La actitud indiferente y hostil del presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) hacia a los gobernadores también la muestra con los medios de comunicación y los columnistas. Desde su perspectiva, ni a unos ni a otros debe nada. La mayoría de ellos, por convicción o por consigna, lo atacó en tres campañas consecutivas; no obstante, ganó con la votación más abultada. Cuando el partido dominante y sus gobiernos perdieron legitimidad, la prensa afecta al poder devino soporte de presidentes y gobernadores y obtuvo mayor influencia.
La simbiosis resultó provechosa para ambas partes, mas no para la sociedad y menos para la democracia. Dueños de medios se convirtieron en políticos y adquirieron, con dinero del erario y a través de prestanombres, estaciones de radio, televisión y periódicos. Una parte de la megadeuda de Coahuila se utilizó en esos fines. Así, los responsables del quebranto pueden cuidar sus intereses, permanecer impunes y presionar al gobierno de turno. A escala nacional, el capitalismo de compadres le permitió a Ricardo Salinas Pliego -hoy consejero de AMLO- adquirir TV Azteca con un préstamo de Raúl Salinas de Gortari, hermano del entonces Presidente.
AMLO conoce esas historias y sabe que la mayoría de los grupos mediáticos y líderes de opinión perdieron respaldo social e incluso credibilidad debido a su adosamiento al poder político y económico; de otro modo, quizá jamás habría ganado la presidencia. Esa situación le permite afrontar a los medios de comunicación -con Reforma y El Universal la ojeriza es mutua-, descalificar a sus críticos e ignorar olímpicamente a sus detractores.
Luis Echeverría orquestó el golpe contra Excélsior para deponer a Julio Scherer; López Portillo boicoteó a Proceso bajo el argumento de no pagar para ser golpeado; y a Peña Nieto se le atribuyó el despido de Carmen Aristegui de MVS Radio por la investigación de la casa blanca adquirida por su esposa a un contratista del Gobierno. Sin embargo, ningún presidente se había confrontado abierta y sistemáticamente con los medios. Tenían, sí, predilección por ciertas empresas, periodistas y columnistas e incluso listas negras, pero raras veces hacían públicas sus fobias.
Peña explotó en una ocasión contra sus críticos por expresar sospechas sobre la detención de los exgobernadores Tomás Yarrington (Tamaulipas) y Javier Duarte (Veracruz), en Italia y Guatemala, por lavado de dinero y otros delitos: «No hay chile que les embone. Si no los agarramos, porque no los agarramos; si los agarramos, porque los agarramos». Otra vez reprochó a la fuente de la presidencia por no aplaudir en sus eventos. AMLO también quiere ser ovacionado por la prensa. La réplica de los periodistas siempre ha sido la misma: «nuestro trabajo es informar, no aplaudir». Sin embargo, hay a quienes batir palmas se les da muy bien.
Antes la prensa internacional se ocupaba eventualmente de los presidentes de México. En una visita de Miguel de la Madrid a Estados Unidos, The Washington Post lo recibió con una columna de Jack Anderson donde lo acusaba de haber transferido más de 100 millones de dólares a bancos extranjeros. The Economist criticó a Peña Nieto por no entender que el problema de su gobierno era la corrupción. Pero ninguno había recibido una andanada de algunos de los principales periódicos del mundo (The New York Times, The Washington Post, The Financial Times y El País) por el manejo de la pandemia de coronavirus. AMLO no tuvo empacho en llamarlos mentirosos y faltos de ética.
Más sobre esta sección Más en Coahuila