado de que ni siquiera se imaginan cómo será su vida después de cinco años.

Cristina Ramos, directora de la EMSM, resume cómo ha evolucionado la situación:

“Antes los muchachos que venían por portación de arma provenían de pandillas, vivían al día y no se visualizaban más allá de cinco años. Ahora las cosas son peores. Los que están aquí vienen por delitos fuertes, vinculados a la delincuencia organizada. Hemos hecho ejercicios con ellos y lo más que llegan a visualizarse es en dos años, cinco años es mucho, porque saben que lo más seguro es que van a morir. Para ellos esa es su realidad, y aunque están aquí por otros delitos, cuando los escuchas hablar, porque alardean, te das cuenta que muchos andan en eso, en el sicariato”.

Por ejemplo A., un joven sicario, escuchó una charla en su colonia sobre el calentamiento global y los riesgos que implica para la humanidad. Y dio su opinión: “¿Para qué me preocupo, si en un año me van a matar?”

SIN SALIDA

» La Procuraduría estatal ofrece datos preocupantes: en la zona poniente de Ciudad Juárez, donde se concentra el 42% de la población, sólo existen dos preparatorias. El 30% de la población de entre 12 y 15 años no estudia ni trabaja. En toda la ciudad, sólo tres de cada diez adolescentes estudian, en tanto que existen por lo menos 380 pandillas, que ante el abandono se convierten en el único vehículo de socialización de los jóvenes: son su familia.

742 víctimas mortales en este año del narcotráfico tenían 30 años o menos.

18 de ellos eran menores de 15 años, 174 tenían de 15 a 20, y 279 estaban en el rango de 21 a 25 años.

5 mil pesos por semana, es el sueldo promedio de los sicarios, pues no sólo defienden el punto de venta, sino que también se encargan de la distribución.

20 mil pesos cobran los gatilleros más especializados por ejecutar a personajes “pesados”, sean policías o adversarios del patrón.

NADA ASEGURADO

» La falta de garantías para salir vivo llevó a otro joven, identificado como M., a dejar esa actividad criminal.

» Chavo de barrio, que parece violento por naturaleza por su afición a disparar con facilidad, M. fue detenido dos veces por homicidio siendo menor de edad, pero nunca pisó el Consejo para Menores porque los hombres del narco lo evitaron.

» Como a muchos otros, lo llamaron para cobrarle los favores. Pero él sólo hizo tres trabajos como sicario, ya que pronto se enteró cómo trataban sus patrones a los que son buenos con el gatillo. El más pesado de los narcos le dio una orden: “Aquel salió muy bueno, ya se echó a 20. Mátalo”. Tuvo que cumplirlo. Un sicario no puede saber tanto.

» Entonces M., que acaba de cumplir 18 años, se sinceró con sus patrones: “Ya pagué los paros (los favores por liberarlo), hasta aquí llegué”, les dijo. Resultó, aunque sigue perteneciendo al barrio, porta armas y es uno de los más temidos.

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